PRESBÍTERO.

PATRÓN de los Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos.

Festividad: 12 de Mayo.

Martirologio Romano: En la región de Castilla, en España, en la localidad posteriormente designada con su nombre, Santo Domingo de la Calzada, presbítero, que construyó puentes y caminos para uso de los peregrinos jacobeos y, movido por su inmensa piedad, edificó también un hospital de peregrinos, provisto de salas destinadas a socorrerlos.

Nació en Viloria de Rioja, en una humilde familia. Hacia el año 1050 decidió ser monje benedictino pero le rechazaron en los monasterios de Santa María de Valvanera y San Millán, tomándole quizá por vagabundo o por algún fugitivo de las tareas del campo, por lo que se decidió por la vida eremítica. Y en los montes que rodean al San Lorenzo, pasó cinco años dedicado a la oración y penitencia. Sucedió entonces que el Papa Benedicto IV envió como Legado a Gregorio de Ostia, a Navarra y La Rioja, para que les llevara consuelo en una plaga de langosta que asolaba aquellas regiones. Cuatro años vivió Domingo en el séquito de Gregorio, con gran provecho espiritual. Cuando San Gregorio muere en Logroño, Domingo decide quedarse en la vega riojana, para socorrer a los muchos romeros necesitados que cruzaban por allí.

En la Edad Media cobró gran auge -junto con Roma y Jerusalén- la peregrinación a Santiago de Compostela. De noche, se orientaban los peregrinos por la Vía Láctea, llamada por ello Camino de Santiago. De día, desde Roscenvalles hasta Nájera estaba bien marcada la ruta del camino francés. Después se borraba el camino. Veredas inhóspitas, infestadas de alimañas y salteadores, los montes de Grañón y Cirueña, los encinares de Carrasquilla, el valle del Oja, la Bureba burgalesa… Un verdadero riesgo. Ya lo dice el viejo cantar: “Vos que andáis a Santiago, mire vostra mercé, non ay puentes nin posadas nin cosa para comer”. Era una aventura. Nuestro Santo había encontrado su vocación: ser el buen samaritano, el ángel protector de los romeros a Santiago, mejorar los caminos, preparar albergues, movido únicamente por su deseo de ayudar a los peregrinos.

A Santo Domingo se le atribuyen muchos milagros. Pero él no ahorró esfuerzos por facilitar el paso a los romeros. El Santo Patrono de la ingeniería española construyó primero una ermita dedicada a Santa María, desde la que exploraba el horizonte para acudir en ayuda de cualquier prójimo en apuros. Edifica después un albergue, en el que hace de albañil, enfermero y hospedero. Luego busca recursos y levanta el famoso puente sobre el Oja, que todavía subsiste, después de diez siglos.

Más tarde tala montes y construye una calzada, que llegará a ser su glorioso apellido. Se le agregan muchos para colaborar con él, y empieza a nacer una ciudad, Santo Domingo de la Calzada «ciudad cortés e hidalga con la caridad de Cristo que inflamó a su Fundador, por cuyas calles aparece todavía la sonrisa amable que hace mil años acogía a los peregrinos». San Juan de Ortega y Santo Domingo de Silos, que lo conocieron, atestiguan las múltiples obras de caridad llevadas a cabo durante más de sesenta años por este benefactor insigne de la humanidad.

Habiendo muerto nonagenario en 1109, se conservan documentos oficiales de 1112 en que ya le denominaban Santo. Para albergar el sepulcro que conserva sus venerables restos, se construyó después una hermosa catedral, de arte gótico primitivo.

Las buenas obras de Santo Domingo a favor de los peregrinos de Santiago no parecen haber cesado con su muerte. Varias milagrosas curaciones de peregrinos, ocurridas en la villa, se atribuyen a la influencia de Domingo. Tal fue el caso de la curación del caballero francés poseído por el demonio que fue librado del espíritu maligno ante el sepulcro del santo; o la de Bernardo, un peregrino alemán del siglo XV que se curó de una infección purulenta de los ojos al visitar la tumba de Santo Domingo; o el normando que recobró la vista en aquel santo lugar. Un juego de nueve tablas pintadas hoy adorna una pared de la catedral y recuerda los milagros de Santo Domingo.

Pero el milagro más famoso -de hecho, uno de los más populares de toda la Europa medieval- es la célebre historia de una familia alemana que caminaba hacia Compostela. Al pasar por Santo Domingo se alojaron en un mesón donde la moza de la casa sintió una fuerte atracción por el hijo de la familia, Hugonell, y se lo hizo saber. Pero el joven resistió los avances de la moza y ésta, humillada y rencorosa, escondió un vaso de plata en el zurrón del peregrino. En cuanto salieron los peregrinos a continuar su camino, ella le acusó de haberle robado el vaso.

Los oficiales de la ciudad prendieron y ahorcaron al romero. Los tristes padres siguieron su romería y, de regreso de Compostela, descubrieron que su hijo seguía vivo en la horca, milagrosamente sostenido y protegido por Santo Domingo. Fueron a decírselo al juez del pueblo, que en aquel momento estaba en la mesa a punto de comer un plato de pollo. Al oír lo que le afirmaban los padres, replicó con ironía: «Esta historia es tan verdadera como que este gallo y esta gallina van a levantarse del plato y cantar». Así lo hicieron las aves, ante el asombro de todos.

Oración:

Bienaventurado Santo Domingo, escogido antes de los siglos por la Divina Providencia para ejemplar de solitarios, estímulo de penitentes, dechado de caridad, y Ministro fidelísimo del gran Rey; a Vos me llego con las más vivas ansias de que me admitáis en el numero de vuestros devotos enterado del valimiento que tenéis con Jesús mi Salvador, y con María Santísima mi Señora. Yo, Santo mío, quiero ser uno de aquellos, que con una dulce, y suave esclavitud viven sujetos a vuestra ajustadísima voluntad. No ignoro, que por esta libre entrega traslado a Vos el dominio de toda mi persona: mas también sé, que desde este instante quedáis como Señor, con la obligación de cuidar de mi pobre alma, dirigiéndola por el camino de la Divina Ley, iluminándola en sus dudas, consolándola en las aflicciones, defendiéndola en los peligros, asistiéndola en la última, y más terrible de las horas, y presentándola, como Ángel Custodio, al juez Eterno. Esto es lo que os suplico por medio de esta oración, para mayor gloria de Dios, honor vuestro, y bien de mi alma. Amén.