Festividad: 22 de Febrero.

Invocación para tener un buen parto

 

Dotada de inteligencia despierta y de corazón ardiente, tenía esa hermosura y ese atildado perfil de camafeo antiguo, que distingue todavía en el día de hoy a las mujeres toscanas. Desinteresada y burlona, como es la gente de esa edad, buscaba fuera de casa, sin ánimo, por supeusto, de faltar a las delicadezas de una conciencia cristiana, las compensaciones de felicidad que no le daba el hogar paterno. Un joven de la nobleza se enamoró de ella, el hijo del señor Montepulciano, pequeña ciudad entre las principales del valle de Chiana, que después de erigirse República, a principios del s.VIII, como todas las ciudades de Italia, perdió su independencia y fue regida por un Podestá gibelino. Este Podestá era el padre de ese noble joven. Lucía, pues, un gran nombre y era de modales distinguidos y de bello continente. Margarita obtuvo palabra de casamiento, pero fue un engaño. Sin reflexionar en las consecuencias del paso que había dado, quizá alegrándose por salir de la odiosa tutela de la madrastra, y seducida sin duda alguna por joyas y regalos, se fue con el joven a la quinta Palazzi. Esta unión ilegítima duró nueve años.Margarita nació el año 1247, en Laviano, pequeña aldea de la Toscana, situada no lejos del lago Trasimeno. Sus padres eran modestos labradores de arraigada fe; la madre sobre todo, era una mujer de piedad ilustrada; pero murió cuando Margarita no contaba más de siete años. Esta fue la causa de sus desgracias. Sin embargo, cuando la fe no ha sufrido menoscabo, queda siempre, en el fondo de la naturaleza más abyecta, un elemento de reparación moral. La fe y el dulce recuerdo de su madre fue lo que salvó más tarde a Margarita. Su padre se volvió a casar y, como sucede con frecuencia, la niña recibió de la dura madrastra más golpes que caricias.

Pero, cuando, entrando en sí misma, Margarita hubo de reconocer su ruina moral, huyó la felicidad de su alma. En vano los salones del palacio almenado le ofrecían, en lugar de la cabaña de Laviano, el lujo, las fiestas y los torneos. En vano oía los elogios más lisonjeros cuando montada en su palafrén, cabalgaba a través de las calles de Montepulciano, radiante de belleza, con la cabellera flotante, vistoso traje de seda de grandes pliegues, y la escarcela pendiente del cinturón raso. ¡No era feliz! La sonrisa de los transeúntes le parecía un reproche; la vista de una aldeana de edad madura despertaba en ella el recuerdo de su madre y a la vez crueles remordimientos. Por eso, después de su conversión, se la oirá decir: “En Montepulciano perdí el honor, la dignidad, la alegría. Lo perdí todo, menos la fe”. Y quizás hubiera persistido en su mala vida si Dios no hubiera roto mediante un suceso terrible la cadena que la unía a su cómplice.

Aconteció un día, que a poco de separarse de ella el joven, éste fue sorprendido y muerto por unos asesinos en las afueras de la ciudad. Al cabo de algunos días, viendo que no regresaba, Margarita, acompañada de una perrita que había vuelto a casa sin su amo, salió de Montepulciano y, guiada por el animal, iba por los campos. La perrita se detuvo de pronto, dando ladridos junto a una zanja. margarita se acercó, y ¡cuál no fue su espanto al ver allí un cadáver medio podrido, que reconoció al momento: era el hijo del Podestá de Montepulciano, era su amante! Margarita le lloró al pronto, pero con la ayuda de la gracia divina, comprendió cuán insensata había sido; había dejado a Dios por una criatura que era pasto de los gusanos. Llenóse su corazón de arrepentimiento sincero y muy hondo, y de deseo ardentísimo de reparar su vida desordenada.

Margarita volvió a subir a Montepulciano, se despojó de sus galas, arrinconó sus joyas y, vestida con sencillo traje de luto, encaminóse apresuradamente hacia su país natal. Margarita contaba entonces 26 años. Volvió de nuevo a Laviano, pobre como había salido de allí, pero con una de esas manchas que truecan por completo una existencia. ¿Cómo resistir la mirada de su padre y la de sus antiguas amigas? Sabía también que el mundo es duro para perdonar los escándalos de que él mismo es provocador.

Margarita sabía todo eso. ¿Pero en dónde hallar un corazón compasivo, fuera del techo paterno? El padre enternecióse por la sinceridad del profundo arrepentimiento de su hija. Pero la madrastra, implacable, declaró que abandonaría la casa el día que aquella desventurada volviera a poner los pies en ella. Entonces la pobre pródiga fue a sentarse bajo una higuera del jardín y allí lloró largo tiempo. Se la echaba duramente. ¡Qué tentación sentiría de volver a su pasada vida! Pero la tentación descubre también las grandes almas. «¡No!, Margarita —Exclamó la pobre joven—, bastante tiempo has movido guerra contra Aquel que ha derramado su sangre por ti. Más te vale mendigar el pan, que tornar al pecado.» Esta vez la resolución era irrevocable. Apenas acababa de tomar esta resolución, oyó distintamente una voz interior que le dijo: «Vete a Cortona y ponte bajo la dirección de los Hermanos Menores.»

Al instante volvió la calma a su ánimo, y determinó seguir aquel llamamiento.

Cortona es una ciudad muy antigua y pintoresca, situada en la falda de una colina en las laderas del monte San Gil, uno de los contrafuertes del Apenino toscano. En la época a que nos referimos, 1273, Cortona era una República; tenía administración autónoma, era próspera, pues había sido libertada del yugo de los gibelinos por el ilustre Hugo Casali, y gozaba de una vida religiosa muy intensa, desde que el Patriarca de Asís en persona había mandado construir al pie del monte San Gil un convento conforme a sus ideas de renunciamiento y abnegación.

La desterrada de Laviano subía, pues, por las calles escarpadas de la ciudad que conducían al monasterio, cuando se encontró con dos nobles damas, Marinaria y Romeria Moscari. Conmovidas por la tristeza y la pena que delataba su rostro, se acercaron a ella con bondad. Margarita les expuso brevemente el motivo de su venida y la inspiración que había tenido de ir a los discípulos de San Francisco. Ofreciéronle un asilo en su domicilio y la presentaron ellas mismas al P. Bevegnati, varón venerable, prudente y severo a la vez, el mismo que, con el tiempo, vino a ser el historiador de la penitente.

Margarita empezó haciendo confesión general de su vida que la ocupó durante ocho días. Cuando se levantó convencida del perdón divino, dos sentimientos brotaron en su alma: la paz interior, tras la cual esta alma fogosa, sedienta de felicidad, había vanamente ido por el mundo, y el aborrecimiento del cuerpo, cómplice de sus iniquidades.

Margarita tomó luego los medios más enérgicos para evitar toda recaída. Se cortó la cabellera, negra como el ébano y de que tan orgullosa se sentía, se afeó el rostro, y estaba dispuesta a mutilarle con una navaja de afeitar, de no haberse opuesto a ello su confesor. Sabiendo éste que el fervor de los principiantes necesita ser moderado por la discreción, se opuso más de una vez al proyecto que ella había formado de reparar sus desórdenes públicos por una penitencia igualmente pública. No obstante, la facultó para que hiciera pública retractación de sus extravíos en presencia de sus paisanos.

Un domingo bajó, pues, a Laviano y fue a la iglesia en donde los fieles estaban congregados. Terminada la Misa, se presentó con una cuerda al cuello y, en presencia de la multitud asombrada, se arrojó a los pies de una noble dama cuyos consejos había despreciado más de una vez, y pidió públicamente perdón de sus escándalos, con un acento de arrepentimiento tan profundo que arrancó lágrimas a todos los asistentes.

A tales actos de penitencia, Margarita añadía la mortificación del trabajo. Para no ser gravosa a las señoras que la habían recogido, asistía a las mujeres cuando les llegaba la hora de la maternidad y con preferencia a las más jóvenes. De aquí procede la costumbre de las mujeres piadosas que invocan aún en el día de hoy a Santa Margarita para obtener feliz alumbramiento.

Los habitantes de Cortona, incluso las familias distinguidas, tenían a grande honra que llevase a sus hijos a la pila bautismal. Y es que la rehabilitación, al resucitar la gracia en el alma del pecador, le devuelve también el honor perdido: de una mujer envilecida, hace un ser divino a quien los ángeles mismos sirven con respetuosa solicitud.

Margarita solicitó el hábito de la Orden Tercera de San Francisco. No tenía otra aspiración que pertenecer a esa gran familia que permite a los cristianos, obligados a vivir en el mundo y no obstante deseosos de la vocación privilegiada de los religiosos, hacer de su casa una tebaida, de su aposento una celda; en ella pueden, sin romper los lazos de familia, practicar las virtudes del claustro. Pero este favor no le fue concedido hasta después de tres años de pruebas, de obediencia, de arrepentimiento y de mortificaciones muy duras.

Probablemente fue admitida en la Orden Tercera en 1276. Nobleza obliga. Margarita comprendió que en esta falange que combate tan valientemente por la Iglesia con las armas de la oración y de la penitencia, ella debía redoblar sus mortificaciones. Suprimió, pues, de su alimento hasta los higos frescos y las legumbres cocidas. Dormía sobre una estera, y no salía de su celda más que para ayudar a los indigentes y a los enfermos o para oír misa en la iglesia de San Francisco, que tan querida de su corazón llegó a ser.

En esta iglesia fue donde oyó por vez primera, de una manera sensible, la voz del Señor de las misericordias. Un día en que Margarita estaba sola, de rodillas como de costumbre, delante de la imagen de Cristo crucificado, con amorosa mirada fija en Él, le habló de esta manera: «Dios mío, vos que tanto habéis sufrido por mí, ¿me perdonaréis?»

Inmediatamente salió una voz de los labios de la santa efigie, que le dijo: «¿Qué deseas de mí, pobre pecadora?» Toda sobrecogida: «Señor -respondió-, no busco ni quiero más que a Vos.»

Este Crucifijo milagroso se conserva en la iglesia de San Francisco de Cortona. Es del siglo X o del XI y de la escuela bizantina. De tamaño natural, con los brazos descarnados, la corona real sobre la cabeza y preciosos adornos de oro en el pecho, produce un efecto sorprendente: diríase que sus labios van a abrirse de nuevo, para repetir a la humilde penitente: «¿Qué deseas de mí, pobre pecadora?» Al lado del altar hay una estatua de Margarita, que parece responder: «Señor, no deseo otra cosa sino a Vos.»

¡Pero en qué estado de turbación no quedaba la que Dios mismo acababa de llamar «pobre pecadora»! Presa de ese malestar indefinible tan común en las almas timoratas, se decía: «¿Me habrá perdonado el Señor?»; en su celda admirábase al considerar que la paciencia y la misericordia hubiesen sido las únicas represalias de Dios. Mientras esto consideraba, oyóse de repente el mismo timbre de voz. Escuchó conmovida: «Quiero -decía la voz del Salvador- que el ejemplo de tu conversión predique la confianza a los que desesperan. ¡Quiero que sepan que siempre estoy dispuesto a abrir mis brazos a cualquier hijo pródigo, con tal que sea sincero!», y continuó diciendo: «Ama y respeta a todas las criaturas y no menosprecies a ninguna.»

Nuestro Señor le hizo aún otras revelaciones de las cuales merece especial atención la que se refiere a la comunión frecuente. El amor a la Eucaristía la devoraba. No obstante, cuando se acercaba a la Santa Mesa el recuerdo de sus pasadas culpas la sobrecogía de espanto. «Señor, ¿puedo recibiros con frecuencia sin ofenderos?» – le decía un día. La respuesta fue muy consoladora para la pobre penitente, como debe serlo para cada uno de nosotros: «La frecuente recepción de la Eucaristía me es tan agradable, que por habértela aconsejado tu confesor, le bendeciré y le concederé gracias especialísimas. Tranquilízate, pues.»

No obraría de buena fe quien pusiera en duda la realidad de esas apariciones. Recordemos solamente que en la vida de Margarita nunca hubo nada que se debiera a exaltación o incoherencias de la alucinación. Además, el director de conciencia de Margarita era un religioso austero, gran letrado, de amplio y elevado criterio, y enemigo de las exageraciones de la falsa piedad. Conviene recordar, además, que fue su director durante 24 años, de 1273 a 1297; y no es fácil que se hubiera dejado engañar tanto tiempo. Llegó por fin el día en que Nuestro Señor dio a esta alma tan santa la certeza definitiva de su perdón. ¡Había llorado tanto! El 27 de diciembre de 1276 hizo otra vez confesión general, y no obstante quiso acercarse a comulgar con una cuerda al cuello, como un criminal. Estando dando gracias, oyó repentinamente la voz de Aquel que ama a los humildes y que le decía con ternura: «¡Hija mía!» Después de esta revelación cayó sumida en prolongado éxtasis, que duró todo el día, con intermitencias, durante las cuales exclamaba: «¡Oh día por tanto tiempo esperado! Al fin, Jesús me llama hija suya.» Cinco personas dieron testimonio de este arrobamiento: el Padre Guardián y tres religiosos más; el quinto testigo fue una señora, llamada Egidia, ante cuyo espectáculo determinó abrazar la vida religiosa.

Margarita no tuvo hasta entonces otras preocupaciones que las de su propia persona; sin embargo, la penitente deseaba ofrecerse a Dios como víctima de expiación por los demás. De antemano, se había declarado humilde sierva de los pobres. En el ardor de su celo, hubiera deseado cargarse con todas sus cruces. Con ayuda de otras celosas señoras había fundado un hospicio frente a su casa, que aun existe en el día de hoy. Pedía limosna para los pobres, alimentándose con los restos de su comida, cuidando con preferencia las enfermedades más repugnantes y arreglándose para que todos los días de gran fiesta tuvieran mejor comida.

Vuelta a su celda, pasaba la noche al pie del Crucifijo, constantemente arrobada en las escenas del Gólgota, suplicando a la adorable Víctima que derramara a raudales en su corazón las amarguras de la Pasión. Cristo oyó favorablemente su súplica, y los cielos vieron la escena de su crucifixión mística. En la noche del Jueves al Viernes Santo, del año 1287, según todas las probabilidades, Nuestro Señor le reveló que ese mismo día sería crucificada en espíritu. Después de la misa conventual, quedó arrobada en éxtasis. Todo el drama de la Pasión se desarrolló a su vista. Vio el beso de Judas, la negación de Pedro… Oyó los azotes de la flagelación, los clamores del populacho, los martillazos sobre los clavos en la crucifixión. En una palabra, asistía a todas las escenas de la Pasión. Sin darse cuenta, la población toda de Cortona había acudido en tropel para asistir a un espectáculo tan extraordinario. Vuelta de nuevo a su celda, pasó toda la noche al pie de su Crucifijo, sin querer más alimento que su propio dolor y dejando exhalar de cuando en cuando quejas como ésta: «¿Qué habéis hecho, Dios mío, para que los hombres os hayan tratado tan cruelmente?»

De todas partes acudían para contemplar a Margarita: de Roma, de Florencia, de Francia y de España. Pedíase por mediación suya la curación de los enfermos, la liberación de los endemoniados y la conversión de los pecadores. También en Cortona fue sensible su influencia, pues gracias a su intervención los güelfos hicieron las paces con los gibelinos. Bastó con que por orden expresa de Dios recorriera las calles de la ciudad gritando con ese acento de sinceridad que sugiere una misión providencial: «Cortoneses, haced penitencia y reconciliaos con vuestros enemigos.» El divino Maestro llegó incluso a manifestarle: «Cortona merecía ser castigada, pero por el cariño que te profesa, la perdonaré.» Poco tiempo después le reiteraba la misma promesa sin reservas ni restricción: «Escucharé favorablemente y bendeciré a cuantos te invoquen.» ¡Promesa magnífica, que nos veda desdeñar a una pecadora arrepentida a quien Dios enriquece con tantos privilegios!

Hacia fines del año 1290, Margarita, baldada por el reuma y consumida por la fiebre, estaba visiblemente en el ocaso de su vida. Durante 17 días no pudo tomar ningún alimento. La ciudad entera vino a visitar a la enferma en su lecho de sarmientos. A todos decía con sonrisa angélica: «La salvación no es difícil; basta con amar.» El 21 de febrero de 1291, al atardecer, el P. Bevegnati le administró la Extremaunción y el Santo Viático. Margarita adoró profundamente a Aquel que muy pronto iba a contemplar en la gloria, y en los primeros albores de la mañana, según predicción suya, entregó su alma a Dios, diciendo: «¡Dios mío, os amo!»

Tan luego como exhaló el último suspiro, no parece sino que todas las enfermedades se dan la cita para ir a su tumba, en donde incontables prodigios aumentan la confianza pública. En el siglo XIV el culto de la Venerable estaba ya extendido por toda la Italia meridional. En 1515, el Papa León X se arrodilló ante sus reliquias; aprobando luego el culto inmemorial tributado a la penitente de la Toscana. Clemente IX inscribió el nombre de la Beata en el Catálogo romano. Finalmente, al Papa Benedicto XIII fue dado el terminar la causa, el 16 de mayo de 1728, fiesta de Pentecostés, en que se pronunció la sentencia solemne de su canonización.

La actual iglesia de Santa Margarita de Cortona se debe a un voto que hizo la población, aterrada por una epidemia. En 1855, el cólera se cebó en las grandes ciudades de la península italiana. En Cortona hubo más de un millar de víctimas. Ante las tumbas entreabiertas, los cortoneses, con las autoridades al frente, se dirigieron a la capillita de la Santa y tomaron el compromiso formal de levantar un templo magnífico a la Santa si el azote cesaba. El 13 de octubre de 1877 el edificio fue consagrado solemnemente y en 1927 se le erigió en Basílica.

El cuerpo de Santa Margarita está encerrado en un relicario de cristal de roca, obra del célebre Pedro Berettini. Descansa sobre telas de seda blanca, vestida con el traje que llevaba la humilde Terciaria. El semblante está intacto, la piel de la frente es blanca y la mejilla izquierda un poco ennegrecida, recuerdo de la pedrada que le dio un joven libertino de Cortona, mientras Margarita visitaba a los pobres de la ciudad. Tiene las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza, ceñida con una corona de laurel, símbolo de su victoria sobre el infierno, se apoya en un almohadón de terciopelo rojo. En el frontispicio de la iglesia se leen estas palabras: Poenitenti Margaritae. (A Margarita la penitente).

 

Oración:

Santa Margarita, la convertida: pídele a Dios, que nosotros también logremos convertirnos. Nuestro sacrificio más agradable para Dios será el arrepentirnos y convertirnos de nuestros pecados. Amén.

R.V.