La preocupación, la concienciación, la moda, la obsesión, el dogma, el mito, la religión, la crisis, la emergencia —elija cada uno el sustantivo que prefiera— climática ha originado una marea de artículos, estudios, libros e informes sobre el candente —nunca mejor dicho— asunto del calentamiento global.

Instituciones de todo el mundo, con la ONU al frente, llevan décadas regando con subvenciones a todo aquel que aporte su grano de arena para la que parece ser la lucha final de la Humanidad. Miles de científicos y otros profesionales de la pluma y el micrófono han tomado buena nota de dónde está el dinero y cómo conseguirlo. Naturalmente, no pueden cuestionar el núcleo intocable del asunto, eso que se llama el calentamiento global antropogénico. Porque si el clima no está cambiando por la influencia humana, en concreto por el CO2 emitido por la industria, y si el continuo cambio de clima no es una amenaza para la vida humana, la existencia de organismos, subvenciones y cientos de miles de puestos de trabajo dejarían de tener razón de existir. Por eso se aferrarán al dogma con uñas y dientes. Nunca aceptarán sus errores, nunca aceptarán que no se trata de evidencias científicas sino de un culto cuasirreligioso, y en esto influyen tanto la soberbia y el espíritu de rebaño como unos sueldos que verían peligrar si se desvelara su fraude.

Dando por cierta la premisa de que el causante del calentamiento es el ser humano por las emisiones industriales, parece razonable que algunos hayan dedicado sus esfuerzos a estudiar la posible influencia de dicho calentamiento en el nivel del mar, las inundaciones, las sequías, las epidemias o los huracanes. Pero lo razonable es escaso y se agota pronto. Y por eso se vierten ríos de tinta sobre los temas más peregrinos que se les pueda ocurrir a quienes aspiran a seguir viviendo del cuento. Alguno ha llegado a afirmar que el cambio climático está provocando una depresión sexual masiva e incluso la disminución del tamaño de los penes.

En España no nos quedamos atrás en creatividad. Por ejemplo, las matronas de Aragón se han reivindicado hace unos meses como «solución climática» debido a que, según indican, los servicios de salud emiten alrededor del 5% de los gases de efecto invernadero. Debido a ello, dicen desempeñar un papel fundamental en la reducción de huella medioambiental y en los efectos del cambio climático mediante un modelo de atención sostenible. Lamentan no ser suficientes para desarrollar todas las competencias para las que están capacitadas y por eso reclaman «inversión, recursos, autonomía profesional plena y presencia en todas las mesas de toma de decisiones sobre salud sexual y reproductiva para que se incluya la continuidad de los cuidados de las matronas como piedra angular en la planificación de unos sistemas de salud eficientes y resilientes frente al cambio climático».

Si a cualquier estudio, ya sea sobre el crecimiento de los árboles, el color de los corales o la libido de los insectos, se le añade la expresión «y el cambio climático», llegará la subvención. Los ejemplos tienden al infinito: el cambio climático y la cerveza, el cambio climático y la prostitución, el cambio climático y la peste negra, el cambio climático y los videojuegos, el cambio climático y la salud mental, el cambio climático y las enfermedades infecciosas, el cambio climático y el consumo de drogas, el cambio climático y el arte, el cambio climático y los negocios, el cambio climático y el cáncer, el cambio climático y los tiburones blancos, el cambio climático y el café, el cambio climático y la discapacidad, el cambio climático y los terremotos, el cambio climático y la educación, el cambio climático y la desigualdad de género, el cambio climático y los seguros de hogar, el cambio climático y la homosexualidad, el cambio climático y las enfermedades renales, el cambio climático y la literatura, el cambio climático y la música, el cambio climático y la obesidad, el cambio climático y la diabetes, el cambio climático y los museos, el cambio climático y la salud bucodental, el cambio climático y la piratería, el cambio climático y la religión, el cambio climático y la salud reproductiva, el cambio climático y la violencia de género, el cambio climático y las redes sociales, el cambio climático y la espiritualidad, el cambio climático y el Apocalipsis de San Juan, etc. Ninguno de estos ejemplos es inventado. Quien dude, que lo busque en internet.

Por no hablar de Greta —y sus avispados padres— que apenas habrán visto engordar sus billeteras con tanta celebridad tanto por los asuntos calentológicos como por la juerga náutico-palestina que se acaba de correr. No tardará en ser eurodiputada por algún partido rojiverde, o altísima funcionaria de la ONU o cualquier otro puestazo en la cúpula de ese sistema capitalista que tanto dice odiar. Se admiten apuestas.

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz