Suele ridiculizarse el lema, acuñado en la Alemania guillermina y heredado por el III Reich, de las tres kas: Kinder, Küche, Kirche (niños, cocina, iglesia), por considerarlo el colmo del reaccionarismo heteropatriarcal, pero se olvida que en el siglo XIX también los sindicatos se oponían al trabajo femenino porque consideraban que el lugar de la mujer era el hogar para cuidar y educar a los hijos. Hasta mediados del siglo XX se entendía que la obligación del Estado consistía en promover el pago al varón de un sueldo suficiente para que pudiera mantener a su familia. Pero a partir de aquel momento se puso el igualitarismo en la cúspide de los valores, con lo que el objetivo pasó a ser tratar a hombres y mujeres con igualdad en el mundo laboral.
Aunque la paulatina incorporación de la mujer al trabajo ya había comenzado, más o menos tímidamente, en la segunda mitad del siglo XIX, las dos guerras mundiales le dieron dos enormes empujones debido a la necesidad de mujeres que sustituyeran a los muchos millones de hombres que luchaban y morían en el frente.
En 1949, recién terminada la segunda hecatombe, Simone de Beauvoir publicó El segundo sexo, gran clásico del feminismo en el que acusó a la maternidad de obstaculizar la realización intelectual y personal de las mujeres. Como dificultaba su acceso al trabajo remunerado y la encadenaba a la dependencia económica, había que acabar con la maternidad para romper la servidumbre al marido. Otras ideólogas feministas llegaron después con nueva munición, como la estadounidense Betty Friedan, influyente campeona de la legalización del aborto como otro elemento liberador de la mujer. Algunas décadas antes Margaret Sanger, fundadora de Planned Parenthood, había aportado al asunto un curioso toque antirreligioso al señalar que «el control de la natalidad agrada a los radicales avanzados porque está pensado para socavar la autoridad de las iglesias cristianas. Espero poder ver algún día a la Humanidad liberada tanto de la tiranía del cristianismo como de la del capitalismo».
Con el paso de los años, la visión defendida por aquellas pioneras se ha convertido en el pensamiento aplastantemente hegemónico en los países occidentales. Se cuentan por miles las páginas que explican las excelencias de no tener hijos. Hay argumentos para todos los gustos: cuanto más inteligente es una mujer, más se inclinará a no tener hijos; las mujeres solteras son más felices que las casadas; las que no tienen hijos, más que las que sí los tienen; el hijo único es la mejor opción si se decide tener alguno; tener más de uno deteriora la salud mental de los padres; no tener hijos es lo mejor para impedir el cambio climático; aumenta el número de mujeres que lamentan haber tenido hijos; los perros son mas cariñosos que los niños; y el New York Times, vanguardia del progresismo yanqui, ha llegado a afirmar que el embarazo mata, el aborto salva vidas y cada embarazo pone en peligro la vida de la madre.
Desde que se legalizó el aborto a partir de los años setenta, decenas de millones de niños europeos no han podido llegar a ver la luz del sol. Y a ellos hay que añadir los incontables millones que ni siquiera fueron concebidos para que su aparición en este mundo no obstaculizara las carreras profesionales de sus madres.
El resultado no podía ser otro que el que contemplamos hoy: un desolador vacío de juventud que imposibilitará que Europa siga existiendo de aquí en adelante. La extinción de los europeos es una gravísima cuestión que no parece preocupar a nadie, empezando por los propios europeos, a los que incluso se ve satisfechos.
Y para resolver el catastrófico problema creado por ellos, la catastrófica solución que se les ha ocurrido a nuestros gobernantes progres de izquierda y derecha ha sido sencilla: si aquí no tenemos hijos, traigámoslos de otros continentes. Y si el sacrosanto mercado exige trasladar a países enteros como si fueran rebaños trashumantes, se los traslada y punto. Al fin y al cabo las personas somos intercambiables, los humanos no tenemos raíces sino piernas, las identidades colectivas no existen, nadie es ilegal, papeles para todos, no hay más patria que la Humanidad y bla, bla, bla.
El influyente Pedro Almodóvar, encarnación de la modernidad, ha resumido todo esto en unas declaraciones en las que ha acusado a los padres de que «en engendrar un hijo propio hay un acto egoísta, el hecho de traer al mundo a alguien que sea una prolongación de tu propia estirpe». Y consecuentemente, para evitar los problemas sociales y económicos de la despoblación propone abrir las puertas a la inmigración.
Las cifras no engañan: la media de hijos por española en 1970 era de 2,84. Hoy, tras una caída del 25% en diez años, es de 1,12, muy lejos de la tasa de reemplazo de 2,1. Y sigue cayendo. Además, los extranjeros aportan el 31% de los nacimientos, por lo que la media de hijos por española es todavía menor. Y en los demás países europeos sucede lo mismo.
El asunto está claro: Europa se muere y los de fuera la sustituyen. O los europeos despiertan y comienzan a valorar su perpetuación biológica por encima de cualquier otra consideración, y en esto han de participar por igual los hombres y las mujeres, o ya podemos ir cerrando y bajando la persiana.
Jesús Laínz
