Obispo.

Patrón de la Universidad de Zaragoza.

Festividad: 26 de Marzo.

La Iglesia de España, floreciente siempre en hombres distinguidos en letras y en virtud, cuenta entre ellos al glorioso San Braulio, obispo cesaraugustano, honra de las letras hispanas, adalid del cristianis­mo, campeón de la Fe, ejemplar de virtud y gloria de la Patria. Figura entre las estrellas de primera magnitud de esta constelación de sabios y de santos, integrada por los Isidoros y los Leandros, los Fulgencios y los Ildefonsos, los Eulogios y los Álvaros de Córdoba, verdaderas lumbreras inextinguibles del cielo eclesiástico de nuestra Patria, iluminado un día por los destellos divinos que se quebraron en las ondinas plateadas del rumoroso Ebro, en presencia de la Santísima Virgen del Pilar, fundamento firme de nuestra Fe y símbolo radiante de nuestra devoción española.

Desconocemos la cuna de Braulio, pero sí sabemos que fue dis­cípulo de San Isidoro, la gran lumbrera de aquellos tiempos, de quien aprendió, en compañía de San Ildefonso. Dotado Braulio de un gran corazón, muy apropiado a toda clase de virtudes, y poseedor de un talento extraordinario, desde niño cultivó con esmero uno y otro, haciendo tan rápidos progresos en el camino de la santidad y en el campo de las ciencias, que muy pronto llamó la atención y se atrajo la admiración y el aplauso de los sabios y de los santos.

Aprovechándose de las lecciones de piedad y de los buenos ejemplos que veía en preceptores y compañeros, se afanaba en emularlos, y así iba cre­ciendo día a día el caudal de su virtud y de su saber. El estudio de las Sagradas Letras, de los Cánones eclesiásticos, de la disciplina de la Iglesia y de los Santos Padres, eran las fuentes cristalinas donde bebía a raudales aquella doctrina pura y sublime que se nota en todas sus obras y cartas, en sus consejos a los monarcas y en sus intervenciones en los Concilios. Su docilidad y sumisión le favorecieron grandemente para la recta interpreta­ción y entero conocimiento de las Sagradas Escrituras. Puso grandísimo em­peño en señalar el sentido literal y explicar el místico de las mismas, cuyos arcanos penetró mediante la diligente meditación de los misterios y verdades del Cristianismo. Se afanó por hallar la tradición en los Concilios y en los Santos Padres, adquiriendo en ellos una extraordinaria riqueza de docu­mentos. Su conciencia no fue repulsiva por lo seria ni por lo desaliñada, sino que atraía y cautivaba por sus personales atractivos. El estudio que hizo de los autores profanos, así como el conocimiento de las lenguas y el entusiasmo por los poetas, le proporcionó caudal abundante de sabiduría, que empleó en servicio de la Iglesia. Los himnos que compuso en alabanza de aquellos héroes que con su constancia vencieron al mundo adquiriendo una corona inmortal, y aquella carta dirigida al Papa, y que tanto admiró a la misma Roma, son testimonios evidentes de sus sublimes conocimientos en las letras sagradas y humanas. Tenía, como los hombres extraordinarios: sublimidad, pero modesta; conocimientos vastos, pero regulados; naturaleza fecunda, pero culta; dulzura para atraerse a los díscolos; acrimonia para refutar a quien le provocara; y fuego para abatir a sus opositores.

Los mismos sabios, incluso su maestro San Isidoro, le amaban con tanto cariño, que para mitigar su ardor le escribían cartas amorosísimas; es nota­ble, en particular, la que le escribió el autor de las Etimologías, cuando Braulio era todavía arcediano: «Hijo mío carísimo —le decía—, cuando recibas esta carta de tu amigo, abrázala como si fuera él mismo en persona. A los ausentes no les queda otro consuelo que abrazar las cartas de su amado. Te envío un anillo y una capa: lo primero, en señal de unión de nuestros cora­zones; la segunda, para que cubra y resguarde nuestra amistad, que es lo que significó la antigüedad en el vocablo de que nos valemos los latinos. Ruega a Dios por mí, y el Señor quiera moverte el corazón de manera que pueda yo volverte a ver, y así goce de tanta alegría como grande es el pesar que tengo desde que estás ausente». Esta carta es altamente significativa del grado de amabilidad que poseía Braulio por su saber y su integridad de vida.

Flor tan exquisita no podía permanecer oculta e ignorada, ni conve­nía que luz tan brillante estuviera debajo del celemín, sino más bien, que alumbrara a todo el mundo y lo perfumara con el aroma de sus virtudes y la fragancia de su santidad.

Juan, hermano de Braulio, era obispo de Zaragoza, y lo trajo junto a sí, nombrándole arcediano suyo, el cargo de más responsabilidad de la diócesis. Aceptado dicho cargo, y con el fin de poder proporcionar a los fieles cristia­nos escritos llenos de solidez de doctrina y unción de piedad, pidió a su maestro San Isidoro que escribiera los libros de las Etimologías, obra de un mérito tal que, según afirma el mismo San Braulio, «ella sola basta para formar el estudio de un hombre e instruirle en las ciencias divinas y humanas». El maestro no pudo sustraerse a las reiteradas instancias de su amado discípulo, gracias al cual, el mundo puede saborear las dulzuras genia­les de este libro gigantesco, pórtico de una civilización que empieza y tumba de otra que agoniza.

No se contentó Isidoro con esto, sino que le dedicó, además, la obra de los Sinónimos, como antídoto admirable contra los trabajos y tribula­ciones propias de la vida; en ella el santo arzobispo hispalense da los con­sejos que pueden sólidamente tranquilizar a un corazón agitado, y le señala los medios más adecuados y seguros para adquirir la verdadera paz interior. No desaprovechó Braulio estos consejos, antes al contrario, sacó de ellos los más sabrosos frutos.

En este ínterin, el Señor llamó a Sí a su hermano Juan. Celebrose, pues, un Concilio en Toledo, para elegir sucesor en la silla episcopal cesaraugustana. Se dice que, cuando estaban ya reunidos los obispos y a punto de elegir la persona que debía ocupar dicha silla, bajó del cielo un globo de fuego que se posó sobre la cabeza de Braulio, al mismo tiempo que se oía una voz: «Éste es mi siervo escogido, sobre el cual puse mi Espíritu».

Braulio, una vez consagrado, tomó posesión de su cargo y empezó a dar muestras de su gran sabiduría y virtudes eminentes, con lo que se atrajo la admiración de todos. Se esmeraba en poseer las cualidades que San Pablo prescribía a sus discípulos Tito y Timoteo, en calidad de obispos; es decir, se esforzaba en ser casto, sobrio, humilde, prudente y caritativo: era todo para todos.

La Providencia dispuso que muy pronto diera Braulio pruebas de las dotes que le caracterizaban; pues, apenas fue consagrado obispo, cuando su diócesis se vio afligida de la mayor desolación: hambre, guerra y cruelísima peste. Como pastor solícito, acudía a todas partes, proporcionando a sus queridas ovejas el remedio corporal y el consuelo espiritual, interesándose vivamente en que ninguna de sus ovejas se perdiese y descarriase. Con palabra amorosa y solicitud paternal alentaba a los flacos y consolaba a los afligidos; con sus limosnas ayudaba a los menesterosos; con su caridad alimentaba a los hambrientos; y como padre amoroso visitaba a los enfer­mos y asistía a los moribundos, en cuyos corazones dejaba caer la dulzura de sus palabras y la fortaleza de sus consejos.

En medio de tantas borrascas y trabajo, no descuidaba Braulio el negocio íntimo de su perfección y santificación. Conocía muy bien el pre­cio de la humildad, y por esto se tenía por el más despreciable de los seres y firmaba sus escritos con estas palabras: «Siervo inútil de los Santos de Dios». Estaba tan vivamente convencido de ello, que si alguna vez cometía algún error lo confesaba llana y sencillamente e imploraba per­dón de ello, como se puede ver en una de las cartas que escribió al obispo Viligildo, en la que, sirviéndose de las más humildes expresiones, le pide perdón por haber ordenado de diácono a un monje súbdito suyo.

También se distinguió Braulio por el perdón de las injurias, la mansedumbre y la resignación en las persecuciones y trabajos. Fueron éstos tan excesivos, que escribiendo a San Isidoro, al Rey Chindasvinto y a Recesvinto, les pondera las angustias y amarguras en que se halla sumida su alma, a causa de su oposición y repugnancia a los desórdenes y relajaciones que suelen ser la secuela y consecuencia de las guerras y herejías. Pero jamás cita el nombre de la persona que le ha ofendido, antes bien, son muy noto­rias la mansedumbre, dulzura y caridad con que trató a un súbdito suyo que le había ultrajado gravemente. No en vano era Braulio un verdadero discípulo de Aquel que nos enseñó a perdonar las injurias y amar aún a los mismos enemigos.

Sólo en el trato continuo con Dios mediante la oración, encontraba Brau­lio la tranquilidad de su alma y la paz del espíritu. Sus consuelos eran tratar con sus ovejas y cuidar de su bien espiritual. La lectura de las Sagradas Escrituras derramaba sobre su corazón lacerado el dulce bálsamo de los consuelos divinos y el rocío de las hondas satisfacciones morales que experi­mentan los hijos amantes de Dios.

Sabía el santo Obispo enjugar como nadie, porque como nadie había su­frido las lágrimas que el dolor arrancaba a los ojos de sus ovejas. Ejemplo de esta ternura y piedad tenemos en las palabras con que empieza una carta dirigida a Vistremiro: «A pesar —dice— de que no es consolador oportuno aquel que por sus propias penas está sumido en llanto, con todo, quisiera yo solo padecer tu dolor y el mío, a trueque de poder oír la gustosa nueva de que vives consolado».

Le servía también de gran consuelo y alivio la compañía que le hacía el arcediano Eugenio, varón santo y piadoso que, fastidiado de los engaños de la corte y las perfidias de los cortesanos, se había retirado a Zaragoza.

Una prueba de lo mucho que Braulio apreciaba la compañía de Eugenio, la tenemos en la carta que escribió al Rey Chindasvinto, cuando éste eligió al arcediano de Toledo. A fin de moverle a que no le separara de su lado a Eugenio, le ponderó Braulio su propia incapacidad para el ministerio de la palabra, su falta de salud, las muchas necesidades de su diócesis, lo impres­cindible que era allí su arcediano para evitar que los lobos carniceros come­tieran estragos en su amada grey.

Pero el Rey le contestó ponderando su erudición y sabiduría, concluyendo que Zaragoza estaba bien provista de Pastor, mientras que en Toledo nece­sitaba de Eugenio. Decíale que reconociese esta elección como cosa del Es­píritu Santo, pues no ignoraba las bellas cualidades de Eugenio, dignas por cierto de gobernar el arzobispado. No pudo Braulio resistir a unas razones tan poderosas y a una disposición emanada del trono, y envió a Eugenio, con todo el dolor de su alma, que quedó anegada en la más profunda amar­gura, aunque dulcificada con la resignación a las disposiciones del cielo.

Aunque ya era conocida de todos la sabiduría del obispo de Zara­goza, quiso la divina Providencia deparar una ocasión favorable para hacer brillar sus talentos.

Se convocó el IV Concilio de Toledo, al que asistieron multitud de prelados de todas las Españas, entre los cuales figuraba Braulio. Tratáronse en dicho Concilio cosas muy importantes, y se establecieron setenta y cinco cánones, en el cuarto de los cuales se determinó el método que debía seguirse en la celebración de los Concilios y, en el último, se expuso la obediencia que se debía al Rey. En éstos y otros puntos intervino Braulio, y se reveló como un oráculo; además se cree que participó grandemente en la dispo­sición dé las actas y en la formación de los cánones.

San Isidoro, su antiguo maestro, que asistió también a este Concilio, le encargó que corrigiese y perfeccionase la obra de las Etimologías, que poco antes le había dirigido. El talento de Braulio era capaz de ello, como, en efecto, lo hizo, dividiendo el códice en veinte libros y purgándole de muchos defectos con que lo habían corrompido los copistas.

Conocidas de todos los obispos españoles las luces y virtudes de San Braulio, le consideraron desde entonces como el único apoyo y oráculo de los Con­cilios, a los cuales iluminaba con los destellos de su sabiduría. En los casos arduos ofrecía solución satisfactoria. En el año 636 se convocó el V Concilio de Toledo, y dos años más tarde, el VI. En el tercer canon de ellos, se hace mención de la alabanza que los Padres dieron al Rey por no permitir que morara en su reino nadie que no fuera católico, junto con otras cosas muy interesantes. Todas ellas se atribuyen al obispo Braulio, pues, reconociendo los Padres la superioridad de sus talentos, ponían en sus manos las determinaciones, seguros del acierto.

A su bien cortada pluma se deben también los sabios cánones y decretos con que se afirma el dogma y se corrobora la disciplina. Por ello mereció el elogio de San Ildefonso, que le llama «esclarecido e ilustre en la formación de cánones».

Durante el VI Concilio se recibió una carta del Papa dirigida a todos los obispos de las Españas, en la que les reprendía por su demasiada indulgencia con los pecadores, o mejor, como poco vigilantes en su ministerio. El Concilio comisionó a Braulio para su vindicación; y por cierto lo hizo con tan elocuente prudencia, que logró hacer prevalecer la verdad, dejando así en buen lugar al episcopado español. Consiguió desengañar al Papa Honorio I de las falsedades que le habían sugerido, y le hizo ver el celo con que tanto el Rey Chintila como los obispos cuidaban de mantener en toda su pureza la doctrina de Jesucristo.

La sabiduría de Braulio brillaba no sólo en los Concilios, sino también fuera de ellos. Obispos, reyes, eclesiásticos, seglares y toda clase de personas acudían a él como a un manantial de doctrina y prudencia, a fin de hallar solución a las dudas que se les presentaban, y consejos acertados en sus respectivos negocios. El mismo Eugenio, arzobispo de Toledo, acudió a él para la resolución de ciertos casos difíciles de resolver; como el de aquel fingido presbítero que, sin haber recibido el sagrado Orden, ejercía las funciones sacerdotales; el de varios diáconos que administraban el sacramento de la Confirmación; y el de algunos presbíteros que se atrevían a consagrar óleo y bálsamo para la Confirmación. La respuesta de Braulio iba con tal copia de doctrina, que Eugenio pudo remediar satisfactoriamente sus males.

No sólo el bien de la Religión estimulaba el celo de Braulio; también la Patria cautivaba su amor y atraía su afecto. Al servicio de entrambas puso todos sus talentos y fuerzas. Las Españas acababan de experimentar varias tur­baciones políticas con motivo de las elecciones de los monarcas. No faltaron, a la sazón, personas ambiciosas que, ante la perspectiva de la cercana muerte de Chindasvinto, provocaron desórdenes y fomentaron facciones. Otros, en cambio, instaban al monarca que declarase a su hijo heredero del trono y, aún, que lo anunciase a su reino para impedir disturbios posteriores. Las miras de ambas partes tenían hondamente agitado el ánimo de los españoles. Pero Braulio se interpuso para lograr el apaciguamiento. En una carta que dirigió a Chindasvinto, le representó el amor y fidelidad de sus vasallos, y las calamidades y perturbaciones consiguientes, si no oponía un fuerte obs­táculo a las pretensiones ambiciosas. El Rey se conmovió a la vista de tales razones; nombró a Recesvinto sucesor de la corona, y ordenó que gobernara juntamente con el Rey mientras éste viviera.

A la muerte de Chindasvinto subió Recesvinto al trono, y lo primero que hizo fue encargar a Braulio la corrección del código, incompleto y mendoso. El santo obispo puso manos a la obra, y aunque la tarea que se le con­fiaba era larga y penosa, la concluyó felizmente, y se la devolvió al Rey, con frases de sincera humildad. «Si algún yerro se encuentra —le decía—, debe atribuirse a la cortedad de mis luces; y si algún acierto, a la gracia particular de aquel Señor que se ha dignado desatar mi lengua cuando convenía».

Debilitado ya por el peso de los años y trabajos; oprimido por las inquietudes y detracciones que le hicieron padecer los enemigos de la virtud; rendido al peso de su largas y agotadoras enfermedades, este varón extraordinario entregó su espíritu al Señor el año 651, después de haber recibido los Santos Sacramentos. Con su muerte las Españas perdieron un hijo amante; las letras, un eminente sabio; los fieles, un padre amoroso; la Iglesia, un ministro fiel, un obispo celoso, un sacerdote santo.

Los restos, depositados primero en la capilla de Santiago, de la iglesia de Nuestra Señora del Pilar, fueron descubiertos en 1290 y trasladados al altar mayor de dicha Basílica. En el Martirologio Romano se hace mención del Santo en el 26 de marzo, y en este día celebra Zaragoza su fiesta. El 21 de julio se conmemora la invención de sus reliquias.

Entre las obras escritas por San Braulio mencionaremos: Vida de San Millán de la Cogolla; un Indice de las obras de su maestro San Isidoro, arzobispo de Sevilla; Vida de los santos mártires Vicente, Sabina y Cristeta; una serie de cuarenta y cuatro Cartas llenas de unción y sabiduría, que son un depósito de instrucción para todos los fieles y muy estimables para el conocimiento de la historia de la Españas visigodas. Estas cartas fueron descubiertas en el siglo XVIII en León, y publicadas por primera vez en la España Sagrada del Padre Flórez.

La figura de Braulio, una de las más destacadas de las Españas visigodas, ofrece al mundo el ejemplo admirable de la sumisión y rendimiento de su inteligencia a las luces divinas de la Revelación y a la fuerza acariciadora de la Fe.

Los pseudofilósofos y orgullosos sabios racionalistas, ofuscados por la luz cenicienta de su propia razón han negado, en todos los tiempos, el poder de Dios y la eficacia de la Fe. Andaban a oscuras y erraron el camino, sin fuerza suficiente para influir con su falsa doctrina en el progreso y en el bienestar de la sociedad.

Braulio, en cambio, desconfiando de las débiles luces de su propia razón, iluminada por la Fe, desdeñaba los sofismas y falsedades de los escritores clásicos, cuyas enseñanzas se reducían a vanas palabras, huecas de con­tenido a pesar de su vistosa aparatosidad. No contenían la verdad, alimento de la inteligencia; por eso las despreciaba el santo obispo de Zaragoza, ávido de luz y de verdad.

En defensa de ésta esgrimió Braulio las armas de su elocuencia, con las que se abrió paso a través de las tinieblas del error en que se hallaba envuelta la sociedad de aquel tiempo, emponzoñada por la herejía arriana, importada de allende las fronteras de las Españas.

En alas de su celo por la causa de Dios, Braulio no cesó de predicar la doctrina de la fe de Cristo, ora exhortando, ora instruyendo, ora amonestando; convencía al uno, buscaba al otro; sostenía a éste, levantaba a aquél; asistía a los enfermos y alentaba a los débiles; a todos repartía el sabroso pan de la verdad y el dulce consuelo de la Fe.

Por esto, no es extraño que Braulio hiciera de su grey un pueblo católico y de buenas costumbres. Uno de sus ilustres panegiristas dice: «Los más altos cedros del error caen por tierra al eco atronador de su voz poderosa; las voces más firmes de la antigua secta se despedazan al impulso irresis­tible de su sabiduría; los más soberbios gigantes del arrianismo se miran ignominiosamente vencidos con el propio acero con que ellos pretendían burlarse de este intrépido defensor del nuevo Israel; y sus vanos sofismas, y sus capciosos argumentos, y sus ingeniosas sutilezas desaparecen ante la profunda erudición de Braulio, al modo que las hojas secas de los árboles son arrojadas por el soplo del viento en tiempo de otoño».

Oración:

Señor, Tú que colocaste a San Braulio en el número de  los Santos Pastores y lo hiciste brillar por el ardor de la caridad y de aquella Fe que vence al mundo, haz que también nosotros, por su intercesión, perseveremos firmes en la Fe, luchemos por ella contra la herejía y arraigados en el amor, merezcamos así participar de su gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Amén.

 

R.V.