En uno de sus ya clásicos ensayos sobre el comportamiento de las masas, Gustave Le Bon recogió el dato de que en 1899 la Revue Scientifique parisina publicó un estudio realizado por un científico, el profesor Glosson, que propuso a sus alumnos medir la velocidad con la que se difunde un olor por el aire. En este caso se trataba de una botella llena de un compuesto químico de penetrante aroma que fue destapada en el momento en el que el profesor accionaba su cronómetro. Los alumnos debían levantar la mano cuando comenzaran a percibirlo. Al cabo de unos segundos, los sentados en las primeras filas empezaron a indicar que el olor ya había llegado a sus pituitarias, y tardó poco en extenderse hasta el fondo de la sala en ondas paralelas y sincronizadas. Cuando la gran mayoría había levantado sus manos, el profesor interrumpió el experimento y abrió las ventanas porque algunos, afectados por la intensidad del olor, tuvieron necesidad de abandonar la sala.

La botella contenía agua. Lo que realmente había medido el experimento no era la velocidad de difusión aérea de un olor, sino la del contagio de una sugestión. Pues la gran mayoría de los seres humanos, por naturaleza gregarios como las hormigas y los arenques, experimentan horror ante la idea de verse apartados de la manada, y para ser admitidos en ella estarán siempre dispuestos a sumarse a sus movimientos, sus ansias, sus modas, sus deseos, sus odios. Y contra este fenómeno mimético poco pueden la razón y el conocimiento. Jonathan Swift lo resumió magistralmente al proclamar la irracional evidencia de que no se puede sacar a una persona mediante la razón de un convencimiento al que no llegó por la razón. Son pocos los que consiguen mantenerse al margen ya que se necesita mucha fuerza de voluntad y mucha independencia de criterio para cuestionar el dogma mayoritario, salirse de la manada y exponerse a su furia.

Con el dogma climático sucede más o menos lo mismo. Gobiernos y medios se coordinan para lanzar mensajes alarmantes sobre el aumento de las temperaturas debido a la acción del hombre, insisten en ello durante unos cuantos años y finalmente consiguen que muchos millones de personas se lo crean a pies juntillas e incluso se postulen como testigos de los hechos anunciados.

En estos días hemos vuelto a verlo con los incendios desatados por toda España. Informantes, opinadores y demás repetidores del evangelio oficial no han perdido oportunidad de atacar a los malvados negacionistas con dichos incendios como prueba de los catastróficos efectos del calentamiento global antropogénico. Incendios de sexta generación los llaman, que a todo hay que ponerle un nombre atemorizador. Acto seguido, millones de personas asienten, se asustan un poco más con el apocalipsis calorífico y se indignan otro poco más con los herejes que se atreven a recordar detalles como el de que la inmensa mayoría de los incendios forestales de este mundo se deben a mano humana, ya sea voluntariamente o por negligencia. Y pocos días después, cuando el lavado de cerebro y el linchamiento mediático ya han hecho su efecto, empiezan a descubrirse a decenas de personas que los han provocado. En concreto, ya hay más de treinta detenidos por los incendios de Ávila, Zamora, Málaga, Madrid, La Coruña, Orense y Cádiz.

Algo parecido está sucediendo con las temperaturas, siempre presentadas por los bustos parlantes como récords nunca vistos, manipulación que podría desvelarse fácilmente con una breve indagación en los registros históricos y periodísticos al alcance de cualquiera que esté dispuesto a dedicar a ello cinco minutos.

Por ejemplo, en estas semanas caniculares los mapas de temperatura del agua del mar indican que la del Cantábrico ha alcanzado los extraordinarios 23 e incluso 24 grados. ¡El fin del mundo, lo nunca visto, nos vamos a cocer, sálvese quien pueda!, corroboran miles de personas que jamás cuestionarán lo que diga la caja tonta. Pero como comprueban diariamente quienes se dan un chapuzón termómetro en mano en las playas del norte de España, llevamos ya bastantes días con el agua por debajo de los 18.

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz