«Creo en Dios, padre omnipotente, o al menos parece razonable que tenga que haber algún tipo de fuerza superior, como la electricidad o algo así, y en Jesucristo, que fue un tipo estupendo, y se ha probado históricamente que efectivamente vivió en aquel tiempo; creo que fue concebido por el espíritu santo y nació de la virgen María, no, no os riais, que eso puede pasar, al fin y al cabo hoy se hace en un tubo de ensayo, lo que prueba que es verdad, ¿no?; creo que al tercer día se alzó entre los muertos, algo así como una reencarnación, ¿visteis ese programa en la BBC?; creo en el espíritu santo, en la telepatía, en los platillos volantes, en la magia negra, algo tiene que haber en la astrología, en la liberación gay, en el monstruo del lago Ness, en el abominable hombre de las nieves, en la pantera de Surrey, en los brazaletes de cobre para el reumatismo, en la levitación, en la radiestesia, en los poltergeists y en la vida eterna, siempre que los malditos rusos no invadan Polonia. Amén».
Seguro que usted, ilustrado y cosmopolita lector, conoce esta oración. Y seguro que también conoce aquel cuento en el que, cuando a Caperucita le dio por llevar una cesta a su abuelita, un lobo le preguntó si no sabía que era peligroso para una niña recorrer sola el bosque, ante lo que ella respondió que encontraba aquella observación sexista y en extremo insultante; y en el que el lobo, tras devorar a la abuelita, e inmune a las nociones tradicionales de lo masculino y lo femenino, se puso su camisón; y en el que Caperucita progre gritó, pero no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino por la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal; y en el que, finalmente, al técnico en combustibles vegetales que llegó para salvarla le afeó que fuese tan sexista y racista como para atreverse a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus diferencias sin la mediación de un hombre.
O aquel otro en el que un sastre diseñó para el emperador un traje que sólo podía ser visto por personas políticamente correctas, moralmente elevadas y culturalmente tolerantes que no fumasen, ni bebiesen, ni contasen chistes sexistas, ni organizasen barbacoas; y en el que, cuando un niño gritó que el emperador estaba desnudo, le dijeron que eso no era verdad porque había adoptado un estilo de vida indumentariamente alternativo.
O aquél en el que un lobo con planteamientos expansionistas quiso ocupar el domicilio de tres cerditos que se opusieron al grito de «¡Vete al infierno, condenado carnívoro imperialista!», tras lo que entonaron cánticos de solidaridad y escribieron cartas de protesta a la ONU; y cuando el lobo falleció de un infarto provocado por el exceso de alimentos ricos en grasas, los cerditos fundaron una democracia socialista proveedora de educación gratuita, sistema universal de seguridad social y viviendas asequibles para todos.
O aquél en el que la madrastra y las hermanastras se fueron a una fiesta cortesana dejando en casa a Cenicienta, que se consoló con la audición de sus discos favoritos de canción protesta; aunque finalmente se las apañó para asistir al sarao con una túnica hecha de seda arrebatada a inocentes gusanos y los cabellos adornados con perlas saqueadas a laboriosas ostras indefensas.
O aquél en el que papá Oso, mamá Osa y el pequeño Osito vivían en una cabaña, circunstancia que todos ellos lamentaban porque la familia tradicional no ha servido para otra cosa que para esclavizar a las mujeres, inculcar una moral farisaica e infundir en las generaciones subsiguientes nociones rígidas sobre el papel heterosexual de cada uno de sus miembros.
O aquél en el que el pueblo de Hamelín se vio liberado de una plaga de asesinos de animales silvestres, antiguos huéspedes del sistema correccional y conductores de motocicletas todoterreno atrayéndolos con música country y cantos de los boinas verdes, tras lo que pudieron desarrollar sus planes para el establecimiento de un Centro de Reorientación de Refugiados del Tercer Mundo.
O aquél en el que Blancanieves, objeto inconsciente desde su más tierna infancia de privilegiadas clasificaciones cromáticas, aunque reacia en principio a comprar la manzana a la bruja por su oposición a adquirir alimentos de intermediarios como protesta contra los grandes consorcios agrarios, acabó compartiendo con ella treinta minutos de hatha yoga y una hora de aerobic, si bien les interrumpió un príncipe que se había acercado al retiro masculino de los hombres verticalmente limitados con la esperanza de hallar una cura para su involuntaria suspensión de actividad falocéntrica.
Aunque todo esto, y mucho más, empezó a escribirse hace ya más de treinta años en el mundo anglosajón, nuestros progres patrios no se han enterado de nada, como siempre. Y así, en nuestra avanzadísima España acaba de anunciarse que el Instituto Cervantes, esa institución de alta cultura que proclama que la Constitución española «nació con un déficit democrático» por no haber sido redactada en lenguaje inclusivo, está trabajando en el proyecto de reescritura del Quijote desde una perspectiva ecológica y de género.
Según se explica, la cosa consiste en «enfatizar aspectos particulares y temáticas actuales que inviten a la reflexión de la IA sobre problemáticas contemporáneas como la sociología, la cibernética, la sostenibilidad, el medioambiente, la transición ecológica, las perspectivas de género, la desobediencia civil, el pacifismo o la crítica anticapitalista», a lo que habría que añadir el flamante Cervantes homosexual que nos ha regalado Amenábar.
¡Con el progresismo hemos topado, amig@ Sanch@!
Jesús Laínz
