Cayeron, entre otros motivos, por la corrupción de no pocos. No referimos a los Gobiernos de Felipe González, Rodríguez Z., y Rajoy. Ya caerá Sánchez, pues, como entonces, todos los días desayunamos corrupción. A más, y según he oído, hay unas locuelas que están dando muy mal resultado. Ya los quitarán a todos –eso espero- para ponernos a otros parecidos –que no deseo-.

La tal Excma. Ada Colau, alcaldesa poco digna de la dignísima Ciudad Condal, está imputada por los presuntos delitos de prevaricación y coacción, junto a los concejales Lucia Martín y Marc Serra. ¿Veremos el juicio? Lo que ocurre es que ni por casualidad es coherente –es su primera locura- con lo que dijo, de que quien cualquier imputado debiera consultar a la población sobre su cargo. ¡Ya! Ni siquiera lo vemos a la segunda, pues el 3 de marzo la imputaron por presuntos delitos de malversación de fondos, fraude en una contrata, prevaricación, tráfico de influencias y qué se yo.

Dígase algo parecido de la vicepresidente del Gobierno de Valencia, Excma. Mónica Oltra, imputada de presunta prevaricación, detención ilegal, obstrucción a la justicia… al frente de la Consejería de Igualdad. Y está mezclada con otras cosas penosísimas que omitimos.

¿Y la tal la Excma. Irene Montero, toda una ministra despechada y conocida por sus extorsiones, que quiere instruir a los niños de Primaria en guarrerías y pecados, saltándose a la torera a los padres, corrompiendo a los menores, etc. etc.?

¿Están tan excelentemente locuelas como dicen, o saben muy bien qué hacen cuando deshacen? Creo que lo segundo. Quieren entontecernos, como con la decisión de Sanidad de promover el fin del alcohol en el menú de los bares. Pues como el Excmo. Pablo Iglesias, que no es tonto sino un mandado.

Si a ello sumamos por hoy el caso Ábalos y Delcy Rodríguez… esto no sólo es corrupción de gente con demasiado poder, sino toda una gran prueba colectiva. ¿Por qué?

Es una gran prueba porque, primero, poner a esta gente en el Gobierno de España, significa que nos hemos castigado nosotros mismos y de paso -¡oh bendita democracia!- a todos los españoles. No queremos la ley de Dios y tenemos otra,  muchísimo más dura, siempre aleatoria y perversa, que es la de estos locuelos. Pero decía don Miguel, como los locos ya están en el manicomio, esto es otra cosa.

Teológicamente esto es un castigo divino, con una función propedéutica y como aviso de que “algo” se hizo muy mal, paso previo para la aberración de expulsar a Dios de la Constitución y las leyes.

Segundo, hay oligarcas que quieren saber hasta qué punto nos dominan y que lo miden como un termómetro.  El nuevo ídolo es el Estado es decir, la voluntad de los que lo ocupan): se nos exige ser obedientes al Estado, a la “mayoría” aunque no exista, y sobre todo al que ocupa cargos, sea quien sea. A esto lo llamaron “libertad”. Claro que siempre hay gente conservadora y “de orden”, que le gusta mucho que le digan: pero ¡qué trabajador y buen ciudadano es Vd.! Voila la neurosis colectiva durante la “pandemia”.

Miren: sólo está dominado del todo quien admite que se rían de él a la cara, le mientan, le roben y estafen. Eso de las leyes que nos hemos dado es un falso pretexto: los oligarcas saben que no les justifican, que la Constitución de 1978 admite interpretaciones a placer, y que muchas veces sus marionetas han incumplido las leyes. Voila durante la “plandemia”.

Tercero. Junto al termómetro de medida, hay un proyecto expreso: gobernarnos en la opresión al  arbitrio de “alguien”, como decía Orwell (1984), para llegar al mundo feliz al estilo fabiano de Huxley.

En cuarto lugar, la oligarquía o casta ocupa y maneja el Estado como estructura y cortijo propios. El Gran Amo tiene sometidos como marionetas a los grupos de presión, no pocos políticos y ex políticos, altos funcionarios, y casi todos los medios de comunicación…  Esto se hace creando una red de corrupción y subvenciones. Sí, corrupción al estilo del fiscal Mena y el expediente Royuela. La mejor red de sometimiento es corromper, y lo más rápido es dar oro, y mejor si es del contribuyente. Con esto corto el rollo, pero amén que con  marionetas se controla al pueblo.

Hablemos de estas marionetas lejos de explicaciones simplistas. ¿Qué nos ayudará a entender?: el juego derecha/izquierda, el amiguismo y la red clientelar, la ignorancia de no pocos ministros, su mala uva y sectarismo, la corrupción general –constante y extrema-, un teatro del absurdo a lo dr. Simón y –salvando las distancias- horriblemente cómico a lo Samuel Beckett… Ya hemos llegado a un punto en el que quien ve es ciego, y el que canta es mudo.

Nuestros administradores públicos en general, de cualquier color político:

  1. A) tienen tendencias serviles. Los honrados que haya sólo lavan la cara a un sistema que facilita y anima la corrupción, estimulada porque poquitos van a la cárcel y nadie devuelve nada.
  2. B) Son inexpertos en su especialidad –si la tienen- y en el arte de gobernar.
  3. C) Son de plastilina, peones en el gran tablero de ajedrez en el que disponen los sacerdotes de la humanidad y ellos ejecutan.
  4. D) Quien les dirige sabe adaptarse al temperamento de los españoles y tiene en cuenta las experiencias del pasado. Nos conocen muy requetebién. Por eso, la responsabilidad de las élites –don Felipe, la Conferencia Episcopal…- es mayor que en otros países.
  5. E) Con el dinero –mejor si es público- se compran voluntades de las minorías de la marioneta, y con la prensa se dirige a las masas populares.

Hace tiempo se avisó.

Dicho esto, otro día veremos cómo salir del atolladero. Que se puede.

 

José Fermín Garralda