A lo largo del informe que redactó sobre la caída del frente norte, Aguirre denunció lo que él calificó de calumnias contra los vascos, a los que sus aliados republicanos acusaban de traición y cobardía por haber abandonado la lucha y haberse entregado a las tropas de Franco. Pero en los mismos días en los que Aguirre (en la fotografía, con sus colaboradores en Santander) protestaba por estas acusaciones, altos representantes del PNV negociaban con los italianos una rendición por separado de los batallones peneuvistas.
El principal protagonista fue Alberto Onaindía, clérigo nacionalista encargado desde el 11 de mayo de negociar con los italianos. Desarrolló una intensa actividad ante el cónsul Cavalletti y otros representantes fascistas, llegando a entrevistarse en Roma con Galeazzo Ciano, ministro de Exteriores y yerno de Mussolini, por encargo de Ajuriaguerra en carta del 28 de junio, nueve días después de la entrada del ejército nacional en Bilbao:
“Amigo Alberto: Vaya Vd. a Roma y hable con el Duce, indicándole el problema actual en la forma en que se le ha indicado a Domingo. Además, debe Vd. plantear el problema vasco en toda su amplitud:
1º. Qué es Euskadi.
2º. Los Vascos no son españoles.
3º. Por qué los Vascos están en la guerra.
4º. Actuación de los Vascos de gran civilidad en esta guerra, únicos en los dos bandos.
5º. Aspiraciones de los Vascos: libertad como pueblo: a) en su lengua, b) en sus costumbres, c) en sus leyes, d) en su desarrollo cultural, e) en sus formas políticas.
6º. El Pueblo Vasco defiende sus características y formas políticas y respeta las que se den los demás pueblos a sí mismos.
7º. Esperanza de que el Duce apoye nuestras legítimas aspiraciones”.
Cinco días después, Aguirre y Ciáurriz, presidentes del Gobierno Vasco y del Euzkadi Buru Batzar respectivamente, le enviaron la autorización oficial por escrito según consta en sendos documentos emitidos en Santander y Laredo el mismo día 3 de julio.
En una conversación habida el 12 de julio entre Onaindía y los enviados italianos Da Cunto y Bencini en la villa Zubiburu de San Juan de Luz, escenario habitual de las negociaciones, subrayaron respectivamente dos aspectos importantes. El delegado peneuvista hizo hincapié en la necesidad de una maniobra breve para no despertar sospechas en sus aliados izquierdistas:
“La ofensiva que se acuerde simular deberá ser brevísima en tiempo y lugar, porque de lo contrario se corre el riesgo de que los rojos se percaten de lo tramado y provoquen una tragedia. Aun sin ello, si la operación militar se prolonga durante unos dos días, el alto mando gubernamental deberá enviar refuerzos a los frentes y la simulación terminaría en batalla; la comedia en tragedia”.
Y por parte italiana se exigía la seguridad de que sus tropas se encontrasen en el campo de batalla sólo con los batallones peneuvistas, pues los asturianos y santanderinos sí lucharían de verdad. Lo resumió así Onaindía:
“No puede el mando italiano exponer a sus fuerzas a que sean atacadas por asturianos y santanderinos, sino cuando sepan que van a un combate, no a una simulación”.
Mientras estos acontecimientos tenían lugar en suelo francés, las relaciones de los miembros del gobierno vasco con las autoridades republicanas de Santander estaban más que enrarecidas. Su mayor deseo fue procurar la más rápida evacuación posible de los soldados y civiles vascos a tierras francesas o a Cataluña, donde Companys les había ofrecido hospitalidad. El 2 de agosto el embajador republicano en París, Ángel Osorio Gallardo, organizó en la embajada un banquete en honor de Aguirre, que se encontraba en la capital francesa. Cuando éste le expuso al embajador su deseo de trasladar miles de gudaris a Cataluña, recibió esta respuesta airada, recogida en sus memorias por Onaindía, allí presente:
“¿Qué? ¿Combatientes vascos, bien fogueados en la lucha, a Cataluña? ¿Piensa Vd. ayudar a los catalanes a proclamar la independencia de su país? Si yo puedo algo en este asunto, no se llevará a cabo semejante plan”.
Se cursaron numerosos telegramas a la delegación peneuvista en Londres, a las embajadas internacionales y a la Cruz Roja Internacional para organizar la salida de los vascos ante el avance de las tropas de Franco. En los civiles no vascos no mostraron el menor interés.
Onaindía se entrevistó el 21 de junio con el cónsul italiano en San Sebastián para avanzar en la negociación. El sacerdote advirtió sobre la imposibilidad de efectuar la defección mientras hubiera refugiados vascos en Santander:
“Le dije que yo creía que, mientras la población vasca estuviera en Santander, no podría pensarse en una retirada de los frentes, porque nuestros vascos de Santander quedaban a merced de los santanderinos y sin defensa alguna”.
Al día siguiente se trasladó en tren a París, donde se entrevistó con Antonio Irala, secretario general de la presidencia del gobierno de Euzkadi, que también le subrayó “que no se podía pensar en una rendición de frentes mientras se hallasen los vascos de retirada en Santander a merced de los rojos”.
El 6 de julio Mussolini envió un telegrama a Franco:
“Mi querido Generalísimo, el ministro de Exteriores, que ha recibido a los dos delegados de Aguirre con credenciales en regla, me menciona sobre la reunión el deseo vasco de llegar a la rendición completa (…) Los vascos esperan ser tratados con generosidad por los vencedores después de la rendición. Conociendo vuestro ánimo estoy seguro de que lo haréis. Se trata de católicos fervientes que han mentido pero que son casi en su totalidad recuperables para Su España”.
Franco le comunicó su conformidad con la rendición aunque con poca confianza en el cumplimiento por parte de los peneuvistas.
Al día siguiente, Aguirre, que conoció el telegrama de Mussolini probablemente por haber recibido una copia, le insistió a Onaindía que subrayase a los italianos la necesidad de simular una derrota militar que ocultara la traición:
“Telegrama Duce a Franco da impresión de que Euzkadi se rinde diplomáticamente. Necesario puntualizar evitar apariencia de combate diplomático que nos dejará mala posición ante todos. Lo acordado (…) es hacer todo bajo forma operación militar sin dejar sospechar nada”.
El día 10 el mayor Bencini se reunió con el diputado José María Lasarte, que volvió a insistir en lo mismo:
“Los emisarios vascos desearían, contrariamente a los delegados de Roma, que los Nacionales y Legionarios hicieran cuanto antes una vasta ofensiva en Santander que cortase a sus batallones o en cualquier caso forzara un barullo tan grande como para hacer creíble una rendición forzada de las tropas vascas”.
El 12 Onaindía insistió ante los enviados italianos en San Juan de Luz para “precipitar la evacuación de la población civil de Santander –la vasca–”.
Manuel Azaña escribió sobre estos proyectos de evacuación en su diario el 19 de julio:
“Pretende Aguirre que el Gobierno de la República conceda al Gobierno vasco una especie de jurisdicción particular sobre los fugitivos del País. No creo que pueda ni deba hacerse, porque los emigrados de Vizcaya no son una tribu peregrinando por tierra extranjera. La pretensión es significativa, por el sentimiento de que procede. El de no contaminarse. Hay un no sé qué de hebraico en todo eso. Como no cuenten con la promesa de que Dios separe las aguas del Cantábrico para que los vascos vayan a pie enjuto desde Santander a Burdeos. Y nadie más que ellos. Aunque en esta conversación no había para qué tocar ningún problema político de fondo, las palabras y juicios de Aguirre destellan con frecuencia un particularismo violento, cerrado”.
A mediados de julio las negociaciones con los italianos estaban muy avanzadas. A cambio de facilitar la evacuación de la población vasca, preocupación principal de los negociadores peneuvistas, éstos se comprometieron a rendirse a los Flechas Negras y a facilitarles un cómodo avance hacia Santander y Asturias. El día 16 Aguirre y Ajuriaguerra daban instrucciones al padre Onaindía y el diputado Lasarte para que acordasen con sus interlocutores italianos la evacuación de la población vasca y la entrega de las tropas peneuvistas. También se comprometían a proteger las vidas y entregar a unos 2.500 presos derechistas recluidos en la prisión del Dueso en Santoña con el fin de evitar una eventual matanza por parte de los republicanos en desbandada. En la nota entregada a los comisionados de los Flechas Negras el 17 de julio en San Juan de Luz, los delegados peneuvistas aclararon los puntos siguientes:
“1. Los Batallones vascos estarán todos en el frente de Vizcaya desde Castro Urdiales hasta Carranza; no se moverán de sus posiciones ni combatirán, y depondrán las armas y se entregarán en el momento en que la operación militar llegue al punto de una aparente victoria militar de las tropas italianas, en la forma y términos que convengan a los técnicos militares.
2. Independientemente de los planes del mando militar general, se admite la posibilidad de que sea estudiada y ejecutada una operación simulada local, que permita la realización de una victoria militar italiana sobre los vascos”.
En agosto los hechos se precipitaron. Lasarte y Ajuriaguerra por la parte peneuvista y el cónsul en San Sebastián, Francesco Cavalletti, y el general Manzini por la italiana firmaron el pacto el día 18 en el hotel Miramar de Biarritz. Además de boicotear el esfuerzo de guerra republicano, los peneuvistas informaron al ejército de Franco de los mejores puntos de ataque a lo largo del eje Reinosa-Torrelavega-Santander, de forma que los gudaris, más al este, aparentasen ser copados. Con ello se abría al enemigo una gran brecha en el frente, que permitió el avance hacia el oeste a gran velocidad, poniendo en fuga a los soldados republicanos, y la fácil toma de Santander. Tres batallones nacionalistas (el Munguía, el Padura y el Arana Goiri) estaban en las inmediaciones de Torrelavega defendiendo esa importante zona industrial de las tropas nacionales que avanzaban desde el sur. El 19 abandonaron a las demás fuerzas republicanas para unirse a los otros batallones que estaban en Santoña, con lo que permitieron a las tropas de Franco cortar la retirada de los republicanos hacia Asturias y formar la bolsa de Santander.
El 23 los batallones peneuvistas se declararon en rebeldía en Santoña y Laredo, desobedeciendo las órdenes del General Gamir de que el Ejército Vasco se retirara hacia Asturias. Ayudaron a los italianos a arreglar el pontarrón de Guriezo para facilitar su rápido avance hacia el oeste, arriaron la tricolor, izaron la ikurriña, proclamaron una pintoresca República Vasca en suelo maketo y desarmaron a los guardas republicanos del Dueso, donde entraron saludando brazo en alto para liberar a los presos derechistas.
Al día siguiente los delegados peneuvistas entregaron al delegado italiano en San Juan de Luz una nota garantizando el control sobre los presos derechistas de Santoña, relacionando los nombres de los oficiales que ya se habían pasado a las filas italianas para coordinar la acción. Y añadían, entre otras relativas a la protección de las vidas de los vascos rendidos, una petición para conseguir la excusa perfecta de haber quedado copados:
“Los Delegados vascos ruegan, si es posible, a los legionarios, que las tropas legionarias avancen por Gibaja, Ramales-Arredondo a ocupar Las Alisas y bajar hacia la Cavada envolviendo al Ejército Vasco”.
Tres días más tarde, las columnas de Dávila y Alonso Vega entraban triunfalmente en Santander. Así lo recogió Azaña en su diario:
“La pérdida de Santander era inevitable, pero hubiera podido retrasarse quince o veinte días, importantes para la situación de Asturias, a no ser por la defección de los batallones vascos (…) Al agravarse la situación, se dio orden a los batallones vascos que estaban en la costa de trasladarse al frente. Se negaron, y no solamente ellos, sino que los tres batallones apostados en los pasos de Saja abandonaron la posición y se fueron a Laredo. El enemigo pasó por allí sin disparar un tiro”.
En el desconcierto de las últimas horas, los rehenes de Cabo Mayor y sus guardianes erzañas, a los que Aguirre y los suyos habían dejado tirados, decidieron escapar juntos para evitar que los asturianos los fusilasen a todos, a unos por fascistas y a los otros por traidores. Unos salieron por mar hacia Francia y otros por tierra hacia Santoña.
La evacuación prometida por los italianos, y comenzada en los muelles de Santoña, no pudo realizarse porque Franco no respetó un acuerdo que al fin y al cabo había sido alcanzado sin su participación, además de que la victoria se había alcanzado militarmente. Los que sí se garantizaron la escapada hacia Francia fueron Aguirre y los consejeros de su gobierno.
La traición del PNV no afectó solamente a los batallones nacionalistas, sino que implicó la derrota de todo el ejército vasco, batallones izquierdistas incluidos, y la aniquilación del ejército republicano del norte. Muchos nacionalistas se calaron la boina roja y continuaron la guerra, esta vez contra sus anteriores aliados. Son incontables los testimonios de soldados de Franco que fueron recibidos con un “¡Ya era hora de que entraseis!” por parte de unos peneuvistas deseosos de la derrota republicana. Al fin y al cabo, como recordó Onaindía, a muchos de los gudaris peneuvistas les provocaba “náuseas” tener que combatir “en trincheras colindantes con las de los socialistas marxistas, los comunistas y los anarquistas”.
No fueron los peneuvistas los únicos que se pasaron de bando, pues lo mismo hicieron, entre otros, los encargados de la construcción de las defensas fortificadas de Bilbao, el conocido como Cinturón de Hierro, José Anglada, Pablo Murga y Alejandro Goicoechea. Los dos primeros fueron descubiertos y fusilados, pero el último, futuro padre del TALGO (Tren Articulado Ligero Goicoechea-Oriol), logró su objetivo de entregar los planos al ejército nacional, lo que facilitó aún más la toma de la capital del Nervión.
Los comisarios Lejárcegui y Ugarte redactaron en agosto de 1938 otro informe, esta vez concebido para ser leído por las autoridades republicanas, en el que plasmaron la versión fraudulenta que ha pasado a la historia: los culpables de la derrota en el frente norte habían sido los militares españoles por su incompetencia, la “conspiración comunista” contra el PNV, la “traición y defección” de los santanderinos y la necesidad de tratar en el último momento con los italianos por estar rodeados.
Tres meses más tarde, en noviembre, la Federación Socialista Montañesa redactó un informe para el gobierno de la República:
“Queda probado pues, que la actitud de los nacionalistas, consumada la traición clara y terminante que concienzudamente fue organizada y atentamente llevada a cabo, dio origen a la caída precipitada de Santander (…) La posterior conducta seguida por miles de nacionalistas quedándose en el extranjero, rehuyendo el traslado a la zona leal, y siendo público y notorio que el gobierno de Euzkadi ha fomentado y financiado la estancia en el extranjero de dichos rezagados y haber enviado a muchos a países americanos, comprueba suficientemente cuanto queda insinuado respecto su conducta en tierras santanderinas (…) No hubo más “quinta columna” que las fuerzas nacionalistas vascas. En Santander, al contrario que en Madrid, se había exterminado antes de que el enemigo llegase a las puertas de la capital”.
Onaindía conservó durante décadas la documentación del proceso de negociación: decenas de cartas, informes, notificaciones y telegramas entre los peneuvistas y las autoridades fascistas italianas. En los años sesenta, aún en el exilio, convencido de que lo de Santoña no había sido ninguna traición sino un honroso comportamiento en defensa de los intereses del pueblo vasco al que ningún compromiso ataba con la República, intentó publicar dichos papeles en la editorial bonaerense Ekin. Pero se encontró con la oposición de los dirigentes de su partido, que no quisieron que saliesen a la luz unos documentos que tan claramente probaban su deshonroso comportamiento. Así lo explicaría dos décadas después, cuando por fin pudo publicarlos (A. Onaindía: El “pacto” de Santoña. Antecedentes y desenlace, Ed. Laiz, S.A., Bilbao 1983).:
“El domingo 12 de marzo de 1967, se presentaron en mi domicilio de San Juan de Luz los directivos del Euzkadi-Buru-Batzar en el exilio: Ignacio Unzeta, Jesús Solaun y Mikel Isasi. Venían con una misión delicada y algún tanto inesperada (…) El EBB ponía el veto a la publicación de mi escrito titulado en principio Antecedentes de la capitulación de Santoña (…) Años atrás había dado este escrito a las autoridades del PNV para ser leído detenidamente. La copia me fue devuelta pero sin ningún comentario (…) Los tres comisionados del EBB hubieran preferido dar término a su misión con pocas palabras. El diálogo resultaba, sin duda, difícil y desagradable (…) Temían que el contenido de mis páginas pudiera interpretarse como una traición de los vascos ante las autoridades de la República Española”.
