Eremita y Abad.

Festividad: 30 de Marzo.

San Juan, apellidado Clímaco o el Clímaco por el título de su preciosa obra la Escala del Paraíso —en griego é Klímax tou paradeísou—, es considerado en Oriente como uno de los principales escritores ascéticos. Si sus escritos han permanecido durante varios siglos ignorados de la Iglesia de Occidente, en cambio es de notar que desde el siglo VII se le cita tan frecuentemente en Oriente como a los santos Basilio, Gregorio Nacianceno y Juan Crisóstomo.

Según la liturgia griega, inspirada en los escritos antiguos, Juan debió nacer en Palestina hacia el año 550 e ingresó, al parecer, en la vida monástica, a los dieciséis años. Su biografía fue escrita por Daniel de Raite, sólo con la idea de conseguir sirviera de edificación; declarando, por otra parte, que nada sabía tocante a los primeros años de nuestro Santo.

Juan necesitaba un valor heroico para practicar, desde sus primeros pasos en la vida perfecta, lo que él mismo recomendará en el ocaso de su vida, es a saber: subir los peldaños de la “escala” de la santidad.

Podemos representárnoslo —con su primer biógrafo— , internándose en una de esas Tebaidas cuyos moradores vivían consagrados sin descanso a la pe­nitencia, a la práctica de todas las virtudes, al trabajo continuo y a la me­ditación de las verdades eternas.

Dado ya de lleno a la vida de perfección, Juan determinó escoger un director que pudiese guiar sus pasos por el estrecho sendero del bien. Ninguno le pareció ni más sabio ni más prudente que el venerable Martirio, hombre entrado ya en años y de eminente perfección. Informado éste por una luz sobrenatural de la rica joya que se le confiaba, aceptó gus­toso tan honorífica misión. El discípulo, digno del maestro, iba caminando a pasos agigantados por la senda de la santidad. La contemplación de la na­turaleza elevaba su espíritu hacia el Criador, con quien vivía en unión continua.

Muerto a sí mismo y a su propia voluntad, ponía sus delicias en la obediencia ciega y pronta a las órdenes e insinuaciones de su consumado director. La obediencia y la oración fueron las dos alas con las cuales volaba por las regiones más encumbradas de la santidad, vuelo que era más raudo a me­dida que se acercaba el día solemne de entregarse a Dios de modo definitivo e irrevocable. Llegó por fin la hora suspirada, tras cuatro años de pruebas y de generosos esfuerzos.

El santo abad Stratego, que se hallaba presente, exclamó transportado del espíritu profético: «Estoy viendo que Juan ha de ser, con el tiempo, una antorcha resplandeciente en el mundo».

Algunos días más tarde, Martirio, acompañado del recién profeso, visitó al solitario Anastasio, que llenaba el ambiente de la Tebaida con el aroma de sus virtudes. Apenas estuvieron en su presencia, dirigiéndose a Marti­rio, le dijo:

—¿No eres tú, por ventura, el que ha tenido la dicha de admitir a este monje a la profesión religiosa?

—Tú lo has dicho —respondió Martirio, manifestando ostensiblemente el gozo que inundaba su alma.

—No olvides —prosiguió el solitario— que acabas de consagrar a Dios un futuro abad del Sinaí.

Deseoso, sin duda, de comprobar si el espíritu de Dios hablaría por tercera vez, Martirio condujo a su discípulo al desierto de Gudda para recibir la bendición de otro anacoreta célebre, Juan el Sabaíta, es decir, discípu­lo de San Sabas.

No bien divisó este gran siervo de Dios a los dos visitantes, bendijo al Señor y, llegados que hubieron, lavó primero los pies de nuestro Santo y a continuación los de su maestro. Extrañado Martirio de semejante proceder, preguntole la causa:

—Es que tengo delante de mí a un futuro abad del Sinaí —respondió el anacoreta levantando los ojos al cielo.

Los años corrían. Martirio, lleno de días y merecimientos, expiró dulcemente en los brazos de su hijo espiritual.

Privado de tan bondadoso padre, Juan determinó internarse en el desierto para pasar el resto de sus días en el retiro más completo, a semejanza de los anacoretas. El dominio de sus pasiones por un lado, su desprendi­miento de las cosas de la tierra y su admirable espíritu de oración, por otro, le facilitaban este género de vida. Con todo, antes se aconsejó de un anciano llamado Jorge Arsiloito, bien convencido de que nadie es buen juez en la propia causa. Libre por este medio de toda ilusión del amor propio, des­cendió de la montaña del Sinaí y se retiró a la soledad de Tola.

Allí tomó para celda una gruta profunda y silenciosa, perforada en la roca. Una cruz de madera, una mesa de cuatro tablas toscas, el libro de las Sagradas Escrituras y algunas obras de los Santos Padres, eran toda su riqueza. No muy distante de aquel lugar vivían diseminados, entre las rocas, y asperezas del Sinaí, otros monjes que se reunían los sábados y domingos para rezar en común el oficio divino, en una iglesia que había hecho edi­ficar él emperador Justiniano en honor de la Santísima Virgen.

Envidioso de su gran santidad, el demonio, cual león rugiente, ron­daba en torno de su presa para devorarla; pero todo fue en vano, pues su inolvidable maestro, desde el cielo velaba por su ovejita. Nues­tro Santo permanecía firme en medio de las mayores tempestades, y con­taba las victorias por el número de combates.

Por eso pudo darnos este consejo en su célebre tratado:

—No temáis los ruidos vanos y fantásticos de que se sirve el demonio para asustaros, pues el verdadero amante de la penitencia no teme estos fantasmas y en manera alguna es turbado ni conmovido… Hallándome cierto día sentado en mi celda, sentí mi corazón presa de un gran desaliento, bulléndome en el magín la idea de abandonar el retiro. Mientras mi alma se hallaba agitada por esta tentación, unos desconocidos, que trabaron conver­sación conmigo, ensalzaron de tal modo las excelencias de la vida de silen­cio y soledad, que mi desaliento al punto se desvaneció, cediendo el puesto a la vanagloria… Admiré en esta ocasión cómo el demonio de la vanidad, semejante a un tridente que tiene la punta del medio más larga que las otras, hace guerra a los demás demonios.

Para resistir y triunfar de las tentaciones, castigaba Juan su cuerpo con los rigores de la abstinencia; combatía la vanagloria con el retiro y silencio continuos; ahuyentaba al demonio de la pereza con la meditación frecuente de la muerte y, por último, se ejercitaba en el desprendimiento de los bienes terrenos mediante la práctica de la caridad que usaba con los pobres, a quienes ofrecía el fruto de su trabajo. Mostraba en todo una gran discre­ción y prudencia. No se privaba de ninguna clase de alimentos compatibles con su estado; pero los tomaba siempre en poca cantidad, en cuanto eran suficientes para sostener la vida corporal y sólo de la calidad que su condición le permitía aceptar. Era esto —según decía— excelente medio para combatir las rarezas y la vanagloria.

Para aniquilar en su corazón el afecto a lo terrenal, se desprendía de todas las cosas, hasta de las necesarias, que ganaba con su trabajo, y las daba a los pobres.

El desprendimiento perfecto del mundo material le hacía soberanamente apto para la vida interior y le permitía elevarse libremente a Dios por la oración y contemplación continuas. A veces era arrebatado en éxtasis sublimes; entonces, el cuerpo, dócil a los impulsos de su alma, parecía exento de las leyes de la materia, como se observa con frecuencia en la vida de los Santos, aun en los de nuestros días; y, elevado de la tierra, seguía al espíritu en su vuelo hacia Dios y conversaba suavemente con los ángeles sobre los misterios de nuestra Santa Fe.

Este espíritu de oración tan perfecto engendraba en su corazón un amor apasionado por la soledad; las grutas más alejadas y más recónditas de la montaña tenían para él encanto indecible; allí esquivaba todas las miradas para contemplar más atentamente la belleza increada; allí pasaba con frecuencia horas enteras absorto en Dios, que le descubría, en íntimo coloquio, los secretos más admirables del cielo y del orden sobrenatural de la gracia.

El Señor le concedió además otro favor no menos señalado: el don de lágrimas. Sus ojos se trocaban en fuentes inagotables de donde brotaban a diario torrentes de lágrimas que purificaban más y más su alma. «Derramábalas en secreto, afirma su historiador, porque temía ser notado por los ana­coretas, sus vecinos». Para cerrar la entrada en absoluto a la vanagloria, se apartaba y retiraba a un antro oscuro, que aun se ve al pie de la montaña, y allí se entregaba, día y noche, a las efusiones de su alma, como si hu­biese querido ahogar en un mar de lágrimas todos los crímenes de los pe­cadores.

Además de las luces sobrenaturales que recibía en sus éxtasis y arrobamientos. Juan alimentaba su espíritu con la lectura de las Sagradas Escrituras y de las sentencias de los Santos Padres. «Gustad —decía frecuentemente—; gustad de los manjares exquisitos que la bondad divina os ha dispuesto copiosamente en esta mesa que se llama la Biblia; saboread, también, a vuestro gusto el pan delicioso de las verdades eternas que los Santos Padres os parten con tanta abundancia». Pero el simple estudio de las obras de espiritualidad no bastaba; Juan quiso conocer y admirar prác­ticamente las virtudes de los antiguos Padres del yermo en sus descendien­tes. Con este fin partió para Egipto.

En este viaje recogió los interesantes relatos que admiramos en la Escala Santa acerca de los solitarios de Egipto. Así como la industriosa abeja va libando de las más variadas flores el rico néctar con que fabrica la miel, del propio modo nuestro piadoso peregrino, visitando las soledades de Egipto, hizo gran acopio de enseñanzas con las que a su vuelta enriqueció a las multitudes. Cautivadas éstas por el encanto misterioso de su santidad, acudían de todas partes a exponerle sus miserias y oír sus consejos. Cual nuevo Juan Bautista dirigía a todos, sin distinción de clases, palabras llenas del espíritu de Dios; trazaba a cada uno un plan de vida, según sus necesidades. Su sola bendición curaba a los enfermos, fortalecía a los débiles, consolaba a los afligidos, conmovía a los empedernidos y los convertía con más eficacia que con los argumentos más sólidos de la ciencia.

Vivía en aquellos parajes un fervoroso solitario, llamado Moisés, el cual, movido del deseo de imitar a Juan Clímaco, quiso ser su discípulo y vivir bajo el mismo techo. Temiendo no ser atendido, supo interesar en su causa a varios Padres del yermo. Nuestro Santo pensó que debía acceder a sus ruegos y le recibió en su compañía. Dios nuestro Señor manifestó por medio de un milagro cuán agradable le había sido esta obra de caridad.

Un día Juan ordenó a su discípulo que recogiese tierra de excelente calidad que había en un lugar apartado y la llevase a un huertecito en donde cultivaba unas pocas legumbres. Moisés no se hizo rogar, antes con gran alegría, presteza y exactitud ejecutó el mandato de su maestro. Extenuado de fatiga y para librarse del ardiente sol que caía a plomo sobre su cabeza descubierta, retirose Moisés bajo un corpulento peñasco y allí se durmió. En aquel preciso momento, Juan se hallaba en oración en su celda y, habiéndose adormecido ligeramente, creyó ver a un hombre de aspecto venerable que le despertaba, diciendo:

—¿Qué haces, Juan, siervo mío? ¿Te es lícito permanecer tranquilo cuan­do Moisés, tu discípulo, está en peligro de perder la vida?

Al oír estas palabras, el bienaventurado solitario, lleno de estupor, se echa de hinojos y conjura a Dios nuestro Señor proteja a “su ovejita” (así solía nombrar a su amado discípulo).

El Señor atendió su oración y Moisés volvió sano y salvo a su retiro. Al verle, preguntole Juan si no le había ocurrido nada durante su ausencia.

—Padre, he estado a punto de ser aplastado bajo una enorme mole que se desprendió de una roca al pie de la cual dormía yo profundamente; oí que me llamabas y salí precipitadamente de mi escondite lleno de gran es­panto. Apenas di algunos pasos, un estruendoso crujido atronó aquellas sole­dades: era el peñasco que se abría y que dejó ir una piedra que pasó justa­mente por el lugar donde yo había estado descansando.

Oído el relato, Juan guardó silencio y por humildad no quiso descubrir a su discípulo la visión con que el Señor le había favorecido. Pero ambos solitarios entonaron un cántico de acción de gracias por tan señalado beneficio.

Una vez vez más quiso manifestar el Señor el poder de su fiel siervo sobre el espíritu de las tinieblas.

Cierto día, un solitario llamado Isaac sentíase atormentado de tal modo de pensamientos sensuales, que desesperado casi y no pudiendo resis­tir a la violencia, huyó, aunque derramando un mar de lágrimas. La gracia divina le condujo a la celda del bienaventurado Juan: 

—Padre mío —excla­mó, arrojándose a sus pies—, en nombre de Dios Todopoderoso, líbrame del verdugo que me atormenta desde hace mucho tiempo. ¿No ves al espíritu satánico que se empeña con increíble terquedad en mancillar mi alma con el sucio deleite de la impureza? Tu valimiento ante Dios es grande; habla y mi alma quedará sana.

—La paz sea contigo, hermano —respondió el santo anacoreta—; ten confianza y la victoria será segura.

Dicho esto se pusieron ambos en oración y al poco rato el rostro de Juan tornose resplandeciente, iluminando con claridad celestial los rincones todos de su lóbrega mansión. El resplandor aumentaba a medida que su unión con Dios era más íntima, oyéndose bramidos siniestros que llenaban de es­panto al monje atribulado. Acabada la oración, levantose Isaac completa­mente libre de su achaque espiritual: renació la calma en su alma y se disipó la tentación definitivamente.

Signos tan evidentes de santidad, ¡oh miserable naturaleza!, antes atrajeron a Juan Clímaco envidias y contradicciones de sus Hermanos, que ad­miración y respeto. «El demonio —leemos en el libro de Job— se desliza y penetra a veces entre los hijos de Dios». En efecto, algunos solitarios, envidiosos del bien que Juan hacía con sus instrucciones, o creyendo de buena fe remediar un mal que no existía, pretendieron paralizar y aun destruir la influencia benéfica del célebre anacoreta, acusándole de orgulloso, charla­tán, quebrantador del silencio y perturbador del recogimiento. Para bien de los descarriados, el humilde siervo de Dios juzgó prudente callar y encerró en su celda los tesoros y raudales de ciencia que hasta entonces había derra­mado por pura caridad y celo apostólicos. Algún tiempo más tarde, aver­gonzados sus mismos enemigos de su mal proceder, se presentaron al santo ermitaño, implorando perdón y rogándole que abriese otra vez su boca de oro, fuente de oráculos celestiales.

Juan, cuya alma rebosaba caridad encendida y humildad profunda, con­tinuó recibiendo a cuantos acudían a él, prodigándoles sus consejos y con­suelos.

Acercábase el día en que iban a verse cumplidas las predicciones de Anastasio y Juan el Sabaíta. Muerto el abad del Sinaí, los mon­jes se congregaron en la iglesia para elegir su sucesor.

«El bienaventurado Juan Clímanco —dice Daniel de Raite— adornado de todas las virtudes en grado eminente, con gran alegría de todos los mon­jes, fue elegido por unanimidad abad del monasterio del Sinaí. Todos le tuvieron por nuevo Moisés que había de guiarlos en la vida espiritual. De nada le sirvieron las protestas y resistencia de su humildad, pues convenía fuese colocado sobre el candelabro como luz brillante, para que iluminase a todos los moradores de la casa.»

Contaba a la sazón 75 años. Un nuevo milagro confirmó su elección a la dignidad abacial. Así lo relata un testigo ocular.

«Cuando San Juan Clímaco fue elegido nuestro superior y abad, llegaron numerosos huéspedes al monasterio. Durante la comida viose a un maestre­sala, tocado con larga túnica blanca al estilo hebreo, dirigir con perfecto orden y gran contentamiento de todos el servicio de la casa. Terminada la comida y retirados los convidados, buscose por todas partes al desconocido para recompensarle sus buenos servicios, pero todo en vano.

—No le busquéis más —nos dijo entonces nuestro Padre—, pues el Señor y Dios de Moisés se dignó ordenar en persona lo necesario para ejercer la hospitalidad en el lugar que le está particularmente consagrado.»

Poco tiempo después de su elevación al cargo de Superior, compuso —a petición del solitario Juan de Raite, que debía ser su comentarista— su Escala Santa, obra mística y ascética, cuyo título le sugirió la escala de Jacob por la que subían y bajaban los ángeles.

Dividida en 30 gradas o peldaños en memoria de los 30 años de la vida oculta del Salvador, toma al hombre en la grada inferior de la «vida purgativa» y le conduce hasta la cumbre de la «vida unitiva». Es una obra maestra del ascetismo cristiano por su doctrina, lógica y elocuencia. Para algunos críticos, el Libro para el Pastor, que primitivamente formaba parte de la Escala, es como otro tratado; en él parece demostrar que el autor conocía la Regla pastoral del Papa San Gregorio Magno. La Escala Santa no fue publicada en su texto griego original hasta el año 1633, en que lo realizó un impresor de París.

En España gozábamos ya de una magnífica traducción que del latín había hecho el Maestro Fray Luis de Granada para regalo y provecho de muchos, enriquecida además con algunas declaraciones y anotaciones suyas.

Esta obra contiene todo el progreso de la vida espiritual, desde la primera conversión hasta la perfección más elevada. En cada uno de los treinta escalones que abarca, se recorre una virtud. Comienza con la renuncia y menosprecio del mundo, y sigue con la mortificación de las pasiones y aficiones, la verdadera peregrinación, la obediencia, la penitencia, el re­cuerdo de la muerte, la perfecta compunción del corazón, la perfecta mor­tificación de la ira y la mansedumbre, el olvido completo de las injurias; evitar la detracción o murmuración, la locuacidad; desterrar la mentira, la pereza, la perversa señora gula y practicar el ayuno, la castidad incorrupti­ble; apartar la avaricia y arrimarse a la pobreza; trata después de la muerte espiritual antes de la del cuerpo, de la oración, de las vigilias, del temor servil, de la vanagloria, de la soberbia, de la blasfemia; de la humildad, vencedora de todas las pasiones; de la discreción para conocer los pensamientos, los vicios y las virtudes. Por último, se eleva a la sagrada quietud del cuerpo y del alma, a la unión con Dios en la oración y a la bienaven­turada tranquilidad terrenal de que goza el alma adornada de todas las vir­tudes. Esta tranquilidad mostró tener San Pablo cuando dijo que poseía en su alma el espíritu de Dios.

Habiendo regido con gran acierto durante cuatro o cinco años el monaste­rio del Sinaí, Juan volvió a su ansiada soledad de Tola, hacia la cual se sentía atraído más y más a medida que avanzaba en años. No tardó en caer gra­vemente enfermo, y, en pocos días, una enfermedad maligna le condujo a la tumba. Momentos antes mandó llamar al abad Jorge, su sucesor en el go­bierno del monasterio, diole cita para antes de un año en el cielo, cerró los ojos a la luz del día y entregó su bella alma en manos del Criador hacia el año 635.

Oración:

San Juan Clímaco, pídele a Dios que nos envíe muchos escritores católicos que escriban libros que lleven a la santidad, y que nos envíe muchos santos y sabios directores espirituales como tú, que nos lleven hacia la perfección cristiana. Amen.