Monja.

Festividad: 28 de Marzo.

María Felicia, familiarmente “Chiquitunga”, nació en la familia Guggiari Echeverría en Villarrica, Paraguay, el 12 de enero de 1925.

Desde muy joven el corazón de Chiquitunga ardía de amor a Jesucristo, y se consumía de celo apostólico: el deseo de colaborar con Jesús en su obra salvadora.

A los 16 años se alistó en las filas de la Acción Católica de la que fue miembro entusiasta y dirigente abnegada. Se consagró a servir a Dios. Lo encontró en los niños en la catequesis, en los jóvenes trabajadores o universitarios con sus problemas, en los pobres, enfermos y ancianos en sus necesidades materiales y espirituales. Trabajó primero en Villarica, luego en Asunción. Sobre aquellos tiempos de apostolado escribió:

“En todos los trabajos que estoy realizando trato de poner el sello de nuestro espíritu cristiano, porque quiero que todo se sature de Cristo y donde quiera que sea pueda dejar un rayito de luz. No sabría explicarle la ansiedad, el deseo intenso de trabajar exclusivamente, entregada en cuerpo y alma por causa de Cristo, al apostolado; sed, verdaderamente sed, tengo de una inmolación mas efectiva”.

Logró un olvido total de si misma para entregarse a Dios y al prójimo. Su amor por los pobres y por los que sufren fue excepcional. Hablando de “sus viejitas” de Villarica escribe:

“Nunca imaginé que sería tan feliz llevando consuelo a quienes con su dolor hacen posible nuestra vida… Recorriendo hogares, prodigando aunque sea tan solo una sonrisa como fruto espontáneo de la gracia palpitante en nuestras almas, encendido nuestro poco de Amor Divino. Ser apóstoles, Señor, que hermoso sueño”.

Deseando entrar ya en las Carmelitas, María Felicia escribe:

“Se me hacen tan largos los días y quisiera pasaran uno tras otro hasta ver llegada aquella maravillosa aurora en que, encerrada en las cuatro más felices paredes que haya habitado en mi vida, ofreciendo sin cesar mi vida…”.

Felicia amaba de corazón el apostolado. Pero llegó el día en que Jesús la llamó para Sí en la vida contemplativa. Para ofrecerlo todo a Dios, a los 30 años, ingresó en el Carmelo de la Asunción (Paraguay). Tomó el hábito de Carmelita Descalza el 14 de agosto de 1955. Su camino fue ofrecerlo todo. Como Santa Teresita de Lisieux y otras grandes hijas del Carmelo, la Hna. Felicia descubrió el secreto de la vida escondida para Jesús, vida sumamente fecunda que desborda en bendición para toda la humanidad. Cuentan que cierta Hermana había exclamado: “Apresurémosnos, porque el tiempo es oro”, a lo que ella respondió con toda dulzura para no ofenderla: “No, hermana, el tiempo no es oro, es apostolado”.

Vibraba en ella el amor apremiante de Cristo, la ternura filial a su “Madrecita”, La Virgen María, la participación activa en la Eucaristía y en la misión evangelizadora de la Iglesia Católica.

Las Madres Carmelitas Descalzas de Asunción recuerdan: “En los cuatro años que la querida Hermana vivió entre nosotras se caracterizó por su gran espíritu de sacrificio, caridad y generosidad, todo envuelto en gran mansedumbre y comunicativa alegría”.

La hepatitis infecciosa que ya había llevado a la tumba a una de sus hermanas, la obligó a internarse en un sanatorio de la ciudad, en enero de 1959, por un mes y algo mas.

“Estoy con estos sentimientos de que no ha de ser mucho lo que me falte para que Jesús, viendo sobre todo mi nada, me lleve pronto”.

Aunque pide por su salud porque cree que todavía podrá servir a su Amado en la tierra, ella se pone totalmente en sus manos. Enfermó de púrpura, una especie de derrame interno que producía en distintas partes del cuerpo y de la cara unas manchas de sangre; su médula ósea no elaboraba ya glóbulos rojos. 

“¡Jesús tomó de verdad la ofrenda! A lo que El disponga, lo digo con toda el alma y si El lo quiere sabe por qué. Ya estoy esperando a Jesús, quisiera llenarme de sólo su amor y no vivir sino sólo pare El. Sólo espero cumplir su voluntad, no quiero otra cosa. Me he ofrecido a El como pequeña víctima, por los sacerdotes, por nuestra Sagrada Orden, por Nuestra Comunidad, por mis padres y familiares, en fin, por todas las almas”.

Tenía un gran anhelo por encontrarse con su Divino Esposo. La Hna. Felicia recibió con mucha devoción el sacramento de los enfermos con todo su conocimiento. “He aquí Jesús, a tu pequeña esposa”.

Murió el 28 de marzo del 1959, domingo de Pascua. Aproximadamente a las cuatro de la mañana, y con todos los familiares presentes, entra en agonía. Estaba rozagante, recuerda alguien. Pidió a la madre Priora y a otras dos Madres allí presentes, le leyeran el Muero porque no muero de Santa Teresa de Jesús, fundadora de la orden. Recostada en los almohadones parecía dormir. De pronto se yergue y con una energía no común exclama:

“Papito querido, ¡qué feliz soy! ¡Que grande es la Religión Católica! ¡Que dicha el encuentro con mi Jesús!; ¡Soy muy feliz!”

Y sin borrársele la sonrisa: “Jesús te amo. ¡Que dulce encuentro! ¡Virgen María!”

Luego una frase de despedida y consuelo a su madre y hermano y plácidamente su alma voló al cielo. En su rostro quedó estampada la dulce y característica sonrisa que le había animado en vida. Chiquitunga tenía 34 años de edad.

El milagro de su beatificación, aprobado ya por el Papa Francisco, se refiere al caso de un recién nacido paraguayo que presentó complicaciones en el parto y que estuvo veinte minutos sin signos vitales tras cortar el cordón umbilical. El recién nacido -el sampedrano Ángel Ramón Domínguez que hoy tiene 15 años-, recuperó sus signos vitales luego de 20 minutos de haber sido dado por muerto y que la obstetra invocara a Chiquitunga.

“Ni el oxígeno que le quisieron poner, ni oprimiendo su pecho, se reanimó, nada, nada, así estuvo por 20 minutos. Ya con cinco minutos sin oxígeno en el cerebro queda con secuelas, hoy 15 años después el niño está normal”, indicó el padre Flaminio Benítez, sacerdote de la congregación carmelita.

Oración:

Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que te complaces haciendo tu morada en el corazón de los hombres, te damos gracias por haber hermoseado a la Venerable María Felicia con el fuego de tu amor, impulsándola a gastar su juventud en el apostolado laical y en la inmolación en la vida contemplativa. Te alabamos y bendecimos, porque con su ejemplar figura, nos manifiestas tu bondad de Padre y Amigo, y las ilimitadas exigencias del verdadero amor. Te rogamos nos concedas por su intercesión, la gracia que ahora te suplicamos, si es para tu gracia y mayor bien de las almas. Amén.