Obispo y Mártir.

Festividad: 11 de Marzo.

 

A principios del siglo VIII, el Reino Visigodo de Toledo quedó derrumbado por los musulmanes o moros de África, pues, entregados aquéllos a la molicie que les venía de las pasadas costumbres arrianas, y gobernados por una dinastía ya decadente y corrompida, no tuvieron ni pudieron oponer resistencia eficaz a los invasores africanos. Unos pocos se refugiaron en las montañas de Asturias y de los Piri­neos; otros se quedaron con los pueblos victoriosos, practicando su religión más o menos abiertamente, pues hasta mediados del siglo IX les toleraron el ejercicio público de la religión en las iglesias y monasterios, mediante un tributo determinado.

En 822 Abderramán II empezó a perseguir a los cristianos. Inducido por un miserable renegado, por nombre Bodo, quiso obligar a todos los españoles, bajo pena de muerte, a convertirse en judíos o musulmanes.

En 847 envió Abderramán embajadores para pedir la paz al Rey de Fran­cia Carlos el Calvo, al propio tiempo que los cristianos de las Españas solicita­ban su protección; mas ello no impidió la persecución que llegó a ser gene­ral en el año 850. Entonces padecieron por la Fe un sacerdote llamado Perfecto, de Córdoba; el monje Isaac, del monasterio de Tábanos, cerca de Córdoba; otro monje llamado también Isaac; multitud de cristianos y, con particu­laridad, dos vírgenes llamadas Flora y María, de las que hablaremos en el transcurso de esta vida.

Eulogio nació en la ciudad de Córdoba —donde los moros tenían su principal asiento—, de padres nobles y ricos, descendientes de la pri­mera nobleza hispanorromana. Educado en las máximas del Evange­lio, quedaron éstas fuertemente impresas en su corazón desde sus primeros años; sus costumbres se conformaron en todo con la Ley santa de Dios. Gustaba ir a la iglesia de San Zoilo, mártir, tratar con los clérigos y apren­der de ellos santas costumbres y buenas letras. Después, creciendo en edad, se dio con gran cuidado al estudio de la Sagrada Escritura y buscaba los maestros que se la pudiesen enseñar. Entre éstos tomó particular amistad con Speraindeo —el santo abad del monasterio de Cuteclara, al noroeste de Córdoba—, por ser hombre de vida edificante y muy versado en las divi­nas letras.

Con la ayuda de este abad y con su gran ingenio y diligencia, vino Eulogio a ser eminente y famoso varón en las ciencias. Allí encontró entre sus condiscípulos a un eclesiástico llamado Alvaro, con quien trabó estrecha y sincera amistad, y que fue su biógrafo.

Volvió Eulogio a Córdoba, donde enseñó durante algún tiempo las letras, dando a cuantos le conocían brillante ejemplo de todas las virtudes y llenándolos de admiración por la extensión de sus conocimientos. Fue luego ordenado de diácono y poco después de sacerdote y alcanzó grado y nombre de maestro, por lo que recibió el encargo de enseñar las santas verdades a los fieles de la Iglesia de Córdoba.

Desde entonces quiso llevar vida de sacrificio y mortificación; maceraba su cuerpo con frecuentes ayunos y penitencias, sin dejar de aplicarse continuamente al estudio, sobre todo de la Sagrada Escritura. Dábase mucho a la oración, era caritativo con los prójimos, visitaba los hospitales y los monasterios de los monjes, de los que tomaba lo mejor que hallaba en las reglas y constituciones.

A su regreso a Córdoba vivía entre el clero como religioso, trazando reglas para cuantos servían a Dios en comunidades y conventos. Terminada la visita de los monasterios que había en las inmediaciones de Córdoba, aprovechó la ocasión de un viaje que por necesidad tuvo que hacer a Francia en el año 844, para visitar los conventos que había en las cerca­nías de Pamplona, de donde se llevó algunas obras literarias hasta entonces poco conocidas en Córdoba, entre otras la Eneida de Virgilio, la Ciudad de Dios de San Agustín y varios himnos cristianos.

En 850 -el año vigésimo octavo del reinado del emir Abderramán II- levantose en Córdoba una recia persecución contra los clérigos, debido a que el metropolitano de Sevilla, Recafredo, ya fuera por temor del rey moro, por lisonjearle, o por otros vanos respetos indignos de su persona y dignidad, dejó meterse el lobo en el redil. Por fea denuncia suya fue encarcelado el obispo de Córdoba con otros varios sacerdotes de la ca­pital, entre ellos Eulogio, acusado de dar ánimos y fortaleza a los mártires con sus pláticas e instrucciones.

Mas no por eso dejó de ejercer su misión el Santo, y en el mismo calabozo se ocupaba de continuo en la oración y lectura de la Sagrada Escri­tura con sus compañeros de cautiverio, a quienes alentaba a guardar cons­tante fidelidad a Dios. Entonces escribió un bello y emocionante tratado, al cual puso el título de Documento martirial, que es una exhortación al martirio, dedicada a las vírgenes Flora y María.

– Os ha amenazado el juez con sacaros al mercado y venderos como esclavas —les decía el Santo—; mas habéis de saber que no pueden mancillar la pureza de vuestra alma, cualquiera que sea la infamia que os hagan sufrir contra vuestra voluntad. En cuanto a nosotros —añade—, aunque indignos, también participamos de la gracia celestial del sufrimiento: las cárceles están llenas de clérigos; la Iglesia se ha quedado sin ministros; ha cesado la himnodia divina; la araña teje su tela en los templos, silenciosos y vacíos; el cantor no hace oír sus cantares: ha cesado la voz del sal­mista en el coro; el lector ya no lee en el púlpito la palabra de Dios, ni el diácono predica el Evangelio, ni el sacerdote derrama el incienso en tor­no a los altares: para hacernos ceder, hay cristianos cobardes que nos ha­cen ver esta soledad de las iglesias, atribuyéndolo a nuestra obstinación, añadiendo que, si queremos doblegarnos por algún tiempo, recobraremos el libre ejercicio de nuestra santa religión. Mas tened entendido que para vos­otras el sacrificio más agradable a Dios es la contrición de corazón y que ya no podéis retroceder ni renunciar a la verdad que habéis confesado.

Alentadas y fortalecidas de este modo, estas dos vírgenes fuertes y prudentes se presentaron sin temor ante el juez y se dejaron inmolar por Jesu­cristo el 24 de noviembre del año 851. Cuando Eulogio y sus compañeros reci­bieron la noticia de su muerte, dieron gracias a Dios en su prisión y cele­braron en honra de las mártires las vísperas, los maitines y la misa, enco­mendándose en sus oraciones. Antes de salir para el cadalso, las dos jóve­nes habían prometido que en cuanto llegaran a presencia de Cristo le pedi­rían la libertad de los sacerdotes. A los cinco días, el metropolitano soltó a los presos.

San Eulogio escribió entonces mismo el relato de este glorioso martirio, para animar a los demás cristianos a recibir también la misma corona, si Dios los llamaba a idéntico combate. Empleó su libertad para instruir y fortalecer a sus hermanos en la Fe, ya con sus palabras, ya con sus escritos; y gracias a sus exhortaciones hubo muchos que, antes que hacerse mahometanos, padecieron terribles tormentos con tanta constancia, que hasta los mismos infieles estaban conmovidos.

Asombrados los musulmanes al ver que tantos cristianos acudían espon­táneamente al martirio, temieron que sobreviniera una revolución. Abderramán tomó severas providencias contra los cristianos y mandó condenar a muerte y decapitar en el acto a cuantos se atreviesen a hablar con despre­cio de Mahoma. Entonces se ocultaron los cristianos: la mayor parte se dis­frazaron y huyeron por la noche, cambiando muchas veces de residencia para no ser sorprendidos. Otros, no queriendo huir, o no atreviéndose a afrontar los tormentos, renunciaron a Jesucristo.

Tanto sacerdotes como seglares y aun aquellos que anteriormente habían alabado el valor y la constancia de los mártires, cambiaron de idea y los llamaron indiscretos. Unos y otros afirmaban que convenía ceder a las circunstancias, bajar la cabeza por el momento y no aumentar el enojo de los perseguidores negándose a obedecerles; y no faltaron quienes alegaron textos de la Escritura, para condenar la conducta de los cristianos esforzados. Los que desde el principio habían reprobado el celo de los mártires se declararon entonces enemigos acérrimos de San Eulogio y demás sacerdo­tes a quienes culpaban de haber causado la persecución con sus exhorta­ciones al martirio.

Con el fin de calmar un poco la irritación del pueblo musulmán, mandó Abderramán congregar en Córdoba un concilio compuesto de los metropolitanos de diferentes provincias. El objeto era reunirlos, no para deliberar, sino para prohibir a los cristianos que se presentasen al martirio. Actuaba de es­cribano y representante del emir un cristiano de Córdoba, empleado en la administración, «hombre inicuo, orgulloso, cruel, tan rico en vicios como en dinero, que no era cristiano más que de nombre y que se había decla­rado desde el principio detractor y enemigo encarnizado de los mártires». Mostrose implacable contra Eulogio, que estaba en la asamblea, e instó a los obispos a que pronunciasen su anatema contra los que quisiesen imitar a los mártires.

Por fin, el concilio dio un decreto prohibiendo que nadie se ofreciese al martirio; pero este decreto estaba redactado en términos ambiguos y alegóricos, según el estilo de aquella época; de suerte que, al parecer, debía contentar al monarca y al pueblo musulmán, sin reprobar el martirio, cuan­do se penetraba bien el sentido de los palabras. San Eulogio no pudo callar que desaprobaba enteramente este disimulo, porque le parecía contrario al espíritu de verdad y franca libertad, que debe caracterizar a los hijos de Dios.

Este nuevo remedio sólo sirvió para dar nuevas armas a los defensores de los mártires. La persecución seguía encarnizada. De nuevo fue preciso buscar disfraces, andar de casa en casa y esconderse en lugares seguros. El obispo de Córdoba cayó en manos de la policía y bajó de nuevo al calabozo. Eulogio sufría horrorosamente. Las tergiversaciones y reticencias no habían logrado calmar el furor de los moros, antes la rabia había llegado al paroxismo contra los mismos cristianos cuya influencia habían temido por un momento.

Antes de terminar el mes de septiembre de aquel año de 852, Abderramán subió un día a la azotea del alcázar para admirar la her­mosura de la campiña. Por el río atravesaban las barquichuelas de los pescadores. A uno y otro lado, magníficas quintas, casas de recreo y alquerías. El emir contemplaba los maravillosos progresos de su capital en los últimos años y pensaba en un porvenir lleno de venturas.

De repente, su mirada tropezó con las horcas, de las cuales pendían los cadáveres de los últimos mártires y, no pudiendo soportar esta vista que le reprochaba su crueldad, mandó que los arrojasen a una hoguera y los quemasen. En el mismo momento «aquella boca que mandó quemar a los santos de Dios —escribe el mismo Eulogio—, herida por un ángel, quedó al punto cerrada, y la lengua no pudo emitir más sonidos. Llevado de este modo a su lecho, entregó su espíritu aquella misma noche, antes de que se consu­miesen los cuerpos de los Santos.»

Sucediole en el trono su hijo Mohamed. El nuevo emir era tan enemigo de los cristianos como su padre; y desde el principio de su reinado despidió de palacio a todos los que profesaban la religión cristiana y aun ocupaban cargos, y mandó castigar con rigor a los que hablasen mal del Profeta.

Prefiriendo algunos ser perjuros a su Dios antes que renunciar a sus cargos y beneficios, apostataron y fueron colmados de honores. La corte esperaba pervertir a otros muchos; pero en este nuevo peligro el celo de Eulo­gio hizo prodigios; impidió que una infinidad de cristianos débiles o muy apegados a los bienes terrenales renunciasen a Jesucristo, y se vio una nueva y magnífica eflorescencia de víctimas inmoladas por la Fe, flores perfumadas que llenaron de aroma el jardín de la Iglesia y fueron más tarde para las Españas un manantial de grandes bendiciones. En aquel tiempo pade­cieron con valor un monje llamado Fandila, Anastasio y Félix, ambos sacer­dotes y monjes; las santas Digna y Columba del monasterio de Tábanos; otra religiosa, Santa Pomposa, y otros muchos de todas las condiciones: eclesiásticos, religiosos y casados.

Estos martirios llenaron de alegría a los partidarios de Eulogio, el cual tuvo buen cuidado de recoger las actas de todos estos mártires, cuya historia nos ha dejado en tres libros con el título de Memorial de los Mártires.

A las objeciones de los que no querían reconocer a éstos como verdaderos mártires, respondió San Eulogio en su Apologético, demostrando que los milagros no eran señales infalibles de santidad y que no eran necesarios entonces como lo habían sido en los primeros siglos de la Iglesia; que los tormentos de diferentes géneros no eran indispensables a los mártires, que no era cosa de considerar la duración ni la forma del combate, sino la per­severancia y la victoria; que los moros perseguían a los cristianos por odio a la religión y a Jesucristo cuya divinidad negaban. En cuanto a la última objeción que les acusaba de haberse presentado ellos mismos al mar­tirio, la rebatía con el ejemplo de otros muchos que en tiempos anteriores se habían presentado también espontáneamente, y a quienes honra la Igle­sia como a santos y verdaderos mártires. Al defender San Eulogio a los már­tires contra todas las acusaciones que imputaban a un celo que juzgaban inoportuno, se justificaba a sí mismo. Muy pronto iba a aumentar él mismo el número de estos gloriosos atletas que había sostenido y defendido.

Habiendo muerto el anciano Wistremiro, arzobispo de Toledo, el clero y el pueblo de esta ciudad convocaron a todos los obispos de la provincia y sus limítrofes para tratar de su sucesor, y todos, de común acuerdo, pusieron los ojos en el santo presbítero Eulogio, a quien ya consideraban como la joya, más preciosa de la Iglesia española, tanto por su ciencia y virtudes como por el valeroso testimonio que había dado de la Fe de Jesucristo durante su prisión y la persecución. Empero, Dios quiso concederle la corona de la gloria aun antes de que fuese consagrado. Vivía entonces en Córdoba una virgen llamada Leocricia o Lucrecia, nacida de una doble y rica familia musulmana, que vino a nuestra santa Fe y se bautizó por persuasión de otra mujer cristiana de su misma familia. Los padres de la doncella, con palabras blandas y con todo género de casti­gos, pretendieron apartarla de su santo intento; pero ella huyó de la casa paterna y encontró desde el primer momento refugio y cariño en la casa de Eulogio, el cual vivía ahora sólo con su hermana Anulona, virgen con­sagrada a Dios, cerca de la iglesia de San Zoilo. Leocricia vio en Eulogio un padre, y en Anulona, una hermana.

Mientras tanto, sus padres removían cielo y tierra para hallar a la que los tenía desesperados con su desaparición, y fueron a quejarse al gobernador de la ciudad, el cual mandó apresar y castigar a muchos cristianos, y también a religiosas y sacerdotes. San Eulogio, sin perder la serenidad, velaba conti­nuamente por Lucrecia, y buscaba un día tras otro, en las casas de sus ami­gos, algún rincón donde ocultarla. De cuando en cuando iba él a verla, a instruirla y a infundirle valor.

El santo presbítero pasaba las noches rezando en la iglesia de San Zoilo, con la frente pegada en tierra, mientras ella, por su parte, velaba, ayunaba y maceraba su cuerpo.

Una noche, habiendo ido Leocricia a ver al Santo para recibir ánimos e instrucciones, fue denunciada por personas que la conocieron. El gobernador mandó al momento rodear la casa por soldados, que apresaron a Eulogio y a Lucrecia, y los llevaron a la cárcel.

Eulogio compareció ante el tribunal de los musulmanes y el juez le preguntó por qué había dado asilo a la joven. El Santo le contestó que los sacerdotes no podían negar la instrucción a los que se la pedían y le dio razones para explicarle por qué le hacía preferir a Dios antes que a sus padres, siguiendo en esto la opinión de los mismos que perseguían a los cristianos. Al mismo tiempo se ofreció a enseñarle el verdadero camino del cielo como a Lucrecia, y comenzó a impugnar con denuedo las imposturas y errores del falso profeta Mahoma, a demostrar la divinidad de Jesucristo y a probar que la religión del Salvador era el único camino de salvación.

Furioso el juez al ver tanta audacia, mandó que le azotaran hasta que expirase.

—Si quieres entregar mi alma a Aquel que me la dio, mejor será que afiles la espada —replicó Eulogio—. Mira, soy cristiano y lo he sido siempre. Confieso que Cristo, hijo de María, es verdadero hijo de Dios, y vuestro Profeta un impostor, un adúltero, un endemoniado, que os lleva por el camino de la perdición y os aparta de los santos senderos de la vida.

El juez mandó entonces que le llevasen al palacio del emir, donde se improvisó un tribunal formado por los más altos personajes del gobierno. Uno de los consejeros que le conocía particularmente, llenose de compasión al verle, le llevó aparte y le dijo:

—Comprendo que los idiotas y los tontos vayan a entregar inútilmente su cabeza al verdugo; pero tú, que eres respetado y admirado por todos por tu virtud y tu sabiduría, ¿es posible que te decidas a seguir su ejemplo Créeme; cede un solo momento a la necesidad irremediable, pronuncia una sola palabra, y después sigue la religión que más te convenga; nosotros prometemos dejarte en paz.

—¡Oh, si supieses lo que nos espera a los adoradores de Cristo! -respondió Eulogio sonriéndose—. A buen seguro que no me hablarías así y re­nunciarías a tu dignidad temporal.

Y cuando estuvo en presencia del real consejo, el santo presbítero comenzó a predicar con esforzado valor el santo Evangelio y propuso a los musulmanes las verdades de la Fe con tanto ardor que, para no oírle más, le condenaron en el acto a ser decapitado.

Al llevarle al lugar del suplicio, un eunuco le dio una bofetada, y el mártir, acordándose de las palabras del divino Maestro, presentó con inalterable paciencia la otra mejilla en lugar de quejarse, y el infiel tuvo la insolencia de darle otra bofetada.

Cuando el Santo, rebosando de gozo por sufrir en unión de Nuestro Señor Jesucristo, llegó al cadalso, se arrodilló, levantó las manos al cielo, pronun­ció en voz baja una breve oración e hizo la señal de la cruz en todo su cuerpo para hacerle invencible con este divino escudo de salvación y unir sus padecimientos y martirios a la pasión y muerte de Jesús en la cruz. Presentó luego tranquilamente la cabeza al verdugo y consumó así su glorioso martirio. Eran las tres de la tarde de un sábado, día 11 de marzo del año 859.

 

Oración:

San Eulogio de Córdoba, humilde sacerdote, te tocaron vivir tiempos convulsos en los que la Patria había sido conquistada por la morisma y los cristianos eran perseguidos por el Islam. Hombres y mujeres de tu tiempo eran conducidos al cadalso y entregaban sus almas a Dios piadosamente perdonando a sus verdugos. Tus constantes denuncias por semejante abuso no te las perdonaron tus enemigos, y te llevaron, también a ti, a dar la vida por Cristo. San Eulogio, intercede ante Dios por los cristianos de este siglo, a fin de que sepamos ser defensores de la Verdad y de la Fe ante la herejía y no tener miedo a las represalias del mundo. Por Jesucristo Nuestro Señor y por la Santísima Virgen María, Madre de Dios. Amén.