¿Se pueden cambiar las cosas simplemente cambiando las palabras que las designan, como si fuera un truco de magia? Evidentemente no, y el muy sabio refranero español dispone de una sentencia bien conocida por todos, ésa de la mona que se viste de seda.

Pero en el equívoco mundo de la política sí se puede. Es más, la tergiversación de hechos e ideas mediante la tergiversación de las palabras es uno de sus elementos esenciales, sobre todo en esta época de manipulación masiva, como podemos constatar todos los días con todo tipo de políticos como protagonistas.

La inmigración es el último ejemplo. Como los políticos sistémicos, tanto de derechas como de izquierdas, han comenzado a verle las orejas al lobo del hartazgo de la gente y, por consiguiente, al creciente apoyo a la abominable extrema derecha, se han lanzado a anunciar cambios en el tratamiento de esa inmigración ilegal a la que llevan tantas décadas abriendo las puertas. Ahora ya no van a seguir entrando tantos inmigrantes ilegales —dicen nuestros camaleónicos políticos, entre ellos Pedro Sánchez–-, porque nos vamos a ocupar de que los que entren sean legales. El primer ministro británico, Keir Starmer, asustado por el crecimiento de los opositores a la inmigración, anuncia ahora que se va a poner estricto y que el coladero británico va a dejar de serlo para evitar el hundimiento de la sociedad británica que anunció hace sesenta años Enoch Powell ante la aprobación popular y la condena de la casta política.

Pero todas estas supuestas caídas del guindo no van a cambiar nada. Los que ya están aquí, legal o ilegalmente, nunca se irán. A los que sigan entrando nadie se lo va a impedir. El que vengan en avión en vez de saltando vallas no hará que su naturaleza y costumbres cambien. El que rellenen un papelito a la entrada no impedirá el choque cultural. El que se les distribuya por todo el país para no concentrarlos en las grandes ciudades no disminuirá su número. Y recordemos que un enorme porcentaje de los protagonistas de todo tipo de desmanes, desórdenes y crímenes no son inmigrantes, ni ilegales ni legales, sino ciudadanos europeos de pleno derecho, nacidos en Europa y que, por arraigo étnico, cultural y religioso, odian todo lo que la caracteriza salvo las subvenciones y servicios que tan sabiamente saben aprovechar.

La sustitución de los europeos por decenas de millones de recién llegados de los demás continentes ya fue decidida hace mucho, todos los gobiernos están entregados a ella y nunca se va a revertir. El multiculturalismo es dogma de fe en nuestra Europa acomplejada, la disolución de las naciones es elemento central del proyecto globalista de gobierno planetario y la senil debilidad de Europa le impide reaccionar.

Por otro lado, aunque en suelo europeo no escaseen los parados, muchos de ellos no tienen ninguna intención de trabajar, sea por vagancia sea por hábito de subvención. Y aunque no hubiera inmigración, sólo con la natalidad por los suelos basta para condenar a Europa a un fracaso irreversible. ¿Por qué creen, si no, que el gobierno danés acaba de anunciar que retrasa la edad de jubilación hasta los setenta años? Ya que no hay jóvenes para trabajar, y los pocos que hay prefieren rascarse los huevos, que sigan trabajando los viejos para que los políticos puedan seguir cobrando sus sueldos.

Cuando los intelectuales progresistas convencieron a las mujeres de Europa y América de que tener muchos hijos era propio de ignorantes y de que cuidarlos no era el mejor de los trabajos sino un obstáculo para su propia satisfacción, la desaparición de Occidente quedó sellada. En otros continentes llegaron más tarde, aunque los más occidentalizados, como los japoneses, no tardaron en ponerse al día. Pero la gran mayoría de asiáticos y africanos no han alcanzado tan alta sofisticación y siguen siendo fuertes y vitales. Por eso heredarán la Tierra.

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz