Festividad: 28 de Febrero.

Abad y Fundador.

San Román fue destinado por la divina Providencia para encender en el extremo oriental de las Galias un nuevo foco de vida monástica y religiosa; fue el fundador y primer abad de la célebre abadía de Condat, árbol vigoroso y fecundo que durante trece siglos cubrió con sus ramas y verde follaje esta región que se ha llamado la Tebaida de las Galias.

Nació Román a fines del siglo IV, hacia el año 390, de virtuosa y honrada familia, en la provincia secuanesa, limitada por el monte Jura. Sus padres, en aquella época perturbada por las invasiones de los bárbaros, no tuvieron con qué hacerle instruir en las ciencias humanas, pero procuraron desenvolver las hermosas cualidades de que estaba dotado aquel niño de predilección.

La juventud de Román discurrió, como su niñez, en medio de la oración y de la vida familiar, apartado del mundo y de sus placeres y diversiones, que le causaban horror. Sin embargo, dotado como estaba de bondad y afabilidad, se había granjeado la estima y el aprecio de todos, incluso de algunos que no tenían el valor de imitarle.

Román había oído la voz íntima de la gracia que le incitaba a renunciar a todo y a vivir sólo para Dios. Pedía al Señor le iluminara sobre el mejor modo de realizar este designio. En vano sus padres le habían querido obligar a pedir matrimonio, no consintió en ello. Su determinación era cerrada, quería ser ermitaño para mortificarse más y entregarse a la contemplación.

Apenas quedó libre, desasiéndose de los halagos y cariños de su familia y ofreciendo a Dios este doloroso sacrificio, marchó a Lyón, que entonces se llamaba Lugdunum. ¿Estaba Lyón en el camino del desierto? Sin duda que no, pero Román sabía que antes de entrar en batalla, hay que aprender el manejo de las armas. Habiendo oído hablar del venerable abad Sabino, superior del monasterio de Ainay, fue a ponerse humildemente bajo su dirección, para que le enseñara el arte sublime y difícil de la perfección cristiana. Tenía a la sazón 35 años.

El abad no tuvo más que felicitarse por la adquisición de este nuevo discípulo, que pronto se formó en las prácticas de la vida cenobítica e hizo rápidos progresos en la ciencia de los santos.

La lectura de la Vida de los Padres del yermo constituía sus delicias; el ejemplo de los sacrificios y penitencias de los solitarios, lejos de asustarle, aumentaba, por el contrario, cada día su deseo de vivir como los Pablos, los Antonios y los Hilariones.

Cuando estuvo suficientemente instruido, Román se dirigió a las selvas deshabitadas del monte Jura; la Providencia le deparó como retiro un lugar casi inaccesible llamado Condat, que en lengua céltica significa confluencia. Este desierto, situado en la confluencia de dos riachuelos: el Tacón y el Binne, y encerrado entre tres montañas, presentaba aspecto agreste de profunda soledad. Román encontró un lugar verdaderamente encantador, donde esperaba evitar fácilmente las miradas y las suspicacias de los hombres. En este lugar fijó, pues, su morada con gusto, albergándose al principio bajo un enorme abeto, cuyo espeso ramaje le recordaba la palmera que servía de tienda a Pablo el ermitaño, en el desierto de Egipto.

Como este Santo, cuyos ejemplos ansiaba imitar, empezó inmediatamente y con ardor, una vida de oración y penitencia. Según las reglas que se había trazado, destinaba un tiempo considerable a la oración; su conversación estaba en los cielos; para, mantener su fervor leía asiduamente la Vida de los Padres del yermo, que había llevado de Ainay. Por fin, el gran alimento de su oración era la mortificación extraordinaria; trataba duramente al cuerpo, reduciéndole a servidumbre con espant osas austeridades; durante mucho tiempo no se alimentó más que de raíces y frutas silvestres y no tenía otro lecho que la tierra desnuda.

Dios sólo le bastaba. Dedicaba una parte del tiempo al trabajo manual. Para ello se proveyó de algunas herramientas, de semillas y hortalizas, y empezó a cultivar una corta extensión de tierra, no para procurarse mejores alimentos, sino para hacer a Dios el sacrificio de sus miembros y de todo su cuerpo en este ejercicio penoso, tan conforme al espíritu monástico.

Román había dejado en el mundo a un hermano a quien amaba tiernamente. Llamábase Lupicino, el cual no habiendo sabido resistir a las solicitaciones apremiantes de sus padres, se había casado; pero poco después de la partida de Román, perdió sucesivamente a su mujer y a su padre, y consideró esta desgracia como un aviso del cielo.

Una voz interior le impulsaba a juntarse con su hermano, que se le apareció en sueños, instándole á hacerse solitario. Sin más vacilaciones fue a echarse a los pies de Román, que le admitió con gozo en su compañía.

Los ejemplos del maestro, más aún que sus palabras, eran elocuente enseñanza para el discípulo, cuya naturaleza robusta y enérgica se prestaba admirablemente a la vida austera del desierto. Los dos hermanos rivalizaban en fervor y generosidad. Pero llegó la hora de la tentación.

Mientras rezaban las oraciones acostumbradas, se vieron agredidos de repente por una verdadera lluvia de piedras, sin poder descubrir la mano que las lanzaba. Continuaron el rezo y los cánticos, y las piedras siguieron cayendo con más fuerza. Volvieron a sus plegarias, y volvieron los asaltos y acometidas; cada vez que se arrodillaban eran heridos cruelmente por aquel enemigo invisible, que los dejó maltrechos y cubiertos de heridas. Este hecho, al parecer tan extraño, se produce a veces por causas naturales. ¿Era este el caso, o había en ello intervención del enemigo de las almas? No sabríamos decirlo. Lo cierto es que la misma escena se repitió varios días.

Román y Lupicino, acobardados se dijeron mutuamente: «Acaso Dios quiere que vayamos a otra parte y por esto permite que el enemigo nos atormente.»

Partieron, pues, en busca de morada más apacible. En el camino se detuvieron una tarde en el umbral de la casa de una pobre mujer, que les ofreció hospedaje, creyendo que eran peregrinos ordinarios, rendidos por el cansancio de un largo viaje.

«¿Quiénes sois? —Ies dijo— ¿De dónde venís? ¿Qué os trae por estas tierras?»

Los dos hermanos refirieron con toda humildad lo que les había acontecido: sus miedos y el por qué de su huida.

«¡Cómo! —exclamó aquella mujer— ¿es esto un motivo justo para abandonar el servicio de Dios? ¿Tendré que enseñar yo, flaca mujer, que lo que habíais de hacer era perseverar en la oración? Si no hubierais cedido tan pronto, habríais triunfado.»

Estas palabras los llenaron de humillación; avergonzados de su cobardía, volvieron a emprender inmediatamente el camino de Condat. Apenas llegaron fueron objeto de una prueba más terrible: cayó sobre sus cabezas nueva lluvia de piedras y se vieron con !os rostros inundados de sangre. Pero esta vez se mantuvieron firmes, acudieron a la señal de la cruz repetidas veces, en medio de una oración ferviente y llena de confianza. Aun tuvieron que resistir más de un combate de este género, acudiendo también a las mismas armas. Pronto bendijo Dios su paciencia y energía y los libró de prueba tan terrible.

La santidad es perfume que no puede menos de trascender a lo lejos y cuya suavidad atrae misteriosamente a los que aspiran a ser preservados de la corrupción del siglo. Cierto día, Román, inspirado por una luz divina, dijo a Lupicino: «Preparemos en esta colina vecina una habitación para los hermanos que la Providencia nos envíe.» Al día siguiente llegaban dos jóvenes eclesiásticos de Borgoña, suplicando a los piadosos solitarios que los guiasen por las sendas de la salvación y perfección.

El camino del desierto estaba abierto; pronto fue conocido y seguido por otros discípulos a quienes Román acogió con la mayor caridad; su número creció tanto, que los dos hermanos resolvieron edificar un monasterio regular. Nivelaron el terreno, talaron los bosques del contorno y el humilde eremitorio se transformó en un gran convento; tal es el origen de la abadía de Condat, llamada a gozar pronto de tanta celebridad.

Dios había santificado estos lugares; de todas partes acudían a ellos para ver y oír a aquellos hombres extraordinarios; no dudando de su poder, les llevaban enfermos y paralíticos, a los cuales curaban o restituían el uso de sus miembros; les presentaban posesos y ellos los libraban del demonio con la señal de la cruz. Los que habían recuperado la salud, no querían separarse de sus bienhechores; otros, que habían sido convertidos por sus instrucciones, pedían para quedarse junto a ellos y hacer penitencia; por último, el espectáculo de aquellos prodigios y de tan sublimes virtudes, decidía a muchos a no regresar al mundo y a permanecer en Condat para hacerse santos.

La afluencia de novicios fue tan numerosa que Román se vio precisado a construir otro monasterio, una legua más allá, y más tarde un tercero aun más amplio. Aquellas maravillas henchían de gozo el corazón de Román pero le conservaban en la más profunda humildad, porque refería toda la gloria a sólo Dios; una de las pruebas que dio de su humildad fue rehusar el título de abad, que confirió a su hermano.

La dirección de los monasterios era común a los dos hermanos. La regla que en ellos establecieron estaba sacada de las observancias de la abadía de Leríns, fundada hacia el 410, y de las Instituciones de San Juan Casiano, quien habiendo sido monje en Oriente, había fundado hacia el 413 la abadía de San Víctor en Marsella. Introdujeron en ella algunos usos de los monjes de Oriente, de la regla de San Basilio y de la de San Pacomio, acomodándolos al clima del monte Jura y al temperamento de los galos. Los monjes de Condat cultivaban la tierra; les estaba vedado el uso de la carne, pero podían comer huevos y lácteos. Esta regla fue observada en toda su pureza y exactitud, gracias a la vigilancia de los santos fundadores. Visitaban con frecuencia y por turno los monasterios, manteniendo en ellos el fervor por medio de sus instrucciones y consejos, y sobre todo con el ejemplo.

Román brillaba por el esplendor de su mansedumbre y cardad; al verle en medio de sus hijos, hubiérase creído ver al discípulo amado, diciendo: «Hijitos míos, amaos unos a otros.»

Uno de los religiosos más antiguos de Condat le echó en cara un día, con aspereza, la excesiva facilidad con que recibía a los que se presentaban solicitando ser monjes. «Pronto —añadió— no tendremos puesto para acostarnos.» «Acojamos, hijo mío —respondió el santo fundador—, a todas esas ovejas que nos envía el Divino Pastor; no nos neguemos a defenderlas contra el enemigo que procura su pérdida con encarnizamiento; antes bien, conduzcámoslas con nuestro celo a la puerta del paraíso.»

Román sólo era duro consigo mismo, conservándose siempre en una perfecta igualdad de ánimo. Lupicino, por el contrario, era muy austero y severo en sus correcciones; mas sus esfuerzos, aunque inspirados por un santo celo, no eran siempre tan fructíferos como los de su hermano.

En una visita que hizo a uno de los nuevos monasterios, Lupicino entró en la cocina, donde estaban preparando diferentes guisos de pescado y legumbres; indignóse el Santo por aquella prodigalidad tan contraria a la observancia. «¿Es ésta —exclamó— la templanza que conviene a unos monjes? ¿Es posible que pierdan en semejantes fruslerías, un tiempo que deberían dedicar al oficio y al culto divino?» Y tomando una gran caldera echó en ella juntamente aquellos diversos alimentos, y así mezclados los hizo hervir, imponiendo a los religiosos como penitencia el comer aquel manjar extraño y de aspecto repugnante. Doce se negaron a ello murmurando, y como el superior persistía en su mandato, tomaron la resolución de dejar el monasterio.

Cuando Román supo, por revelación, lo ocurrido, sintió gran pesar y tan pronto como Lupicino regresó, le reprochó su excesivo rigor: «¡Cómo!, hermano mío —le dijo—, ¿por un guisado has sacrificado el alma de esos doce hijos? ¿Qué va a ser de ellos en medio de las vanidades y placeres del mundo?» Púsose entonces en oración y por sus súplicas, lágrimas y penitencias obtuvo de la divina misericordia la vuelta de los fugitivos. Éstos, arrepentidos de su pasada y liviana cobardía volvieron con más celo a la práctica de la regla, llegaron a ser excelentes religiosos, dando a sus hermanos los ejemplos más edificantes.

La humildad profunda de Román, se había opuesto hasta entonces a recibir los honores del sacerdocio, del que se consideraba demasiado indigno. Pero Dios quería que esta aureola brillara en la frente de su siervo. Habiendo pasado San Hilario, obispo de Arles, por Besanzon, oyó hablar de las eminentes virtudes de Román, le mandó llamar y después de una larga conversación le dijo: «Padre, os falla la autoridad del sacerdocio para hacer todo el bien que Dios quiere de vos; preparaos, pues, para recibir las sagradas órdenes; yo mismo os las conferiré.» El humilde religioso tuvo que someterse y se dejó ordenar de sacerdote. Era el año 444: tenía por lo tanto unos 54 años.

La dignidad sacerdotal no modificó en lo más mínimo su vida de oración y de austeridades; sólo sirvió para acrecentar su amor al Dios cuyas misericordias le confundían. Sirvió también para aumentar la caridad para con sus hermanos: observaba con ellos la misma sencillez, la misma familiaridad y la misma bondad paternal que antes. Por su parte, ellos mostraban cada día mayor amor y confianza al que cada día era aún más padre de sus almas.

Varios discípulos suyos alcanzaron alto grado de santidad e hicieron milagros. El poder de lanzar demonios se concedió especialmente al diácono Sabiniano, el cual, con perseverancia heroica, había triunfado de las más espantosas tentaciones y de las obsesiones del enemigo infernal, en forma que llegó hasta abofetearle terriblemente.

El sacerdocio daba al apostolado monástico de Román nueva fecundidad. De todas partes en los Vosgos y hasta en Alemania reclamaban su presencia para nuevas fundaciones.

Accedió al mismo tiempo al deseo de su hermana, que quería también terminar sus días en la oración y la penitencia. No lejos de Lauconne, construyó para ella y para las mujeres que quisieran seguirla, el monasterio de la Baume, llamado así porque estaba situado sobre una caverna, que es lo que significa balme en lengua céltica. Esta comunidad fue visiblemente bendecida por Dios y contaba quinientos religiosas a la muerte de San Román.

Román supo por revelación que su peregrinación terrestre iba a terminar. Acometióle poco después una dolorosa enfermedad que acabó de purificar su alma en el crisol del sufrimiento. Soportóla con perfecta conformidad a la voluntad de Dios. Movido por un sentimiento de caridad se lo notificó a su hermana, que era abadesa, y se despidió de ella con palabras santas y enternecedoras. Reunió luego, por última vez, a todos los monjes a quienes abrazó y bendijo con ternura. Abrazó asimismo a su hermano Lupicino encareciéndole con insistencia que gobernase sus queridos monasterios con amor paternal.

—Dime, hermano carísimo —le declaró Lupicino al fin—, ¿en cuál de nuestros monasterios quieres que te disponga el sepulcro, para preparar también el mío? Porque quisiera descansásemos juntos los que hemos vivido juntos.

Yo, hermano mío —dijo Román—, te profeso cariñoso afecto, pero has de saber que no seré sepultado en monasterio donde no puedan entrar mujeres. Ya sabes que a mí, vilísima criatura, se ha dignado nuestro gran Dios, por ser quien es, comunicarme la gracia de curar las enfermedades con sólo tocar mis manos y hacer la señal de la santa cruz; por esta causa quiere el Señor que mi sepulcro esté fuera del monasterio para que todos, hombres y mujeres, gocen de ese beneficio en las aflicciones y enfermedades, pues te aseguro que su concurso será siempre grande.

Así murió este «héroe de Cristo», como le llama su biógrafo. Ocurrió su muerte el 28 de febrero, probablemente del 460 ó 463. La abadía de Condat, alrededor de la cual se había formado poco a poco una ciudad, subsistió hasta la revolución.

Tal como el siervo de Dios lo había profetizado, su cuerpo fue sepultado fuera del monasterio, en un montecillo poco distante de él. Su caridad multiplicó allí los milagros. Levantóse una vasta iglesia sobre su tumba. En 1522, un violento incendio destruyó el convento. Parte de sus reliquias fueron salvadas felizmente de las llamas. Después fueron trasladadas a una iglesia edificada en el emplazamiento del antiguo monasterio. Los habitantes de los pueblos circunvecinos tienen dichas reliquias en gran veneración.

 

Oración:

Haced, Señor, que la intercesión de San Román abad, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones las gracias que no podemos esperar de nuestros méritos. Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

R.V.