10 DE MARZO DE 2020. Amanece en Zaragoza y, poco a poco, la ciudad se va llenando de tractores, de vehículos de labor. Hacía tiempo que no veíamos una manifestación sin otros emblemas que los de la tierra y las asociaciones profesionales, sin otras reivindicaciones que el poder vivir y trabajar con dignidad.

¡Vaya diferencia con el aquelarre del pasado día 8¡ Aquello recordaba a lo que se viene diciendo de las manifestaciones del 1 de mayo, a las que han acabado yendo práctica y únicamente sólo los liberados y sus familias. Aquí las reivindicaciones de los manifestantes no se refieren a presuntos derechos secretados por ciertas meninges calenturientas, sino que son comprensibles: se podrán compartir o no en todos sus extremos, pero en líneas generales son razonables, y más pensando en el epígrafe que hemos escrito como título de este breve post. Estas personas trabajan y producen para todos nosotros, y es obvio que son acreedores a una remuneración razonable por su labor, no sólo por las exigencias más elementales de la justicia, sino también porque esa labor tiene una especial relevancia para la comunidad. Y salvo excepciones muy localizadas, no piden prestaciones sociales, sino que se limitan a reclamar que les dejen trabajar para ganarse la vida honradamente y con dignidad. Los apoyos que piden no son para vivir a costa de prestaciones públicas, sino sólo para que los intermediarios de la distribución no acaparen la parte del león en la cadena de valor de sus productos, y ellos puedan obtener una retribución adecuada por el fruto de su trabajo del que, por otra parte y con independencia de las exportaciones – a las que frecuentemente, y no por deseo de los agricultores, se destina la mejor parte -, todos nos beneficiamos.

Son nuestras raíces, unas raíces que en las últimas décadas hemos tratado de reducir sistemáticamente a su mínima expresión. Y es que el mundo del campo funciona un poco a su aire. No se trata de lanzar ingenuas loas bucólicas a un hipotético retorno a la aldea, sino simplemente de constatar una realidad, por decirlo así, simplemente sociológica. Es un hecho que el escaso aprecio de los jefes políticos de la partitocracia por el medio rural responde no tanto al menor rédito electoral estimado como beneficio potencial, sino sobre todo a que en el campo las comunidades naturales tienen mucho más predicamento, vigencia social efectiva. La población, todo lo escasa que se quiera, está muchísimo más arraigada de lo que pueda llegar a estarlo en cualquier núcleo propiamente urbano, no digamos ya en alguna de las llamadas “ciudades dormitorio”. Y claro, eso siempre se sustrae en buena medida a todo el tinglado político imperante, con sus partidos, sus liberados a todos los niveles, sus comités e instituciones pseudorepresentativas, etc.

Por eso mismo, no podemos sino mirar con simpatía y, lo que es más, con empatía y con sintonía plena esta manifestación, en atención a quien la promueve, y a los motivos o demandas que les han movido a hacerlo. Por otra parte, y visto el panorama nacional, no sería excesivo afirmar que una vez más prácticamente están siendo los labradores el único segmento de nuestro pueblo con agallas y talla humana suficientes para plantar cara con solvencia moral y laboral a esta caterva de tiranos que nos oprimen, cuyas estúpidas veleidades bolivarianas son causa principal de que Estados Unidos no levante las restricciones que ha impuesto a buena parte de nuestros productos agrícolas, restricciones que ya han sido retiradas a países como Italia o Portugal. Como siempre, últimamente, por estas latitudes, todo por la política y por los políticos, en contra de la economía productiva, de la economía real de los que pretendemos ganarnos la vida con nuestro trabajo.

LAUS SEMPER CINCINNATO ¡

Javier Amo Prieto