Pero las traiciones no terminaron con la tragicomedia de Santoña. La guerra duraría casi dos años más y los peneuvistas no se estuvieron quietos. En 1938, con la victoria nacional ya inminente, varios representantes de Esquerra Republicana y el PNV –entre ellos Manuel Irujo y Luis Arana, hermano de Sabino y cofundador del partido–  propusieron a los gobiernos británico y francés, a cambio de ayuda militar y política para obtener la independencia, la creación de unas repúblicas vasca y catalana como protectorados de Gran Bretaña y Francia respectivamente. Las dos repúblicas serían limítrofes, pues a Navarra y Aragón les tenían preparado el destino de desaparecer, anexionadas por aquéllas. Así explicó Luis Arana su propuesta, que evidentemente acabó en el cesto de los papeles por la victoria pocos meses después del bando nacional:

“Conseguiría también para sí misma Inglaterra la posesión de la vía terrestre más corta de acceso al Mediterráneo comenzando en el Golfo de Bizkaya en Bilbao y terminando a los 400 kms. aproximadamente, en línea recta, en un puerto que a Inglaterra conviniera en el Mar Mediterráneo próximo a las Islas baleares. Su colaboradora Francia conseguiría por este hecho para sí misma con su protección a esa república latina catalano-aragonesa la supresión de toda una extensísima frontera pirenaica peligrosa y adversa para ella con una España probablemente adicta a Italia y Alemania”.

En octubre de aquel año Aguirre y Companys, en calidad de presidentes vasco y catalán, hicieron llegar una comunicación al primer ministro británico, Neville Chamberlain, sobre el acuerdo al que había llegado con Hitler en Munich aceptando la anexión de los Sudetes a Alemania. Le felicitaban por aplicar el principio de autodeterminación en dicho caso, reiterando al mismo tiempo su deseo de que se aplicara igualmente a los suyos.

El País Vasco, junto a Cataluña, fue la región con menor porcentaje de fusilados por los vencedores. La represión postbélica no eligió precisamente a los separatistas –con la notable excepción de Companys– como sus víctimas predilectas, sino a los izquierdistas de toda España. En 1943 ya no quedaba ni un solo separatista encarcelado. Mientras que el dirigente socialista vasco Julián Zugazagoitia, entregado a Franco por la Gestapo, fue fusilado acto seguido, Juan Ajuriaguerra, condenado a muerte en 1937 y después a cadena perpetua, fue puesto en libertad en 1943. Y el hermanísimo Luis Arana –que odió tanto a España que en 1936 se dio de baja del partido por él fundado en protesta por su participación en una guerra que él consideró cosa exclusiva de los extranjeros españoles y que propuso a Francia y Gran Bretaña su desmembración– regresó al detestado país opresor en 1941 para vivir tranquilamente en su casa vizcaína hasta su fallecimiento diez años después. Así lo resumió el comunista Nicolás Sartorius: “Estuve seis años preso con Franco y nunca vi en la cárcel a ningún separatista”.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el PNV, experto en poner una vela a Dios y otra al Diablo, movió sus peones tanto en Londres y Nueva York como en Berlín y Roma, para así estar bien situados venciera quien venciera. Ante el bando aliado, cuya carta acabó jugando con más fuerza según iba aclarándose su inevitable victoria, exponía su trayectoria “antifascista” durante la guerra española. Pero, al mismo tiempo, ante la Alemania de Hitler se echaba mano de las tesis raciales sabinianas –los vascos, arios originales de Europa– con el fin de presentar ante dicha potencia el rostro más atractivo. Y no andaban muy desencaminados los peneuvistas, pues el esbozo de división política de Europa que las SS tenían en estudio para el caso de una victoria del Eje hacía de las viejas naciones europeas un fragmentado puzzle pseudoetnicista por completo ahistórico pero bastante atractivo para los bizcaitarras. Prueba de la relativa atracción que algunos dirigentes e intelectuales nacionalsocialistas tuvieron por los vascos fue el documental Im Landen der Basquen (En la tierra de los vascos), producido por la cinematografía oficial del régimen en 1944 y olvidada durante sesenta años hasta su redescubrimiento en un archivo berlinés en el año 2000. Se trató de un retrato idílico de un pueblo vasco de orígenes inciertos y singularmente aficionado a usar esvásticas, redondeadas o cuadradas, como símbolos decorativos o funerarios, lo que despertó el interés de algunos ideólogos alemanes.

Algunos dirigentes peneuvistas, Aguirre incluido (en la fotografía), manifestaron ciertas simpatías por el III Reich a pesar de la imposibilidad de olvidar su papel en la destrucción de Guernica. Al lendakari, refugiado en Francia, le pilló la ocupación alemana en 1940 y consiguió ocultarse tanto en Francia, como, sorprendentemente, en Alemania. Porque de huida en huida acabaría pasando algún tiempo nada menos que en Berlín, con bigotito y documentación falsa, hasta que pudo alcanzar América a través de Suecia. En las anotaciones de su diario no disimuló la admiración que le produjeron algunas facetas del régimen hitleriano: “En el campo social se ha realizado una gran obra (…) Cómo se equivocan los que juzgan la obra de Hitler”.

El PNV mantuvo contactos con el ejército alemán en la Francia ocupada. El principal representante de Aguirre ante los dirigentes alemanes en París fue el exdiputado y miembro del Euzkadi Buru Batzar Javier Landáburu. Según declaró Ramón Labayen, exalcalde peneuvista de San Sebastián, “esos contactos ocurrieron cuando parecía claro que los alemanes ganaban la guerra y por tanto había que jugar a ganador por una vez”.

Efectivamente, los contactos se terminaron cuando quedó claro que los alemanes iban a perder la guerra. Además, Aguirre jugó principalmente la carta americana para lograr apoyo para sus aspiraciones una vez caído Franco. Por ejemplo, en diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbor y la entrada en guerra de los Estados Unidos, los aliados trabajaban frenéticamente para evitar que España diese el paso de alinearse definitivamente con el Eje. Aguirre apuntó en su diario líneas de enorme importancia (J. A. Aguirre: Diario, Ed. Txalaparta, Tafalla 1998):

“Inmediatamente después de comer voy a Nueva York, pues he sido llamado por los servicios ingleses de la embajada y del Foreign Office, y por el jefe de los servicios de América. Quieren establecer seriamente con los vascos una organización formal en toda América. Los hechos realizados por los vascos les han convencido. De Londres han enviado para nosotros una felicitación. Después he estado redactando en euskera una proclama dirigida a los marinos vascos para que les sea enviada por el Almirantazgo en el momento en que España entre en la guerra, momento que se sabrá por las instrucciones que han de recibir los buques del pabellón español por clave cuyo secreto está ya en nuestro poder. Esperamos ser atendidos por algunos capitanes. Los ingleses se muestran muy satisfechos. La libertad se gana con muchas pequeñas cosas”.

Acabada la guerra, el PNV volvió a mendigar apoyo a los gobiernos inglés y estadounidense, ofreciendo su colaboración para un eventual desmembramiento de España. Aguirre y los suyos, al igual que los demás republicanos exiliados, estaban convencidos de que Truman y sus aliados iban a derrocar a Franco y a hacer en 1945 lo mismo que Wilson y los suyos en 1919: reorganizar el mapa de Europa, inmejorable oportunidad para la creación de nuevos estados.

Fueron continuas las dificultades para conseguir la colaboración de los nacionalistas catalanes y vascos con el resto del exilio republicano debido a su insistencia en ejercer de naciones independientes y en mendigar, a espaldas de su compañeros de exilio, apoyo a las grandes potencias para la secesión de Cataluña y el País Vasco. Como relató en su interesante libro Memorias de un federalista, el egregio republicano Salvador de Madariaga se pasó décadas empleando más energías en contrarrestar estas acciones que en socavar el régimen de Franco.

Llegada la Guerra Fría, el creciente anticomunismo de los años de Truman, McCarthy y Eisenhower llevó a que el obediente Aguirre destituyese a los consejeros comunistas del gobierno vasco en el exilio. Puso a disposición de los aliados a sus militantes desperdigados por el mundo –Antonio Irala, Jesús Galíndez y el propio Aguirre entre otros– para que colaboraran con la CIA, lo que hicieron gustosos y bien pagados, para tener vigilados a sus compañeros de exilio republicano.

La información así obtenida sobre la actividad antifranquista en España era facilitada acto seguido por los americanos al gobierno de Franco, el más anticomunista de los anticomunistas y ahora considerado su aliado más fiable, lo que provocó numerosas detenciones de militantes izquierdistas.

Aguirre había traicionado de nuevo a sus aliados republicanos y no había conseguido crear la Euskadi independiente de sus sueños.

(Aparte de los libros citados, todos los documentos mencionados y muchos más sobre la Guerra Civil en el País Vasco han sido publicados en las monumentales recopilaciones realizadas por Carlos María Olazábal Estecha: Pactos y traiciones. Los archivos secretos de la Guerra en Euzkadi (tres vols.), Ed. Atxular Atea, Bilbao 2009; Negociaciones del PNV con Franco durante la Guerra Civil, Fundación Popular de Estudios Vascos, Bilbao 2014; El PNV y la rendición de Santoña, Fundación Popular de Estudios Vascos, Bilbao 2017).

 

Jesús Laínz

Santoña, traición del PNV a la República (I)

Santoña, traición del PNV a la República (II)

Santoña, traición del PNV a la República (III)

 

Jesús Laínz