Benito Pérez Galdós  explicó en sus «Episodios Nacionales» la esencia de un siglo XIX ruinoso, aunque también supo explicar como el español con  alma   fue  capaz  de  vencer   al  genio   militar del  que  presumía Napoleón Bonaparte, lo  que  no  pudo ver  Galdós  es  la  progresiva desaparición  del   «alma   nacional»  ni   como  esta   desaparición   se produjo.

«España ha sido mi ruina»,afirmó Napoleón,»algo debí hacer muy mal en España para  que  el pueblo se levantara como un sólo  hombre de honor», pues  frente a las tropas napoleónicas no  había  ministros, ni generales ni coroneles, la orden que surgía del pueblo era no entregar las armas. Cualquier humilde capitán pudo  constatar que el honor se acaba dónde empieza la cobardía, y que la valentía  y el coraje siempre están por encima  de la muerte.

Recordemos a aquellos que  nos precedieron con grandeza, luchando con   honor  en   tiempos  de   traidores,   cobardes,  drogadictos  y «diputeros». Su recuerdo y su ejemplo, quizás salven nuestro presente y futuro.

En aquel contexto, y tras la definitiva derrota de Napoleón, Inglaterra liberó recursos para  conseguir la implosión de la España americana, con el imprescindible concurso de la masonería, con el traidor apoyo de Riego como agente en España y sus «hermanos de  delantal» en América  (Bolívar, San Martín y cía). Así, tras la sublevación del ejército expedicionario de 20.000 hombres el 1 de enero de 1820, destinado a socorrer los esfuerzos lealistas (la historiografía que  siempre corroe nuestros cimientos los llama  «realistas») en América, los partidarios de la continuidad de la España americana constataron como sus esfuerzos se  malgastaban  en  una guerra civil de desgaste y «a muerte», refiriéndonos al Decreto de «Guerra a Muerte» de Bolívar.

Esta felonía  consiguió la extenuación de la España americana desde la desunión interna,algo que no ocurrió en la España peninsular y contra el      enemigo   exterior, a pesar de los esfuerzos del geógrafo napoleónico, Boris de Saint  Vicent, que  creó el sintagma «península ibérica», a fin de  justificar la intervención francesa en  España  como posteriormente haría  Michel Chevalier en  la década de 1830 con  la creac1on de la expres1on «América latina», substituyendo Hispanoamérica, a fin de justificar la intervención francesa en Méjico por parte del II Imperio de Napoleón III  en 1860.

Una vez más constatamos como la semiótica, al servicio del enemigo, ha  conseguido alterar nuestra percepción de  la historia de  España, pero  no solo eso, también ha carcomido nuestra conciencia nacional, el alma   que  nos  define, arrancando de  nuestro vocabulario y de nuestra conciencia de ser «Hispania, España, español». Gracias a ello, Inglaterra ha  desguazado los  territorios de  la  España  Penta continental, pero Francia, no menos artera y ponzoñosa, con su profundo odio derivado de sus celos, al conseguir modificar el sintagma que nos define, ha destruido la psique y el alma de las actuales y futuras generaciones de Hispania. Una nación  sin alma no puede hacer frente a sus enemigos, y menos aún, crearse  un futuro. los que somos conscientes de ello,  estamos obligados a  resucitar nuestro nombre si queremos hacer florecer nuestra alma.

 

Francisco QUEIRUGA

José Francisco Rodríguez Queiruga