El 17 de agosto de 1930 se celebró en la sede donostiarra de la Unión Republicana la reunión que pasaría a la historia con el nombre de Pacto de San Sebastián. Presidida por el dirigente republicano Fernando Sasiaín, que sería elegido alcalde de la ciudad en las transcendentales elecciones municipales del 12 de abril, a ella asistieron representantes de varias fuerzas políticas a las que unía el objetivo común de destronar a Alfonso XIII y proclamar un régimen republicano. Entre quienes llegarían a ser importantes protagonistas del nuevo régimen estuvieron Alejandro Lerroux, Indalecio Prieto, Manuel Azaña, Niceto Alcalá-Zamora, Miguel Maura, Marcelino Domingo, Santiago Casares Quiroga y varios representantes de partidos catalanistas como Manuel Carrasco y Jaume Aiguadé. A pesar del lugar de reunión, los nacionalistas vascos no participaron en ella.

Así explicaría poco después el dirigente peneuvista Manuel Irujo las razones de su ausencia:

“Nosotros no firmamos el Pacto de San Sebastián, es cierto. No lo firmamos por dos motivos. El primero, porque no fuimos llamados a suscribirlo por sus promotores. El segundo, porque aunque nos hubieran llamado, no habríamos otorgado nuestro consentimiento a sus términos, y sobre todo a su significación (…) Aquel pacto fue, en lo esencial, no un compromiso de republicanos para la República, sino un compromiso de las izquierdas para instaurar un régimen laico, acatólico y ateo”.

En los primeros años de la República el PNV formó parte de la que se denominó Minoría vasconavarra, que agrupaba a nacionalistas, carlistas y otras fuerzas de la derecha monárquica. A pesar de sus notorias diferencias, entre las que se encontraba nada menos que la cuestión de la unidad nacional, el factor religioso fue el determinante dado al agresivo anticristianismo de las izquierdas. En las primeras décadas del siglo, con los peneuvistas dando sus primeros pasos, los socialistas vascos de aquel tiempo menospreciaban el catolicismo militante de los discípulos de Arana, a los que denominaban “tragahostias de conveniencia”, y se burlaban de símbolos como el roble de Guernica, en el que orinaban con iconoclasta entusiasmo y cuya tala proponían por considerarlo una reliquia de la reacción.

Los nacionalistas, por su parte, odiaban intensamente a unos socialistas a los que consideraban gentuza y cuya condición de vascos les negaban. Un ejemplo entre mil: en una conferencia pronunciada en el Ateneo de San Sebastián en abril de 1933, el presidente carismático del PNV José Antonio Aguirre propuso a los socialistas, tanto vascos como llegados de otras provincias, que demostrasen su amor al País Vasco apreciando su historia, sus cantos y sus danzas. Pero a quienes no lo hicieran, les sugirió que “más vale que, con Indalecio Prieto, marchéis hacia abajo, como tuvieron que marchar hace siglos ante el empuje de nuestros antepasados, más valientes. España para los españoles y Euzkadi para los vascos”.

El disgusto peneuvista por la República se evidenció en el hecho de que dirigentes del PNV, incluido Aguirre, participaron en fecha tan temprana como el verano de 1931, recién instaurado el nuevo régimen, en varios contactos conspirativos encabezados por militares como el general Luis Orgaz. No llegaron a fraguar porque, según el propio Aguirre, “no les daban garantías para sus aspiraciones”.

El principal enemigo del PNV durante los años republicanos fue el PSOE de Indalecio Prieto, igual que durante las décadas previas. Como resumió Irujo, “aquí socialistas y nacionalistas eran como el diablo y el agua bendita; no se podían ver”. A los enfrentamientos electorales hubo que añadir un creciente número de violencias que causaron varios muertos por ambos lados. La política de euskaldunización promovida por los nacionalistas se encontró con la férrea oposición del PSOE. Enrique de Francisco, diputado socialista guipuzcoano, opinaba en 1931 que “la enseñanza del eusquera en Vasconia es de un perjuicio notorio. Sólo servirá para robustecer a las fuerzas reaccionarias de la extrema derecha”.

El enfrentamiento ideológico provocó la resistencia del gobierno de Azaña a conceder el estatuto de autonomía al País Vasco, a diferencia de la Cataluña de la Esquerra, pues se temía la constitución de un, en palabras de Prieto, “Gibraltar vaticanista” en las Provincias Vascongadas si se entregaba el poder regional a un partido reaccionario e integrista.

En 1934, con las derechas en el poder, según se iba definiendo la antipatía que en ellas provocaba el discurso antiespañolista del PNV, éste fue oscilando gradualmente en sus fidelidades, llegando a colaborar con la izquierda, su tradicional enemigo, en la labor de desestabilización del gobierno derechista. El hecho más destacado fue la agitada Asamblea de Zumárraga del 2 de septiembre, concentración de peneuvistas, esquerristas y socialistas en reivindicación del concierto económico y de la autonomía municipal. El acto estuvo presidido por Indalecio Prieto y José Antonio Aguirre, lo que escenificó la estrategia del primero para ir aunando voluntades con la mirada puesta en la revolución que su partido desataría un mes después y la inclinación del segundo por olvidar su antipatía por los socialistas cuando se trataba de asuntos “nacionales”. Sin embargo, el PNV no dio el paso de colaborar con el PSOE en su fallida revolución.

Así lo relataría años después Telesforo Monzón, diputado peneuvista entonces y dirigente batasuno en su ancianidad:

“Los abertzales fuimos, también en aquella ocasión, insistentemente invitados a sumarnos a la revuelta anticonstitucional, y fue el propio Indalecio Prieto quien pidió hablar con nosotros apremiantemente en una de las salas del Congreso para ofrecernos, de forma poco velada, la independencia de Euskadi a cambio de nuestra ayuda al levantamiento: –Yo no he sido partidario de este levantamiento –nos dijo–, pero acepto la disciplina de mi partido. Si ustedes nos ayudan, nos podríamos entender. Yo prefiero una Euskadi independiente a una España retrógrada y de derechas”.

Llegaron la victoria fraudulenta del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, la amnistía de los condenados por la revolución del 34 y el camino acelerado hacia la revolución definitiva que había anunciado, junto a otros dirigentes socialistas, Largo Caballero: huelgas, asaltos, atentados, saqueos, incendios, asesinatos. Los peneuvistas comenzaron a planear armarse clandestinamente para poder enfrentarse con unos izquierdistas de los que temían que acabaran lanzándose sobre ellos al igual que sobre los demás partidos derechistas y los católicos en general. El dirigente peneuvista guipuzcoano Andrés de Bereciartúa recordaría que “se temía un movimiento comunista. Y los elementos nacionalistas vascos estaban dispuestos a colaborar con quien fuese para evitar la revolución comunista”.

Como recogieron en sus memorias varios protagonistas, entre ellos Gil Robles, en abril se reunieron en San Sebastián representantes del PNV, la Comunión Tradicionalista, Renovación Española, Falange y la CEDA. El enviado peneuvista, Telesforo Monzón, declaró disponer de hombres pero no de armas, ante lo que se hizo una primera entrega de armas y dinero a su partido. En reuniones posteriores aumentó la desconfianza hacia unos peneuvistas que sólo se comprometieron a la defensa de las tres provincias, que se negaron a acatar el mando de militares españoles y que condicionaron su compromiso a que se tratase de un alzamiento popular carlista, al que sí se sumarían. Como recordó el sacerdote Alberto Onaindía, protagonista principal en el verano de 1937 de la defección peneuvista que más tarde se verá, “la preocupación de los nacionalistas consistía en organizarse para la defensa del orden público tan gravemente amenazado por el peligro rojo”.

 

Archivo:José Calvo Sotelo hablando en un mitin en el frontón Urumea (5 de  5) - Fondo Car-Kutxa Fototeka.jpg - Wikipedia, la enciclopedia libre

 

Se intensificaron los preparativos para un golpe militar, ante lo que importantes sectores del PNV se inclinaron del lado de los conspiradores. Pero Calvo Sotelo pronunció en un acto celebrado en el frontón Urumea de San Sebastián (en la fotografía) su célebre frase “antes una España roja que una España rota”, lo que hizo ver a los peneuvistas que, a pesar de lo mucho que les unía ideológicamente a los demás partidos de derechas, sus aspiraciones independentistas y, en su defecto, autonomistas, no obtendrían buenas perspectivas en el caso de una victoria derechista. Los jefes peneuvistas, que hasta ese momento habían estado en conversaciones para renovar la coalición con las fuerzas derechistas y católicas, vieron claro que no podía caber entendimiento alguno. Y advirtieron a sus posibles socios derechistas que obtendrían de la izquierda lo que ellos les negaban. “Bendeciremos la mano por la cual nos llegue el Estatuto”, había escrito Manuel Irujo en Euzkadi en diciembre de 1935. Así, en el último momento, y no sin grandes dudas y resistencias, la postura del PNV fue la de apoyar a un gobierno republicano que, al fin y al cabo, les garantizaba la concesión del estatuto a cambio de que no se uniese a la rebelión. Ésta fue la postura oficial, si bien muchos de sus miembros optaron por unirse a los sublevados, como la dirección del PNV en Álava y en Navarra. El Napar Buru Batzar, mediante comunicado del 20 de julio, desautorizó con contundencia la declaración de adhesión a la República emitida por el Euzkadi Buru Batzar en Bilbao dos días antes. La mayoría de los militantes peneuvistas de Álava y Navarra, unos por convicción, otros por necesidad, se adhirieron al alzamiento y se alistaron al ejército rebelde. Y en Guipúzcoa el apoyo a la República se decidió sólo tras tensísimos debates.

Tres hechos acabaron por hacer inclinar la balanza peneuvista hacia la República: en primer lugar, el que Bilbao y San Sebastián quedasen el 18 de julio del lado republicano; en segundo, el fracaso del alzamiento en Madrid, Barcelona, Valencia y la mayor parte de España, lo que hizo parecer segura una rápida derrota del bando alzado; y en tercero, la seguridad de que, de haber optado por sumarse al alzamiento, las masas obreras de la industria vizcaína, mayoritariamente socialistas y comunistas, se habrían lanzado contra los peneuvistas.

Muchos dirigentes admitirían posteriormente que el 18 de julio estuvieron esperando que se confirmase que uno de los dos bandos había conseguido definitivamente la victoria, para así no tener que elegir. Por ejemplo, el presidente del Bizkai Buru BatzarJuan Ajuriaguerra, explicó al respecto:

“Tenía la esperanza de escuchar alguna noticia que nos ahorrase el tener que tomar una decisión: que uno u otro bando ya hubiese ganado la partida (…) A las seis de la mañana, tras una noche en blanco, tomamos una decisión unánime. Promulgamos una declaración dando nuestro apoyo al gobierno republicano. Tomamos esa decisión sin mucho entusiasmo, pero convencidos de haber elegido el bando más favorable para los intereses del pueblo vasco”.

Todos confesarían haberlo hecho a regañadientes y teniendo la seguridad de que, de llegar una victoria republicana, las izquierdas arremeterían acto seguido contra el derechista PNV. Varios dirigentes nacionalistas han dejado testimonio sobre su actitud hacia el bando gubernamental. Por ejemplo, Juan Manuel Epalza, recordaba:

“Hasta la noche antes, nuestro verdadero enemigo había sido la izquierda. No porque fuese la izquierda, sino porque era española y, como tal, intransigente. Vacilamos durante dos semanas o más, titubeando sobre si aliarnos con nuestros anteriores enemigos. De haber sido posible, nos hubiéramos mantenido neutrales (…) Estábamos entre la espada y la pared. Era algo absurdo, trágico: teníamos más cosas en común con los carlistas que nos atacaban que con la gente con la que de pronto nos encontramos aliados”.

Pedro Basabilotra, secretario de la milicia del PNV, opinaba a su vez:

“De todos modos, la izquierda siguió siendo para nosotros un peligro tan grande como los fascistas. Sabíamos que en caso de ganar la guerra habría que librar un segundo asalto”.

Tan incierto fue el alineamiento del PNV con uno u otro bando que no se decidió hasta la misma noche del 18 de julio. En la página web de la sede del PNV, Sabin Etxea, se explica de este modo:

“El 17 de julio de 1936 en la redacción del Euzkadi sita en la bilbaína calle Correo, siendo director del diario Pantaleón Ramírez Olano, se empiezan a recibir a través del teletipo noticias preocupantes del alzamiento militar. En la misma redacción del periódico se organiza una reunión informal en la que participan José Antonio Agirre, Esteban Urkiaga Lauaxeta, de la Torre, José Luis Irisarri, Ruiz Anibarro, etc. Varios de ellos acuden esa misma noche a hablar con el Gobernador Civil, Echevarría Novoa, para que les informe de la situación. Al regresar a la redacción del Euzkadi ya se encontraban más miembros del B.B.B. y deciden convocar para el día siguiente en Sabin Etxea una reunión del Consejo Nacional del EAJ/PNV. El 18 de julio, tras agotadores debates en las oficinas del nº 16 de Ibáñez de Bilbao, el EAJ/PNV decide apoyar a la República y la ciudadanía en la lucha que mantienen contra el fascismo y la Monarquía”.

José María de Areilza, vecino, coparroquiano y amigo de José Antonio Aguirre –y futuro primer alcalde franquista de Bilbao–, explicó en sus memorias que no faltaron enlaces hasta el último momento con dirigentes peneuvistas para lograr su adhesión al golpe de Estado.

“El sábado 18 de julio (…) lo pasé en casa de unos amigos en contacto cercano con el núcleo militar comprometido que daría la señal de la intentona en Vizcaya (…) El domingo amaneció espléndido, y para disponer bien del día, pensé en oír misa lo antes posible (…) A poco de empezar el sacrificio, entraron en la iglesia por la puerta lateral una serie de hombres con señales evidentes de insomnio y rostros contraídos y sombríos que parecían venir de alguna reunión. Eran los directivos del B.B.B., órgano superior del partido nacionalista en Vizcaya, que habían estado deliberando toda la noche en la sede del partido (…) Salí de la iglesia y compré El Liberal y Euzkadi, órganos respectivos del socialismo y del nacionalismo (…) Lo que publicaba el diario nacionalista me interesó más. Allí aparecía, en efecto, en recuadro y en primera página, una declaración oficial. El partido, al parecer después de una larga y tensa discusión, tomaba la posición de solidarizarse con el gobierno de la República y de combatir a su lado (…) Era un compromiso cerrado, sin salida, que significaba para la derecha católica, en el país vasco, la guerra fratricida con todas las consecuencias. Leí y releí el texto, parado ante las escaleras del templo, sintiendo un escalofrío de emoción al comprender que algo se desgarraba en aquellos momentos en las entrañas de nuestro pueblo. En esto observé que muy cerca, en un grupo, los directivos del nacionalismo también leían la prensa con ansiedad (…) José Antonio Aguirre me vio y comprendió sin duda mi pesadumbre al ver que la suerte estaba definitivamente echada. Me saludó de lejos sin que hiciéramos nada por conversar ni el uno ni el otro. Las palabras habían dejado paso a las armas”.

Esta alianza relativamente insospechada de los católicos y conservadores peneuvistas con las anticatólicas y revolucionarias izquierdas, que acto seguido procedieron a asesinar a miles de fieles y eclesiásticos, sería utilizada por el bando rebelde con enorme éxito propagandístico nacional e internacional.

Y efectivamente, el 1 de octubre de 1936, el mismo día en el que Franco era nombrado Jefe del Estado en Burgos, las Cortes reunidas en Valencia aprobaban el Estatuto por el que los peneuvistas se habían alineado in extremis con el bando republicano.

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz