Festividad: 29 de Febrero.

Monje.

 

Hay en la fisonomía de cada santo una característica que llama especialmente la atención. Esta particularidad es la que importa hacer resaltar y proponer a la imitación de los lectores. En Santa Teresa de Jesús, por ejemplo, es el amor ardiente; en San Francisco de Sales, la dulzura y mansedumbre; en San Vicente de Paúl, la caridad. Por lo que toca a San Dositeo, debemos hacer resaltar el vencimiento propio y la completa abnegación de la voluntad.

No conocemos el lugar ni la época de su nacimiento; sólo sabemos que fue un joven patricio, hijo de un prefecto, ministro de la guerra o tribuno, oficial que mandaba un cuerpo de tropas, y que corresponde ahora al grado de teniente general. Como estaba en la flor de la edad, y era de bello aspecto y bien proporcionado, constituía las delicias de toda la familia, y el ídolo de su padre, que le crió con gran delicadeza y el mayor regalo. Aunque cristianos, sus padres le dieron lastimosa educación, manteniéndole en la total ignorancia de la religión cristiana, y por miedo de contrariar su libertad, no le dedicaron a los estudios, y le dejaron crecer sin darle el menor barniz de cultura científica ni literaria.

Si Dositeo no se precipitó en las más funestas licencias de la juventud, debiólo a la buena inclinación de su bella índole, o por mejor decir, a la especial gracia con que el cielo le preservó hasta de los menores escollos. Era Dositeo de natural dulce, gracioso y apacible; y como a ello se añadía la hermosura de su semblante, la proporción airosa de su talle, la delicadeza y blancura de su tez, modales desembarazados, modestos y llenos de una noble ingenuidad, junto con una rara inocencia de costumbres, fue universalmente amado de todo el mundo. El padre, particularmente, estaba tan hechizado con su hijo, que no sabía negarle ningún gusto, siendo tan excesiva condescendencia la causa de su crasa ignorancia.

En esta regalona ociosidad vivía Dositeo cuando oyó hablar del viaje que unos oficiales iban a realizar a Tierra Santa movidos por la devoción. El Señor, que tenía particulares designios sobre aquella alma privilegiada de su gracia, le inspiró el deseo de hacer este viaje. Apenas dio a entender a su padre la curiosidad que se le había excitado, al instante providenció todo lo necesario para complacerle y pidió a los oficiales que llevasen consigo a su hijo y le cuidaran durante aquellas jornadas.

Llegaron a Jerusalén. Todas las cosas grandes y santas que Dositeo veía en aquellos sagrados lugares le tenían como embelesado, causándole especialmente grande impresión todo lo que oía decir de nuestros sacrosantos misterios. Condújole un día la divina Providencia a cierta iglesia, cerca de Getsemaní, y vio en ella una pintura que le afectó vivamente. Era un vivísimo retrato de los tormentos que los condenados padecen en el infierno. Contemplaba inmóvil aquel horroroso lienzo, cuando de pronto apareció a su lado una señora de majestad y belleza extraordinarias, que le explicó el espectáculo que tenía ante los ojos. Aturdido Dositeo con lo que estaba oyendo, y reflexionando en la vanidad de su vida pasada, temió que le estuviese reservada la misma suerte.

—¿Qué debo hacer, pues, para evitar tamaña desgracia?—preguntó.

—Hijo mío —le respondió la matrona— si quieres no ser del número de los condenados, ayuna, no comas carne y ora sin cesar.

Y diciendo esto desapareció. Nunca dudó nuestro Santo que esta Señora había sido la Santísima Virgen, y por esto le profesó siempre una ternísima devoción.

Luego que Dositeo volvió al lugar de su hospedaje, comenzó a poner en práctica el consejo recibido. Sus compañeros echaron de ver la mudanza, y en tono de broma le aconsejaron que se retirase al claustro. El joven ignoraba lo que esto quería decir, y cuando se lo explicaron no vaciló un momento. La broma de sus amigos había sido para él una advertencia del cielo, porque sin demora se presentó en uno de los monasterios más florecientes de Palestina, del cual era abad San Seridio.

El venerable abad, al ver a un joven tan apuesto, educado con la mayor delicadeza y vestido con un rico uniforme militar, temió en un principio que su resolución fuese hija de un fervor pasajero. Así es que llamó a San Doroteo —que era su principal discípulo— y declarándole lo que recelaba, le encargó que examínase la vocación de aquel mozo. No tardó San Doroteo en apreciar todo el mérito del joven aspirante pero viendo que su nuevo discípulo era joven, tierno, delicado y criado con todo regalo, no quiso sujetarle desde luego a todas las austeridades de la Regla, contentándose por entonces con enseñarle a obedecer con alegría y puntualidad, a no tener voluntad propia, a modificar sus inclinaciones, y a desprender su corazón aun de las cosillas más menudas.

Fue acostumbrándole por grados a la abstinencia. Al principio el joven consumía pan y medio. Pocos días después, por orden de su maestro, disminuyó una parte de esta cantidad y como le preguntase si había quedado satisfecho, contestó:

—Tanto como satisfecho no; pero estoy bien.

Más tarde, aumentando el rigor de las mortificaciones, Dositeo, a quien no bastaban al día cuatro libras de pan en los principios de su conversión, llegó insensiblemente a contentarse con solas ocho onzas, sin haber enflaquecido ni experimentado mengua en sus fuerzas.

Ansiaba por entonces el santo mancebo dedicarse al estudio de la Sagrada Escritura, y así se lo dijo a su abad, el cual lejos de condescender con aquella petición, le contestó con aparente menosprecio, y sólo para probarle, que un hombre que había llevado en los primeros años de su juventud una vida tan disipada, era más digno de cavar la tierra, a la que estuvo un tiempo tan apegado, que de elevar su espíritu con la contemplación de las cosas celestiales.

Fácil es comprender, por tanto, cuán violentas tempestades se levantarían en el corazón de Dositeo con el choque diario de su propia voluntad con la regla de obediencia que le obligaba a someterse a los mandatos del superior, y cuántas serían las batallas que hubo de sostener contra el espíritu de la soberbia y de independencia que tanto le excitaban. Pero de todos estos asaltos salió vencedor, gracias a las plegarias que continuamente elevaba a la Santísima Virgen para que le encaminara por donde mayor gloria pudiera dar a Dios y mejor correspondiera al beneficio que le había hecho cuando se le apareció en Getsemaní, mientras contemplaba la pintura del infierno, al advertirle los peligros que corría si seguía entregado a las pompas y vanidades del mundo y a las malas compañías que habían estado a punto de pervertir su alma.

A causa de su carácter afable, Dositeo era más apto que ningún otro para el servicio de los enfermos, por lo cual le encargaron de la enfermería. Desempeñó este empleo con una limpieza y una caridad que edificaba a todos los religiosos confiados a su cuidado. Si alguna vez por la propia debilidad de la naturaleza humana se le escapaba alguna palabra un poco ruda, sentía profundo dolor, se retiraba a su celda y, postrándose rostro en tierra, deploraba su fragilidad. En tales ocasiones sólo Doroteo podía secar sus lágrimas.

—¿Qué tienes, pues, Dositeo? —le preguntaba—; ¿por qué lloras de esa manera?

—Perdóneme, Padre mío —le respondió entonces el humilde discípulo—, me he dejado llevar de la cólera contra mi hermano y le he hablado con impaciencia.

—¡Cómo!, hermano mío, ¿no sabes que aquellos a quienes sirves son los miembros de Jesucristo y que al servirlos sirves al mismo Cristo? ¿Por qué, pues, lo haces tan mal? ¿Quieres afligir al divino Salvador, que toma como cosa suya todo lo que se hace a sus siervos?

Nuestro Santo sólo respondía a esta suave corrección con suspiros y lágrimas. Movido a compasión por aquel arrepentimiento sincero, Doroteo dejaba entonces el tono de maestro y hablaba como padre:

—Levántate, pues, y ten buen ánimo. En adelante, procura portarte mejor y no caer en semejantes faltas. Espero que Dios por su misericordia te perdonará.

Perdonado y alentado de tal suerte, Dositeo se levantaba en seguida y corría a su trabajo con tanta tranquilidad de espíritu como si el mismo Dios le hubiese perdonado. ¡Cuántas almas excesivamente escrupulosas hallarían muy pronto una paz que desesperan de alcanzar, si, imitando a nuestro Santo, acudiesen con fe sencilla y confianza filial a solicitar el consejo de su prudente director!

Exhortábale también a estar continuamente en la presencia de Dios, a corregirse cada día de alguna falta, a no dejar sin dolor y sin castigo las menores culpas, a no hacer cosa alguna por su propia voluntad, a no tener apego a persona ni a cosa de esta vida, a no ejecutar aun las acciones más menudas y más ordinarias, sino puramente para agradar a Dios, y a no temer nada tanto como desagradarle.

El santo mancebo puso en ejecución estos saludables consejos, cuya puntual observancia le elevó en menos de cinco años a una eminente santidad; jamás se desmentían su dulzura, su modestia y su profunda humildad; siempre se mostraba igual, laborioso, alegre; de manera que sólo con ver aquel consistía en hacer perfectamente todas las acciones: ninguna falta se perdonaba, y por eso, si le ocurría alguna vez levantar algo más la voz o escapársele algún súbito ímpetu de genio, estaba inconsolable.

Hemos dicho que San Doroteo no imponía a su discípulo duras penitencias corporales, pero en cambio le acostumbraba a dominar más y más su carácter, de suyo tan dócil. Para ello le reprendía continuamente, le humillaba en toda ocasión y le bastaba observar en él el menor apego a alguna cosa, para obligarle a renunciar a ella. Dositeo aceptaba estas pruebas con sumisión y aun con alegría.

En cierta ocasión que Doroteo visitaba la enfermería para ver si todo estaba en orden, le dijo:

—¿No os parece, Padre mío, que hago las camas de los enfermos con pulcritud y destreza?

—Verdad es, hermano mío —replicó el maestro—. Has alcanzado ser buen enfermero, pero eso no prueba que seas buen religioso.

En otra ocasión dióle San Doroteo paño para que se hiciese un hábito nuevo: trabajó en él Dositeo muchos días, y le costó mucha fatiga coserle. Llevóselo al fin a su maestro, y éste le mandó que se lo diese a un monje, y que él hiciese otro hábito nuevo para sí. Ejecutólo el santo mozo, y se repitió con el segundo hábito lo mismo que se había hecho con el primero. Muchas veces le hizo repetir estos sacrificios en actos semejantes de desasimiento, y Dositeo los cumplía no sólo sin quejarse y sin repugnancia, sino cada vez con mayor alegría.

El mayordomo del monasterio le entregó una vez un cuchillo muy bueno y muy a propósito para el servicio de la enfermería y Dositeo pidió a su maestro permiso para aceptarlo. «Es muy bueno —añadió— y me servirá perfectamente para el uso a que pienso destinarlo.» Al oír esto San Doroteo creyó que le agradaba aquel regalo y, queriendo arrancar de su corazón hasta el menor apego a las cosas, replicó:

—Según veo te satisfaces mucho con inútiles bagatelas. ¿Qué prefieres, ser esclavo de tu cuchillo o servidor de Jesucristo? ¿No tienes vergüenza, Dositeo, de poner tu corazón a más bajo nivel que un cuchillo?

El humilde discípulo bajó los ojos y respondió con un ademán silencioso que estaba dispuesto a prescindir de él.

—Ahora —añadió Doroteo—, vete a poner ese cuchillo con los otros y no lo toques más.

Obedeció inmediatamente y vio, sin sentir la menor acritud ni el más leve despecho, cómo lo usaban sus hermanos.

A medida que el joven novicio iba aumentando en perfección, encontraba en su camino mayores pruebas, aunque jamás llegasen a turbar la tranquilidad de su alma.

Habíanle permitido por entonces leer las Sagradas Escrituras y, como lo hacía con gran pureza de corazón, empezaba a entender su sentido oculto. Si a veces encontraba alguna dificultad, acudía inmediatamente a pedir la explicación a su padre espiritual. Éste, para probar su humildad, le recibía con rudeza y le negaba la explicación deseada. Un día, en vez de responderle, le envió a San Seridio, el cual, prevenido de antemano, miró al discípulo con aire severo.

—¿Qué ignorante, como tú, dijo, se atreve a hablar de cosas tan elevadas? Añadió otras palabras tan duras como éstas y le despidió sin contemplaciones. Dositeo recibió esta humillante corrección con la dulzura de un ángel y volvió tranquilamente a sus ocupaciones.

Empero conviene saber que, como Dios se complace en comunicarse a las almas puras y humildes, aunque Dositeo no tenía ni el más leve barniz de letras, ni de doctrina, poseía un conocimiento tan comprensivo y una inteligencia tan clara, tan limpia, de los más elevados y profundos misterios de la religión, que algunas veces hablaba de ellos como hombre divinamente inspirado. Su maestro, que no perdía ocasión de ejercitarle en la humildad, lo lograba siempre que se trataba de estas materias, pues hablaba en ellas Dositeo con su acostumbrado acierto, humillándole entonces grandemente: pero con tanta complacencia del humildísimo joven, que nunca sentía mayor gozo que cuando le echaban en rostro su ignorancia.

Cinco años pasó Dositeo en estos ejercicios de obediencia, regularidad, humildad y continua unión con Dios. De noche sólo asistía a la última parte de maitines, según se le había ordenado, en atención a su poca salud. De día cuidaba a los enfermos, y comía un poco de pescado a las horas señaladas. Estaba tan mal del pecho, y arrojaba tanta sangre por la boca, que de esta enfermedad vino a perder la vida. La inquietud y dolores que le causaba, nunca le pudieron arrancar ni una leve señal de impaciencia; su oración ordinaria era ésta:

—Señor, ten misericordia de mí. Dulce Jesús mío, asistidme. Virgen Santísima, mi querida Madre, no me neguéis vuestro favor.

Díjole un hermano que tal vez unos huevos frescos podían aliviarle y detener la sangre que perdía en abundancia; mostró Dositeo algún deseo de tomarlos; pero luego le pareció que ésta era inclinación sensual, y la detestó. Después se acusó al abad —que a la sazón era San Doroteo— como de una tentación a que había prestado oídos.

—Padre mío —le dijo—, me han hablado de un remedio que quizás me fuera de mucho provecho. Yo desearía indicártelo, pero te conjuro que no me lo procures, porque me inquieta demasiado.

—¿Qué remedio es ése?

—Unos huevos frescos. Pero te suplico en nombre de Dios que no accedas a este deseo, pues no quiero recibir nada que tú no me ofrezcas por tu propio impulso.

—Está bien —dijo San Doroteo—, así lo haré; no te acongojes por eso. Sin embargo el mal iba empeorando; pero al paso que crecían sus dolores crecía también su resignación y su paciencia. Redújole la debilidad a no poder moverse; y preguntado por San Doroteo si hacía siempre su acostumbrada oración:

—¡Ay!, Padre —respondió al punto—, y ¡cómo la hago!, par señas, pues

no puedo hacer otra cosa.

Habiéndole ido a visitar San Barsanufio, uno de los más eminentes reli-

giosos del monasterio, y sintiendo Dositeo que ya le iban faltando las fuerzas,

díjole con gran humildad:

—Padre mío, mándame que muera, porque ya no puedo más.

—Ten un poco de paciencia, hijo mío —le contestó el anciano—, que cerca está la misericordia del Señor.

En efecto, pocos días después el enfermo le decía dulcemente:

—Padre mío, permíteme acabar en paz mi destierro.

El santo religioso le respondió lleno de ternura con lágrimas en los ojos:

—Vete en paz, hijo mío, y ponte con mucha confianza en la presencia de Dios, que quiere hacerte participante de su gloria; ruega a Su Majestad por nosotros.

«Entonces —dice la Vida de los Padres del yermo– aquel bienaventurado hijo de la obediencia se durmió con el sueño de los justos en el seno de aquella hermosa virtud que había sido como su nodriza en el camino de la perfección…»

Los religiosos que se hallaban presentes quedaron admirados de la extraordinaria opinión San Barsanufio tenía de la eminente santidad de su hermano. Es más, algunos monjes ancianos sintieron cierto despecho:

—Dositeo —decían entre sí— no ayunaba, dispensábasele en los ejercicios más penosos de la religión; tratábasele con demasiada indulgencia; pues ¿en qué consistía su extraordinaria virtud?

Pero Dios les quiso dar a entender a qué grado tan sublime de virtud se puede llegar en poco tiempo por el ejercicio de una perfecta obediencia. Poco después de la muerte de Dositeo, pasando por el monasterio un solitario de virtud eminente, vio en sueños a todos los religiosos de la casa, a quienes Dios había llamado ya a su seno. En medio de los ancianos que componían aquella celeste asamblea, vio a un joven novicio, cuyas facciones quedaron grabadas en su memoria. Habló de ello con asombro, y por el retrato que hizo, no fue posible dudar de que se trataba de San Dositeo.

A partir de aquel momento entendieron los religiosos que el vencimiento

y el renunciamiento de la propia voluntad son más meritorios que las mortificaciones exteriores, porque si es difícil al espíritu domar las pasiones que de ella nacen, más difícil le es aún el dominarse a sí mismo.

Ninguna cosa enseña mejor que los ejemplos. Por eso ha querido el Señor proponérnoslo en toda edad, condición y estado, atajando por este medio los falsos pretextos de que pudiera servirse nuestro amor propia para desviarnos de la virtud. Quiso confundir nuestra cobardía poniéndonos a la vista la santidad de aquellos, que siendo más jóvenes, más débiles, más delicados, menos sabios que nosotros, no por eso dejaron de conseguir un eminente grado de virtud, aun ceñidos siempre dentro de los límites de los empleos menos brillantes y de las acciones más comunes y ordinarias.

 

Oración:

San Dositeo bendito enséñame a ser humilde de corazón y a obedecer en todo a mis superiores como tú hiciste durante tu vida, y así rezo contigo como tú rezabas: Señor, ten misericordia de mí. Dulce Jesús mío, asistidme. Virgen Santísima, mi querida Madre, no me neguéis vuestro favor. Amén.

R.V.