Quizá recuerde usted, ilustradísimo y no menos nostálgico lector, las correrías oxonienses de Aloysius y Sebastian Flyte. Lo más probable es que las conociera por la espléndida serie de principios de los ochenta protagonizada por Jeremy Irons, aunque hasta podría ser que haya leído la obviamente superior novela de Evelyn Waugh. Ya sabe a lo que me refiero, y si no lo sabe, tire del hilo. Descubrirá algo que merece la pena.

Curioso personaje, el bueno de Waugh. De joven decidió suicidarse nadando hacia alta mar, pero desistió ante la picadura de las medusas; y en su madurez solía colocarse una trompetilla al hablar y retirarla al escuchar. Un tipo simpático en ocasiones y repelente en otras, además de un escritor notable. Pero también fue, como su precursor Wilde, la viva imagen de la decadencia de Inglaterra, si bien es cierto que por aquellos mismos años andaban por ahí los Scott, Shackelton y compañía. De navegantes y aventureros a histriones y afeminados. Un siglo más tarde la cosa no parece haber mejorado.

Una de las facetas más atractivas de la personalidad de Waugh fue su creciente reaccionarismo, prueba de elegancia e inteligencia. Al parecer, heredó de su padre la máxima de que toda novedad tenía altas probabilidades de ser desagradable. Por eso tuvo presente a lo largo de su vida que no hay que dar la aprobación a lo que es ultramoderno, sino a lo que es excelente.

Se destacó en la protestante Inglaterra por su testimonio a favor del catolicismo sobre todo en los años finales de su vida, amargados por las nuevas tendencias litúrgicas que le privaron del consuelo que encontraba en la misa católica tradicional. Nunca sabremos si lo que más pesó en él, hombre de fe vacilante, fue un ansia metafísica o simplemente un refugio estético, lo que, en su caso, habría sido más que suficiente. El mismo refugio virtual lo encontró en el recuerdo del mundo finisecular en el que nació, todavía aceptablemente virgen y desaparecido en pocos años a causa de los avances técnicos que lo cambiarían para siempre: el asfalto, la industria, la arquitectura funcional, la electricidad, el motor de explosión, la explosión del átomo… Hombre esencialmente conservador, escribió al final de su vida —murió en 1966— estas palabras terribles: «Haber nacido en un mundo preñado de belleza y morir en medio de la mayor fealdad es el destino común de todos nosotros, los exiliados».

Crucemos ahora el canal de la Mancha. Porque el que suscribe paseaba una hermosa mañana de mayo de 2011 frente al viejo Louvre en el momento de la entrada a misa en Saint-Germain l’Auxerrois, la parroquia de los reyes de Francia. La primera impresión ya prometía: el sacerdote, en postura digna y con el misal en la mano, esperaba a que entrasen todos los feligreses escoltado por dos monaguillos con incensarios prendidos. Al observar el aspecto pulcro y serio de los asistentes y escuchar la música de órgano, decidí quedarme. A las once en punto el sacerdote entró flanqueado por los monaguillos y el portón fue cerrado por dentro con una tranca. De ahí no salía nadie hasta el Ite, missa est y, sobre todo, ningún turista pasearía durante la liturgia. Evidentemente, como sugerían los misales que portaban los asistentes, la misa fue en latín y con el cura de espaldas a la grey, como Dios manda. Tras una hora de liturgia y magnífica música coral y organística, se anunciaron las actividades parroquiales de la semana, entre ellas una conferencia sobre la influencia del catolicismo en la obra de Tolkien. Y por si fuera poco, el portón se abrió, irrumpió la luz del mediodía y la Tocatta de Widor acompañó la alegre salida de los feligreses. Daría mucho por poder participar en algo así cada domingo. Quizá, como Huysmans, hasta recuperase la fe.

Valga todo esto como prólogo a la noticia, recién aparecida, de que a las altas jerarquías de la Iglesia de Enrique VIII se les ha ocurrido la idea de decorar la catedral de Canterbury, sede del primado anglicano, con grafitis dignos del más sucio de los arrabales. El decano de la catedral, David Monteith, lo ha defendido con el argumento de que así se tienden puentes entre culturas, estilos y géneros y se da voz a los jóvenes y a las comunidades marginadas, en concreto a indios, lgtbetcéteras y personas neurodivergentes. Si creen que con esto van a conseguir evangelizarlos y hacerles creer que Jesús de Nazaret es el hijo de Dios, lo tienen claro.

Algunos feligreses, más espabilados que sus dirigentes, han señalado que, aunque no sea de su gusto, así se conseguirá dinero por el aumento de las visitas y la mayor afluencia de jóvenes, a quienes ir a la iglesia les resulta aburrido. No es la primera idea que se les ha ocurrido a los modernísimos anglicanos para atraer juventud, como las noches de «discoteca silenciosa», consistentes en permitir a la gente bailar en la catedral al ritmo de la música de sus propios auriculares.

De la otra orilla del Atlántico han llegado voces destacadas criticando la iniciativa, como la del vicepresidente Vance, que ha lamentado el absurdo de honrar a las comunidades marginadas afeando un hermoso edificio medieval. Y Elon Musk ha declarado que «la incesante propaganda antioccidental ha hecho que mucha gente quiera que su propia cultura se suicide». En el centro de la diana.

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz