La fidelidad del nacionalismo vasco a la República fue cuestionada por numerosos dirigentes republicanos que siempre desconfiaron de un partido de derechas y clerical cuyo doble juego, sus contactos para firmar una paz por separado con Franco, y sus deserciones hacia el bando nacional entorpecieron gravemente el esfuerzo militar republicano.
Ante el avance de las tropas de Franco, el PNV buscó en repetidas ocasiones una paz a espaldas del gobierno de Madrid. Ya en enero de 1937 empezaron sus contactos con Franco a través del Vaticano y el gobierno de Mussolini. El motivo fue la batalla de Villarreal (hoy Legutiano) en diciembre de 1936. Partida la España republicana en dos, Azaña y Prieto pidieron a Aguirre (en la fotografía) que sus gudaris lanzasen una ofensiva para romper el frente en Álava, recuperando de este modo la continuidad territorial y dividiendo al mismo tiempo el campo enemigo. La idea contaba, además, con el atractivo añadido de conquistar las rebeldes Álava y Navarra para unificar triunfalmente la gran Euskalerría. Pero las tropas nacionales, muy inferiores en número y recursos blindados y artilleros, infligieron una tremenda derrota a los gudaris dirigidos por el lendakari a lomos de un caballo blanco especialmente escogido para tan solemne ocasión. Desde aquel momento Aguirre empezó a ser conocido, tanto entre sus aliados izquierdistas como entre sus enemigos nacionales, por el remoquete de Napoleonchu (Napoleoncito).
Los peneuvistas comprendieron que los republicanos tenían pocas posibilidades frente a la profesionalidad del ejército enemigo, de modo que comenzaron a abrir cauces de negociación. Las gestiones comenzaron en los primeros meses de 1937, y en ellas participaron el entonces cardenal Pacelli –futuro Pío XII–, el cardenal Maglione, el cardenal Gomá, el nuncio en España Antoniutti, el cónsul italiano Pietro Marchi, el canónigo Alberto Onaindía, Pantaleón Ramírez Olano, el delegado vasco en París, Iturzaeta, Francisco Horn, Julio Jáuregui, Andrés Irujo, Doroteo Ciáurriz (presidente del Euzkadi Buru Batzar, máxima autoridad del partido), Juan Ajuriaguerra y probablemente el propio Aguirre. Y por parte nacional, tomaron parte mandos tan altos como Mola y Franco.
En marzo, según documento entregado a Onaindía por sus compañeros de partido Garteiz y Rotaeche, algunos dirigentes no identificados propusieron a Franco la entrega de las armas y la colaboración económica e industrial con el ejército nacional a cambio de la amnistía de los delitos políticos y militares y el reconocimiento y respeto a la personalidad regional vasca, en concreto el régimen fiscal y administrativo condensado en el Concierto Económico y las peculiaridades del Derecho foral. Para ello sugirieron que la cesación de la lucha podría hacerse mediante la “alianza de las milicias requetés y nacionalistas” bajo mandos comunes.
El 8 de mayo el gobierno republicano interceptó un telegrama dirigido a Aguirre, procedente del Vaticano y firmado por el cardenal Pacelli, en el que se establecían los términos acordados por Franco y Mola para la rendición secreta de los gudaris: conservación de Bilbao intacto, salida de España de todos los dirigentes peneuvistas, libertad para los soldados que se rindieran, persecución judicial sólo para los responsables de devastaciones y destrucciones, y descentralización administrativa en la misma forma en la que la disfruten otras regiones.
El telegrama no llegó a su destino y el presidente Largo Caballero decidió ocultar su existencia al peneuvista Irujo y el esquerrista Aiguadé, ministros de los que no se fiaban sus compañeros de gabinete. La negociación no llegó a buen fin a causa del rápido avance de la contienda, que evidenció a Franco la innecesariedad de un pacto ante los continuos éxitos de sus ejércitos. Además, no confiaba en la capacidad de mando de Aguirre, como explicó el embajador italiano a su gobierno el 13 de mayo:
“Franco es escéptico. En su opinión, Aguirre hoy está completamente sumiso a la voluntad de los rojos y, aunque animado por las mejores intenciones para tratar la rendición, ya no tiene posibilidad de hacerla aceptar”.
Durante la guerra las tensiones con el gobierno republicano fueron continuas, como puede leerse con detalle, por ejemplo, en los diarios de Azaña, que temió continuamente la traición. Por ejemplo, el 31 de mayo, con el ejército de Mola avanzando imparable hacia Bilbao, escribió:
“Temo que Bilbao no se defienda cuando el enemigo esté a sus puertas. No me refiero sólo a las razones de índole militar (…), sino a los motivos de orden moral y político que tal vez produzcan el abandono de la villa (…) Cuando esté vencida la defensa en el campo, la villa no resistirá. Y temo aun otra cosa: caído Bilbao es verosímil que los nacionalistas arrojen las armas, cuando no se pasen al enemigo. Los nacionalistas no se baten por la causa de la República ni por la causa de España, a la que aborrecen, sino por su autonomía y semiindependencia”.
Similar fue la opinión del presidente del gobierno, Juan Negrín:
“Aguirre no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas, me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos las entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien fuere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga pedir dinero, y más dinero…”.
No tardó en realizarse la previsión de Azaña:
“Esta tarde (29 de junio de 1937) ha estado aquí Prieto (…) me ha ampliado las noticias que ya tenía sobre la defección de los nacionalistas en Bilbao. Cinco batallones se pasaron al enemigo, entregándole la orilla izquierda del Cadagua. También se pasaron los que defendían Portugalete, dejando emparedados a los que querían defender Baracaldo”.
Tres días antes de la entrada de los nacionales en Bilbao, Prieto había ordenado al general Gamir Ulibarri, comandante en jefe de las tropas republicanas de la zona norte, “inutilizar cuantos elementos industriales no puedan ser trasladados” para que no cayeran en manos del enemigo. Pero los gudaris peneuvistas lo impidieron, cumpliendo así una de las condiciones impuestas por Franco.
Un importante testimonio de aquellos hechos nos lo ha dejado un testigo presencial, Miguel Amilibia, diputado socialista y presidente de la Junta de Defensa de Guipúzcoa. Amilibia, gudari de un batallón socialista, escribió en sus memorias (M. Amilibia, Los batallones de Euskadi, Ed. Txertoa, San Sebastián 1978) que los batallones peneuvistas vigilaron las fábricas para que no fueran destruidas en el último momento antes de huir.
“Se paseaban por las calles, en su mayoría ya sin armas, mientras los italianos y requetés se bañaban en las playas de Las Arenas y Algorta, al otro lado de la estrecha ría (…) Llegó la noticia de que un jefe italiano y varios requetés habían cruzado la ría en un bote y parlamentado con uno de los jefes de aquellos batallones. La confusa situación se prolongó un par de días más. Y de pronto, el enemigó reanudó su avance y ocupó sin lucha la zona industrial. Hizo de paso, naturalmente, miles de prisioneros. La oligarquía financiera vizcaína pudo respirar a sus anchas”.
Un mes después volvía a escribir Azaña:
“Hoy he recibido, del general Martínez Cabrera, la pequeña memoria que encargué sobre la campaña del norte hasta la caída de Bilbao (…) el documento es muy instructivo. En general, confirma lo que ya sabíamos (…) Todos los oficiales asesores del Gobierno vasco se han pasado al enemigo. Corrobora la defección de batallones nacionalistas, con sus mandos (…) A continuación, audiencia de los delegados socialistas (…) La conversación ha versado sobre los asuntos militares del norte. González Peña me dice: Retorciéndonos el corazón, tenemos que callar lo que sabemos, lo que hemos visto, para no hacer daño a la causa común. Están indignados por la presunción, el despego, la insolidaridad de los nacionalistas vascos y del gobierno (…) Les indigna que se haya dejado caer en manos del enemigo una cantidad de material inmensa”.
De nuevo el testimonio del socialista Miguel Amilibia:
“La Ertzaña fue (…) un buen refugio para que muchos jóvenes bilbaínos de familias distinguidas esperaran sin riesgos la hora de la liberación (…) Los de la Ertzaña se quedaron íntegramente en Bilbao. A recibir a los vencedores, a decirles que se les entregaba un Bilbao intacto y sin chusma alguna. No hay noticia de que los fascistas arrimaran a la pared a miembro alguno de la Ertzaña”.
Los requetés entraron en Bilbao sin lucha, entre las aclamaciones de la multitud y el respetuoso saludo militar de los gudaris. Al día siguiente, unos y otros comulgaron juntos.
El 25 de junio, seis días después de la toma de Bilbao, Juan Ajuriaguerra, con el acuerdo de Aguirre y Ciáurriz, se reunió con el general Ettore Bastico, alias Doria, en la sede recién instalada de las tropas italianas en Guecho para acordar la rendición definitiva que llegaría exactamente dos meses después con la toma de Santander y el Pacto de Santoña.
El cardenal Gomá, al informar al Vaticano de la toma de Bilbao, aprovechó para recordar las culpas de los peneuvistas, desde un punto de vista católico, por “haber faltado a sus compromisos de unión con las demás derechas (…) abandonándolas en los momentos decisivos en que se requería el concurso de todos ante el ataque comunista”, por haberse unido “en alianza guerrera con los enemigos de la religión y la patria” y por “sacrificar, por exigencia de su concordia con los comunistas, el compromiso que en el estatuto de Estella habían contraído de defender a la Iglesia”.
Tras la pérdida de Bilbao la desbandada de las tropas nacionalistas se aceleró. El Estado Mayor del Ejército del Norte intentó reaccionar, para lo que preparó dos ofensivas simultáneas, una contra Oviedo y la otra contra la ermita de Kolitza, estratégica cota en territorio vizcaíno. Los desmoralizados nacionalistas se negaron a luchar, con lo que se desbarató la operación. La dirección peneuvista solicitó un año más tarde un informe de lo sucedido. Los comisarios nacionalistas Lejárcegui y Ugarte, que habían organizado la rendición por orden de Ajuriaguerra, declararon lo siguiente en el informe que redactaron el 29 de agosto para la dirección peneuvista y los interlocutores italianos:
“La operación se inició pero, preparados oportunamente nuestros batallones de hacer que hacían y no hacer nada, fracasó, acompañado el fracaso de la falta de actuación de la artillería y de la aviación, que no cumplieron sus cometidos (…) El otro proyecto que tratamos con todo empeño que fracasase fue la ofensiva de Asturias, y al efecto nos movimos cerca de los partidos políticos y organizaciones sindicales, demostrándoles lo improcedente de dicha operación (…) Rápidamente instruccionamos a nuestros batallones en el sentido de no hacer resistencia, sino aparentar que hacían y aprovechar la primera oportunidad para replegarse hacia Euzkadi. El ataque enemigo originó desde el primer día una catástrofe en las líneas del ejército republicano. Tuvieron que actuar nuestros batallones y fuimos los primeros en lamentar las pérdidas que ello produjo a los italianos, e inmediatamente preparamos la retirada de nuestros batallones en repliegue hacia Euzkadi, mejor dicho a la parte ocupada por el resto de la fuerza vasca”.
Ante el avance del ejército nacional, miles de vascos, con el gobierno autónomo a la cabeza, se vieron obligados a huir hacia el oeste, a la provincia de Santander. Aguirre se llevó consigo a diecinueve rehenes elegidos entre lo más destacado del bando enemigo: hijos o hermanos de prominentes empresarios y de dirigentes carlistas, así como el hermano del general Solchaga, jefe de las Brigadas Navarras que constituían la vanguardia del ejército atacante. Estuvieron recluidos en un barracón próximo al chalé de Cabo Mayor en el que se instaló a Aguirre y sus colaboradores para que sirvieran de escudo humano en caso de bombardeo aéreo y de seguro de vida llegadas las circunstancias. Bajo continua vigilancia de un grupo de erzañas, a veces se les autorizaba a bañarse en la inmediata playa de Mataleñas.
El ambiente que encontraron los nacionalistas en su breve exilio santanderino, hasta la llegada de las tropas nacionales el 26 de agosto, no fue demasiado cordial. Por un lado, la población civil de una provincia notoriamente derechista –en las elecciones de febrero de 1936 las candidaturas de la derecha obtuvieron cinco diputados frente a dos de la izquierda– no veía con buenos ojos a quienes acumulaban las categorías de separatistas y de aliados de los marxistas. Y, por otro, sus aliados izquierdistas desconfiaban de un partido que, además de ser notoriamente derechista y clerical, había representado tan mal papel en el frente vasco y sobre el que crecían las sospechas de entendimiento con el enemigo, como se confirmaría pocas semanas después.
Sus relaciones con las autoridades republicanas santanderinas estuvieron marcadas por el desprecio que aquéllas no ocultaban. Ya desde antes de llegar a la capital montañesa, los peneuvistas se mostraron recelosos hacia las autoridades republicanas. El 29 de junio Aguirre envió al gobierno un telegrama desde el limítrofe Trucíos en el que se quejaba del ambiente de Santander, donde, en su opinión, la actitud de sus aliados izquierdistas parecía más propia de quintacolumnistas franquistas, pues se dedicaban a vejar a los refugiados peneuvistas a causa de su idioma, a detenerlos arbitrariamente, a ignorar la autoridad del gobierno vasco sobre sus ciudadanos y a apoderarse de transportes de intendencia. En el informe que escribió en 1938, Aguirre apuntó ofensas como las siguientes (J. A. Aguirre, Obras completas, Ed. Sendoa, San Sebastián 1981):
“Detenciones verificadas en plena calle por hablar el euzkera, las burlas a los soldados heridos porque tenían escapulario en los hospitales de Santander, la rotura de certificados de inutilidad extendidos por el Tribunal Militar de Euzkadi, de carnets expedidos por el Gobierno de Euzkadi, etc.”.
Anunció Aguirre que no estaba dispuesto a tolerar vejaciones al gobierno de Euzkadi y atribuyó la culpa de la derrota a las tropas izquierdistas y sus jefes, a los que calificaba de generales fracasados, inútiles, despechados e ineptos, mientras que afirmaba que los batallones peneuvistas habían sido los únicos en cumplir con su deber. Naturalmente, no escribió una sola palabra sobre las negociaciones de su partido con unos italianos ansiosos de conseguir algún éxito tras su derrota en Guadalajara.
Pero la hostilidad llegó hasta el asesinato. Varios peneuvistas aparecieron muertos en las cunetas o arrojados por el acantilado de Cabo Mayor, cercano al chalé del gobierno vasco, junto a otros muchos paseados locales. De ello fue testigo el general Gamir, que pudo ver en persona varios de estos cadáveres, como informó el 15 de julio al Ministro de Defensa, Indalecio Prieto:
“(…) los execrables paseos que continúan y que pude apreciar viendo los cadáveres en el mar el día que estuve en Cabo Mayor dirigiendo la operación combinada de baterías, submarinos y aviones para la entrada del Habana”.
El 12 de julio Aguirre escribió una extensa carta a Negrín en la que resumía así su experiencia en Santander:
“Desde que nuestra población y el Gobierno se encuentran en Santander, a las desgracias sufridas ha habido que agregar la vejación experimentada por nuestro pueblo, que se ha visto ultrajado por toda clase de injurias y persecuciones, que han culminado en el asesinato de numerosos compatriotas nuestros, amparado por personas que ejercen funciones de autoridad en Santander”.
Aguirre describió con detalle estos asesinatos:
“Al mismo tiempo comenzaron a llegar noticias bien desagradables. Habían sido asesinados varios vascos. Yo mismo soy testigo del espectáculo macabro que ofrecían cerca de las peñas cinco cadáveres desnudos recientemente asesinados. Esto cerca de la casa donde el Gobierno Vasco vivía en Santander, en el Cabo Mayor. Llamé al general Gamir. Le hice presenciar el espectáculo. El General se indignó con este motivo. Aquello no podía tolerarse. La americana de uno de los asesinados estaba en el jardín de nuestra casa con el agujero de la bala que lo había cruzado”.
Y continuó haciendo la relación de varios miembros de su administración asesinados en aquella ocasión: el médico donostiarra Zabalo; el redactor del periódico Euzkadi, Orueta; los empleados del Departamento de Comercio y Abastecimientos, Gorostiaga y Lasa; el Jefe de Impuestos de la Diputación de Vizcaya, Juan Luis de Biziola; y el chófer de un Consejero del Gobierno vasco (de nombre no recogido). Asimismo relacionaba Aguirre varios asesinatos cometidos por las diversas facciones izquierdistas entre sí, por ejemplo el de dos jóvenes socialistas vascos en Torrelavega, el de un miembro de Izquierda Republicana, de nombre Quílez, y el de dos policías a manos de un grupo de socialistas, también en Torrelavega.
Todos estos hechos hicieron que los soldados vascos estuvieran considerando pasarse al enemigo, lo que Aguirre explicó a Azaña:
“Los vejámenes que sufrían podían determinar de un momento a otro, o una acción violenta del ejército vasco, o su entrega lisa y llana al enemigo, porque se preguntaban los soldados quién era su enemigo, si el que estaba enfrente o el que estaba a sus espaldas”.
Y le propuso evacuar rápidamente el Ejército Vasco al frente de Cataluña, “de posición espiritual distinta de la de Santander”.
Otro importante testimonio de aquellos días fue el del sacerdote Txomin Iakakortexarena –Domingo Jaca Cortajarena antes de su sabinización–, activo militante nacionalista y capellán del batallón Araba. Así denunció en sus memorias (T. Iakakortexarena, Dos ideales en la vida, Seminario Vitoria-Gasteiz, 1993) las actividades de los izquierdistas santanderinos en la retaguardia:
“Mientras nosotros nos enfrentábamos en duras luchas contra los fascistas durante todo un largo año, ellos, en lugar de venir a ayudarnos, con la excusa de prender en la retaguardia a los enemigos, hacían toda clase de robos de dinero, detención de pobres gentes, torturas en los calabozos y hasta asesinatos de tanta gente inocente”.
Iakakortexarena y sus compañeros de huida acabaron siendo detenidos y encarcelados durante unas cuantas noches. Acompañó el recuerdo de aquellas jornadas con jugosas reflexiones:
“Todas las noches vaciaban el calabozo, dejando libre a los que pagaban el rescate y a los que no tenían dinero, llevándoles, como decían, a darles un paseo. Todos sabíamos lo que significaba esa palabra, llevarle a un lugar solitario y metiendo una bala en las sienes, mandarle para siempre a pasear al otro mundo. ¿Alguien los puede creer a esos afamados rojos que gritan en los mítines que hay que liquidar a los ricos y favorecer a los pobres, viéndoles de esta manera comportarse totalmente al revés, asesinando a los pobres y dejando en libertad a los adinerados? Estas conductas nos enseñan que ETA no la inventamos los vascos”.
Finalmente, pagando un buen rescate fueron puestos en libertad y pudieron llegar a Francia por mar.
Gamir explicó a Prieto la insistencia de los peneuvistas en salir de aquella ciudad. Los motivos eran varios: en primer lugar, el sordo enfrentamiento entre los supuestos aliados; en segundo, el que los peneuvistas no fueran bien vistos en Santander, “donde impera el españolismo ante todo”, y donde, además, era muy activa “la quinta columna, abundantísima en esta plaza y provincia”; y también señaló la sospecha de “la masa leal y republicanísima que aquí afortunadamente existe” sobre una posible traición de los peneuvistas, lo que podría conducir, en sus palabras, a “un acto de fuerza contra los vascos”.
