Ante los comentarios que ha suscitado el post anterior titulado “Una paradigma exitoso para la reconstrucción nacional … y europea”, me propongo ampliar y aclarar algunos extremos en este y algún otro post sucesivo.

Lorenz von Stein no es el teórico del Estado social, sino de la Monarquía social, la única monarquía posible y real, pues como recordaba recientemente Juan Manuel de Prada, citando a José María Pemán, “la monarquía sólo es sostenible mientras sea –como afirmaba Pemán en estas mismas páginas, ejerciendo también de profeta de calamidades– «de tipo tradicional, social y representativa»; pues cualquier otra fórmula –advertía el gran escritor gaditano—tendrá inevitablemente «sustancia republicana, incluida la propia monarquía liberal y parlamentaria, que entre nosotros ya ha demostrado ser un principio de República». Y concluía Pemán: «Sospecho que si alguien la defiende hoy en España es con intención –o al menos con riesgo grave– de que sirva de puerta y preámbulo para la República. Es la monarquía de los republicanos»”.

En una obra imprescindible para todo monárquico español, El poder político y la libertad. La monarquía de la reforma social, el profesor Ángel López-Amo glosa este concepto de la monarquía social partiendo precisamente del paradigma propuesto por Lorenz von Stein:

“El Estado no puede continuar siendo una abstracción muerta sobre una sociedad muerta, víctima de las fieras que lo apresaron o de los gusanos que lo descompusieron. El Estado debe encontrar de nuevo una encarnación personal, porque sólo en la persona está la vida, y en la vida, la independencia; porque, vinculado el poder en la persona, y a lo largo del tiempo en la familia, puede seguir siendo independiente de la sociedad sin dejar de estar unido a ella por el más noble, el más personal y el más social de todos los vínculos, el de servicio.

 Esta es la esencia de la Monarquía, y ahí se encuentra todavía su porvenir, si hubiera pueblos y príncipes capaces de entenderla. La erección de un poder personal y hereditario es, en su realización histórica, y en su significación sociológica, la mejor expresión de la relación entre Estado y sociedad, porque de esa forma lo más alto del Estado queda fuera de la lucha de la sociedad y de la victoria de una clase.

 Por eso, en la época de la concepción republicana del Estado, en la de las revoluciones sociales, en la época de MARX, podía afirmar atrevidamente Lorenz VON STEIN: «No hay duda posible: la representación del Estado independiente y de la vida que le es propia no puede ser otra más que la monarquía. La monarquía no es simplemente una posible salida o solución del deslizamiento del Estado a la sociedad: es una grandiosa necesidad para la vida y la libertad de los pueblos». Más aún: «La monarquía es la única parte del Estado que tiene por sí misma el derecho de su existencia. La monarquía no es un artículo de la Constitución, un mandatario del pueblo, una institución; es más bien el supuesto inmediato e incondicionado de toda Constitución, de toda forma de Derecho Público» (Das Königtum, die Republik, und die Souveränität der franzosischen Gesellschaft seit Februarrevolution 1848).

 Esta es la esencia de la Monarquía, su función social. Por eso, cuando la sociedad conquistó el Estado y le quitó su independencia, la monarquía fue cayendo abajo en todas partes. O era un simple adorno, o era un verdadero obstáculo.

 La caída de las monarquías ha dado una doble lección: que cuando el poder político pierde su independencia, la sociedad se disuelve, y cuando el poder político pierde su independencia, pierde él mismo su razón de ser”.

El ordoliberalismo no es una especie de liberalismo a la prusiana. La denominación viene no sólo de la mítica revista Ordo, en la que colaboraban intelectuales como Alexander Rüstov, juristas como Franz Böhm y economistas como Wilhelm Röpke (que agudamente analizó «la crisis social de nuestro tiempo»), Walter Eucken, Alfred Müller-Armack y Ludwig Erhard, sino sobre todo por la filosofía de fondo, el “pensamiento en órdenes”. La economía no es ni más ni menos que un orden, que está vitalmente conectado con otros, con el orden político, el orden social, el orden ético o moral, etc. Cada orden tiene sus leyes y su dinámica propia, pero en modo alguno pueden entenderse o explicarse al modo de compartimentos estancos. Por eso, “quien entienda la economía solamente, no entiende ni siquiera la economía” (Georg Christoph Lichtenberg).

Establecer un parangón o algún tipo de vínculo teórico, ideológico o incluso meramente personal entre Schacht, la Escuela de Friburgo, el ordoliberalismo o la economía social de mercado, realidades estas últimas muy vinculadas pero no exactamente idénticas, carece de sentido. Hablar de la política económica del nazismo en términos de “primer milagro alemán” resulta de un cinismo inaceptable, no es sino un cruel sarcasmo. Además de que el propio Erhard rechazaba esta expresión, pues no se trataba de un milagro en el sentido de un resultado “caído del cielo”, sino que era la consecuencia tangible de un orden en el que el trabajo y la cooperación social, en el marco de una política económica honesta y rigurosa, permitían alcanzar la paz y la prosperidad. También hay que decir, y he recibido algún comentario crítico en este sentido, que si hay un “milagro económico” en esa época, es precisamente el de España, que a diferencia de la mayor parte de los países de Europa, en particular Alemania, no recibió ayuda alguna para la reconstrucción nacional tras la guerra que constituyó el prólogo a la Segunda Guerra Mundial, para algunos de los intervinientes, todo hay que decirlo, no para España, pues desde el punto de vista de nuestro pueblo las coordenadas ideológicas o, mejor dicho, el estado del espíritu era muy diferente al que representaba en aquel momento el evo europeo.

Walter Eucken, la gran figura de la Escuela de Friburgo. Hijo del filósofo alemán y premio Nobel de Literatura Rudolf Eucken y de una pintora, se educa en un ambiente humanista por donde desfila lo más granado de las letras y arte alemanes. De joven, su padre le lee a Aristóteles en griego lo que va imprimiendo en su alma el que iba a ser su leitmotiv en su consideración de la Economía: el respeto y la adecuación aristotélicos a la realidad, relación que estimará perdida en la gran crisis de la Modernidad, también en las ciencias económicas. Con lucidez remarca en el prólogo a su magnum opus Principios de política económica: “El hombre tiene que volver a aprender a percibir desde la realidad la ley de su comportamiento. Lo que significa que como actuante debe respetar la naturaleza de las cosas (Sachgesetzlichkeit). Lo que ello significa para la política económica constituye el tema de este libro”. En agosto de 1949 pronuncia una serie de conferencias en España. Su impacto fue decisivo: su planteamiento entusiasmó al grupo de técnicos y economistas que pusieron en marcha el Plan de Estabilización de 1959 y el proceso de apertura de la economía española que permitió el espectacular desarrollo de la década de los 60.

Wilhelm Röpke, por su parte, vive la tragedia de la Primera Guerra Mundial. Como él mismo explica, el rechazo del militarismo y de la guerra lo condujo inicialmente, en busca del humanismo, a simpatizar con el socialismo. Sin embargo, pronto se siente defraudado por la inhumanidad profunda de los planteamientos estatistas. “Tan de temer es que la exageración de los derechos de la sociedad degenere en colectivismo como que las demasías de los derechos individuales desemboquen en el límite extremo del anarquismo. La propiedad privada degenera en plutocracia, la autoridad en esclavitud y opresión, la democracia en capricho y demagogia. Cualesquiera que sean las orientaciones o corrientes políticas que quieran ponerse como ejemplo, todas ellas se cavan su propia tumba si se consideran a sí mismas como valores absolutos y no respetan sus propios límites” (Más allá de la oferta y la demanda).

Para Röpke los derechos, los hábitos morales y las normas y valores sociales eran elementos decisivos que tienen que ser tomados en cuenta por la autoridad, puesto que el solo actuar del mercado degeneraría en materialismo absoluto, con la consecuente pérdida de los valores morales necesarios para la configuración de una sociedad sana. Mediante una política social, económica y financiera, el cometido del estado es el de proteger a los débiles, igualar intereses, establecer las reglas del juego, y limitar el poder del mercado. Röpke apostaba por un orden económico basado en un “humanismo económico”, algo a lo que también denominaba “tercera vía”. Pero no en el sentido de un mix entre liberalismo y socialismo, sino por el contrario, al margen de estas doctrinas en su sentido moderno, trataba de reentroncar con los valores perennes que hallaron ecos lejanos y frecuentemente distorsionados en las ideologías modernas. Röpke renuncia así expresamente “…a una serie de principios de filosofía social que, durante un largo período de la historia, fueron comunes (o al menos concomitantes) tanto al socialismo como al liberalismo, tales como utilitarismo, progresismo, secularismo, racionalismo, optimismo, y en fin, todo aquello que Eric Voegelin ha definido muy acertadamente como “inmanentismo” y “gnosticismo social”.

El “inmanentismo” esencialmente consiste, según Voegelin, en una degradación de la visión cristiana de la naturaleza y el fin del hombre: “La fe cristiana en una perfección trascendental mediante la gracia de Dios ha sido convertida -y pervertida- en la idea de la perfección inmanente mediante la acción del hombre”. Esta concepción, junto con la realidad social que va produciendo, en la práctica fomenta un activismo y un ansia de acumulación de bienes (horizontal) que impacta fuertemente en el modo de vida de las personas en todos sus aspectos.

En este sentido, Röpke es rotundo al afirmar que esa ansia de posesiones que no descansa nunca (en el sentido cuantitativo) tiene una repercusión económica negativa que hay que evitar: “El racionalismo social, con sus múltiples variantes e irradiaciones… mina los fundamentos de la economía de mercado. Una de estas irradiaciones es el ideal de ganar el máximo posible en el menor tiempo de trabajo posible, para luego… hallar el equilibrio en el máximo consumo posible…” Röpke afirma que ese culto por la expansión permanente fruto del “inmanentismo social” tiene como consecuencia dos efectos nocivos para la sociedad y la persona: “Hay dos cosas sumamente perjudiciales para un orden sano y adecuado a la naturaleza del hombre: masa y concentración. Masa y concentración en todos los ámbitos, esto es lo que presta a la moderna sociedad su fisonomía; sofocan cada vez más el ámbito de la propia responsabilidad, de la vida y del pensamiento individual y dan un enorme empuje al pensamiento colectivo”. La masificación se puede constatar en las multitudes de las grandes ciudades, del gran público, de los centros industriales, de las corporaciones de miles de empleados, de los sindicatos, de los partidos políticos de masas, etc. En la masa los hombres pierden todo contacto personal y lo único que hacen es amontonarse sin ninguna relación de cercanía vital con aquellos seres humanos con quienes convive de forma cotidiana. “Otra característica común del Estado Benefactor y de la inflación crónica es que ambos fenómenos demuestran, en forma clara y aterradora, de qué manera ciertas fuerzas políticas socavan los cimientos de una economía y una sociedad libres y productivas. Ambos son el resultado de opiniones masivas, reclamaciones masivas, emociones masivas y pasiones masivas, y a ambos los dirigen esas fuerzas en contra de la propiedad, la ley, la diferenciación social, la tradición, la continuidad y el interés común”.

Röpke apoyaba una sociedad y una política social en la cual a los derechos humanos se les concediera la máxima importancia. Creía que el individualismo debe ser equilibrado por un principio de sociabilidad y humanidad. Al mismo tiempo, Röpke fue siempre muy crítico del incremento del Estado del bienestar, considerando que un Estado-billetera ganaría demasiada influencia en la vida y en la propiedad de sus ciudadanos, dando lugar a nuevas formas, sutiles pero reales, de servidumbre. Röpke se refería, en este sentido, en particular a la política alemana anterior y vigente durante la Segunda Guerra Mundial. Por tanto, la política social nunca debería sustituir al mercado libre.

Finalmente Röpke, con el ascenso de Hitler al poder, abandona Alemania, y recala en Estambul, donde impartirá clases de Economía en un instituto técnico superior. Como comentaba con guasa en una conferencia impartida años después en Argentina, los dos – Hitler y él – no podían permanecer en Alemania al mismo tiempo, o se iba uno o se iba el otro; así que se decidió a partir, cediendo amablemente su espacio en la sociedad al inefable Herr Hitler.

Veamos ahora quién era y qué hizo Hjalmar Schacht. Durante la Primera Guerra Mundial (1914-1918) Schacht fue nombrado encargado de la administración económica de los territorios ocupados en Bélgica. No obstante, fue destituido de dicho cargo poco después por las autoridades militares, al ser acusado de contactar con su antiguo empleador, el Dresdner Bank, para que recibiera los fondos del gobierno belga decomisados por las fuerzas alemanas.

Pese a que este incidente le causó problemas en la administración pública alemana, Schacht mantuvo su prestigio profesional, y de hecho contribuyó a reducir la inflación y a estabilizar el marco cuando se convirtió en presidente del Reichsbank el 22 de diciembre de 1923. Schacht se mantuvo como Presidente del Reichsbank hasta 1930 y desde ese puesto contribuyó a la elaboración del Plan Young, destinado a reducir las reparaciones de guerra a las que Alemania estaba obligada tras la Primera Guerra Mundial. Su gran logro aquellos años fue el célebre Rentenmark. El Rentenmark sustituyó al antiguo Papiermark, el papel moneda utilizado por los gobiernos alemanes desde el inicio de la Gran Guerra y que no estaba respaldado por oro. Debido a la crisis económica en Alemania, después de la Primera Guerra Mundial el gobierno de la República de Weimar carecía de reservas de oro disponible para revalorar la moneda. Por lo tanto, el Banco Central o Deustche Reischsbank emitía billetes carentes de respaldo, y que por lo tanto perdían valor con inusitada rapidez, causando una hiperinflación que perjudicaba gravemente la economía nacional. La grave situación, con un vertiginoso aumento de precios, motivó que el nuevo presidente del Banco Central, el economista Hjalmar Schacht, propusiera la emisión del Rentenmark, basado en una serie de hipotecas impuestas por el gobierno alemán sobre la tierra y mercancías industriales por un valor de 3.2 mil millones de Rentenmark para respaldar la nueva moneda. El Rentenmark fue introducido al mercado el 15 de octubre de 1923, en el periodo más severo de la hiperinflación, con una equivalencia de 1 Rentenmark por 1.000.000.000.000 (un millón de millones) de Papiermark, estableciendo una tasa de cambio de 1 dólar de Estados Unidos por 4,2 Rentenmark. El Rentenmark fue concebido solamente como una moneda “intermedia” que mantuviese la continuidad del antiguo marco alemán mediante una conversión donde la moneda no tuviera respaldo en oro, sino en productos de la economía nacional, y no se había proyectado para tener curso legal. Sin embargo, la nueva moneda fue aceptada por la población y con eficacia frenó la hiperinflación, al cesar la emisión de billetes sin respaldo. Tras un periodo de transición donde el Rentenmark desempeñó el papel de moneda oficial, el Reichsmark se convirtió en la nueva moneda única de curso legal en Alemania desde el 30 de agosto de 1924, con igual valor al Rentenmark. Pese a este cambio, en la práctica los billetes del Rentenmark siguieron siendo emitidos por el Deutsche Reichsbank y aceptados como moneda durante largos años, y tuvieron curso legal en Alemania hasta 1948.

Schacht ayudó a Adolf Hitler a reunir fondos para sus campañas políticas. Incluso en 1932 Schacht organizó una petición de industriales para reclamar al presidente Hindenburg el nombramiento de Hitler como Canciller. Una vez en el poder, Hitler nombró a Schacht presidente del Reichsbank, y luego Ministro de Economía en 1934. En este cargo Schacht desarrolló una política de inversiones públicas, especialmente impulsando grandes obras, como la construcción de autopistas, y redujo el déficit presupuestario del Estado para encontrar fondos, políticas revolucionarias, teniendo en cuenta que el keynesianismo surgiría años más adelante. También desarrolló una política de lucha contra la inflación plasmada en los llamados “Bonos MEFO”. Estos constituían una suerte de circulación pseudomonetaria que redujo la inflación de forma visible. En 1935 Schacht fue nombrado “Plenipotenciario General” para la economía de guerra.

En enero de 1937, Schacht fue nombrado miembro honorario del Partido Nazi y condecorado como tal. Dimitió en noviembre de 1937 debido a diferencias, especialmente sobre la importancia de los gastos militares, generadores de inflación, y de sus relaciones conflictivas con Hermann Göring, a quien consideraba incompetente en asuntos de economía y finanzas. Conservó su cargo al frente del Reichsbank hasta 1939, cuando sus críticas al antisemitismo del régimen causaron que los líderes nazis dudaran de su lealtad política al régimen. No obstante, la capacidad intelectual de Schacht permitió que siguiera siendo Ministro sin Cartera hasta enero de 1943, cuando Hitler lo destituyó.

Acusado de estar implicado en el atentado del 20 de julio de 1944 contra Hitler, Schacht fue internado en el campo de concentración de Dachau hasta el final de la guerra. Liberado por los Aliados, Schacht figuró entre los acusados en el proceso de Núremberg, donde se le acusó de complot y de crímenes contra la paz, especialmente por su contribución en la preparación de la economía alemana para la guerra. Entre los acusados, obtuvo los mejores resultados en los test de inteligencia preparados por el psiquiatra de la prisión. Schacht resultó absuelto y liberado en 1946, pero fue de nuevo juzgado por un tribunal alemán de desnazificación que le condenó a una pena de ocho años de trabajos forzados. Puesto en libertad en 1948 se convirtió en consejero financiero para los países en vías de desarrollo y retornó al negocio bancario como asesor hasta su muerte (Munich, 1970).

Las circunstancias a las que tuvo que enfrentarse el pueblo alemán tras el final de la Segunda Guerra Mundial fueron, de hecho, mucho peores que tras la Primera. Pero el empeño y los móviles de los hombres que confluyeron en torno a la idea de una economía social de mercado eran muy distintos a los que inspiraron a Schacht… afortunadamente para el pueblo alemán.

Continuará…