ARZOBISPO y DOCTOR de la IGLESIA.

Festividad: 21 de Abril.

Nació San Anselmo el día 6 de mayo del año 1033 en la ciudad de Aosta (Piamonte). Su padre, Gondulfo, prodigaba sus bienes y se daba mucho a gustos y diversiones, sin tener cuidado de su casa y familia. Su mujer, Ermeberga, al contrario, atendía al go­bierno de la casa, y a las obras de virtud y piedad, en las cuales perseveró hasta el fin de su vida. Crió a su hijo en el amor de Dios y la devoción a la Virgen María, y con frecuencia se entretenía con él hablando de la gran­deza del Señor y de la hermosura del cielo.

Siguiendo los consejos de su cristiana madre, resolvió, desde su niñez, anteponer la perfección de su alma a todo deseo de mundanal vanagloria. Cuantos se propusieron con empeño ser santos lo fueron, porque querer es poder. Por eso dijo más tarde nuestro Santo: «Cuesta más trabajo ser sabio que ser santo».

Cierto día fue el niño arrebatado en espíritu y vio al divino Rey, el cual le entregó un panecillo blanquísimo como la nieve y de sabor celestial. Prevenido así con los favores divinos, determinó vivir en un monasterio de su ciudad natal en el que pidió el hábito de monje; pero no se lo dieron por temor de su padre. Cayó gravemente enfermo y confirmose más en su buen propósito; pero, habiendo recobrado la salud, se entibió de aquel fervor.

Vino en esto a morir su piadosa madre, quedando Anselmo sin guía en el camino de la vida. Como era mozo y poseía muchas riquezas, pronto se dejó arrastrar por la corriente de sus gustos y apetitos. Esto disgustó tanto a su padre que llegó a no poderle ver sin enojo y desabrimiento; ni aun la humilde sujeción de su hijo le daba satisfacción; y así, para excusar otros mayores inconvenientes, le dejó Anselmo y se partió de su casa. Pasó tres años de estudios en Borgoña y en Francia y para ganarse el sustento daba algunas lecciones particulares. Vino final­mente a residir en Normandía, en un monasterio benedictino llamado Beco, cuyo prior era el famoso jurisconsulto Lanfranco, paisano de nuestro Santo.

Anselmo estimaba en mucho tener tan notable maestro. Sin perdonar trabajo ni fatiga atendía con gran vigilancia al estudio de las divinas letras en las cuales hizo maravilloso progreso. «Bien pudiera yo —dijo un día entre sí- santificar mis obras consagrándome al Señor; no me irían peor las cosas; pero ¿adonde ir? El monasterio de Cluny es muy severo y aquí en Beco, Lanfranco eclipsará mi gloria.» Mas, por la misericordia del Señor, muy luego entendió Anselmo que el deseo de gloria mundana es indigno de un religioso. Fuese, pues, a echarse a los pies de Lanfranco y, muy llana­mente y resignado a seguir su consejo, le dijo: «Tres caminos veo delante de mí por los que enderezar puedo mi vida: ser monje aquí en Beco, vivir ermitaño o quedarme en el siglo para repartir a los pobres las cuantiosas rentas que me ha legado mi padre al morir; hablad y obedeceré». Lan­franco habló de ello con el arzobispo de Rouen, llamado Maurilio, el cual se declaró por la vida religiosa. Bajó la cabeza Anselmo y entró en aquel monasterio por los años de 1060, siendo de edad de veintisiete.

Pasados tres años vino a ser dechado de virtudes monásticas y por su ciencia y trabajos fue elegido prior del convento, al ser nombrado Lanfranco arzobispo de Canterbury. Estando en este cargo brillaron con admirable esplendor su rara prudencia y sabiduría. Era para todos padre amoroso; visitaba a menudo a los enfermos, a quienes infundía con­ suelo y alegría, y a veces los sanaba con sólo hacer sobre ellos la señal de la cruz.

Cuando fue abad, gobernó con maravillosa santidad y prudencia. Recibía muy afablemente a los ciento cincuenta religiosos que tenía bajo su dirección. En sus ratos libres estudiaba las Sagradas Escrituras y compo­nía libros admirables. Comía poquísimo y tan sólo aquello que los monjes acertaban a darle cuando le veían dispuesto a tomar algún alimento. No era raro que al amanecer estuviera todavía en oración. Un día al ir el Hermano campanero a despertar a los monjes observó que en la sala capitular había una luz resplandeciente. Se asomó por curiosidad y vio al santo abad que estaba orando, envuelto en una luminosa aureola. Todos vivían muy satisfechos bajo su paternal disciplina; sólo él se lamentaba y gemía por creerse indigno de tan eminente oficio y, así fuese otra vez al arzobispo de Rouen para hacerle entrega del báculo abacial. «Confía, hijo —repuso el arzobispo—; sé valeroso y esforzado, porque el Señor te destina a mayores cosas y más duros trabajos».

Lamentable llegó a ser por entonces el estado del Reino de Inglaterra. Gobernábale Guillermo II, hijo del Conquistador, persona muy mal inclinada, enemiga de la Iglesia y tan opresora del clero y de la religión que investía con la dignidad eclesiástica a los hombres am­biciosos y llenos de codicia. Las abadías y obispados se los llevaba el que más pagaba por ellos; el desorden y libertinaje eran generales en aquel reino. El mismo Rey era el más ambicioso de todos y así no pocas veces se negó a nombrar obispos, para poder usurpar en provecho propio las rentas de los obispados. Por esta causa estuvo vacante cuatro años la sede arzobispal de Canterbury, siendo vanas las reclamaciones del Sumo Pontífice contra tamaños abusos.

Algunos señores principales del Reino pidieron al Rey licencia para hacer oraciones públicas a fin de que el cielo les enviase un pastor que sanase los males de la Iglesia de Canterbury: «Rezad cuanto queráis —les repuso Guillermo indignado—; yo obraré a mi antojo». A los pocos días, uno de los señores de palacio conversaba con el Rey y le decía: «A la verdad, no conozco a nadie que sobrepuje en santidad al abad de Beco; ama sólo a Dios y aborrece todas las cosas terrenales. —¿Todas? —repuso Guillermo con ironía—; ¿hasta el arzobispado de Canterbury? Pero que sepa que el cielo me es testigo de que sólo yo seré dueño y señor de ese arzobispado».

Al acabar de decir estas palabras sobrevínole de improviso recia enferme­dad que le dejó en pocos días a cuatro dedos de la muerte. Avisado del peligro, Anselmo acudió inmediatamente a la cabecera del monarca y con­siguió que hiciera confesión general de su vida. Alguien se atrevió a pronunciar entonces el nombre de Canterbury y, como ese pensamiento ator­mentaba sobremanera al Rey, al punto preguntó: «¿Quién es, a vuestro parecer, el más digno y merecedor de esa sede? —A vos toca nombrarlo -le contestaron. —Es el abad Anselmo —balbució Guillermo con voz muy apagada».

Una estruendosa aclamación fue la respuesta a las palabras del soberano: «¡Anselmo, arzobispo!» Pero el humilde abad, pálido y tembloroso, habló para rehusar el cargo: «Tengo ya sesenta años —dijo—; treinta años de continua labor han debilitado mis fuerzas, así que no podré con esa pe­sada carga». No quisieron los obispos allí presentes dar oídos a las pro­testas del santo abad, y a la fuerza lo llevaron al aposento del monarca. «¿Deseas por ventura mi muerte eterna? —le dijo el príncipe—. ¿No ves que me condenaré si muero guardando en mi poder la Iglesia de Canterbury? Apiádate, pues, de mí en este trance, y acepta el arzobispado». Los ojos de todos los presentes se nublaron con las lágrimas; sólo Anselmo permanecía impávido. Para acabar de una vez, pusiéronle a viva fuerza el báculo en las manos. «Es en balde cuanto hacéis —decía el Santo». Entretanto, le llevaron a la iglesia más próxima y allí, en medio de los aplausos y aclamaciones de la muchedumbre, le sentaron en el trono pontifical mientras todos los pechos cantaban alborozados el Te Deum, alabando al Señor por aquel bene­ficio. Sucedió todo esto un domingo, 6 de marzo del año de 1093.

Codiciaba Guillermo el ducado de Normandía y, para contribuir a esta guerra, enviole Anselmo quinientas libras, que eran como unas doce a trece mil pesetas oro. El Rey se negó a aceptar este donativo, alegando que era insuficiente. «Mejor que mejor —repuso Anselmo—, al­guien hubiera creído que era esto simonía velada; los pobres se aprovecha­rán de este dinero».

Vuelto el Rey de la expedición, pidiole Anselmo licencia para ir a Roma por el palio y recibirle de mano del Sumo Pontífice Urbano II. Pero, como Guillermo era partidario del antipapa Clemente III, no vino en ello y le contestó indignado: «Nadie tiene aquí derecho a proclamar legítimo a un Papa que yo no haya reconocido por tal». Anselmo no se dio por vencido, antes declaró con tesón y energía los motivos que le obligaban a ir a Roma y, sin más, partió para dicha ciudad. El astuto monarca echó entonces mano de un artificio indigno. Envió secretamente a Roma dos capellanes suyos. Debían llegar éstos antes que el Santo y solicitar de Urbano II el palio para el arzobispo de Canterbury, sin nombrar para nada a Anselmo. Pretendía con esto el desgraciado Guillermo obligar luego al Santo a renun­ciar al arzobispado y nombrar en su lugar al que a él se le antojase.

Pero el propio Guillermo fue cogido en la trampa; porque el Papa envió el palio, pero por mediación de! obispo de Orleans, el cual escribió al punto a Anselmo preguntándole si quería que se lo enviase. «Líbreme el Señor —le contestó Anselmo—; es el símbolo de mi autoridad espiritual; yo mismo iré a recibirlo al pie del altar con los pies descalzos, como si lo recibiese de mano del mismo Sumo Pontífice».

Hacíanse por momentos más tirantes las relaciones entre ambas partes, de tal manera que Anselmo no vio otro remedio que ir sin dilación a Roma. Súpolo Guillermo y al fin accedió a que partiese; pero envió al Santo una embajada para decirle que no llevase consigo nada que perteneciese al Rey. «Decid al príncipe que llevaré lo que es mío; si me lo niega, partiré aunque sea con los pies descalzos, pero iré a ver al Papa»,

Fuese luego a palacio y, con aquél sosiego y entereza de ánimo que tenía, con la mayor serenidad dijo al Rey: «-Señor, mañana partiré para Roma; sería más conveniente y más del agrado de todos que emprendiera yo el viaje con vuestra venia y consentimiento… Como no sé cuándo os volveré a ver, os encomiendo muy de veras al Señor; y ahora, si consentís en ello, por ser vuestro capellán y además como arzobispo, os daré la bendición». «Y ¿cómo no?» —dijo Guillermo, confuso y admirado de ver aquella intrepidez y santa audacia del Santo. Al punto bajó la cabeza y Anselmo le dio la bendición.

Al día siguiente vistiose de romero y, con el bastón de peregrino en la mano y un saco al hombro, venciendo todas las dificultades que le salieron al paso, se embarcó en Dover en el mes de octubre del año 1097.

Su paso por las Galias fue un verdadero triunfo. En Lyon le recibieron con grandes muestras de regocijo y veneración, y allí permaneció todo el invierno. Supo el Papa Urbano lo que había sucedido, y mandó cartas a Anselmo para que sin demora fuese a Roma. Partió, pues, inmediatamente vestido de monje, y a su paso todos salían a venerarle e im­plorar la bendición del que llamaban «el Santo extranjero».

Urbano II alojó al santo arzobispo en el palacio de Letrán y, en pre­sencia de los cardenales y de otros señores de su corte, le alabó con graves y encarecidas palabras, llamándole «héroe de doctrina y virtud, intrépido en las lides de la Santa Fe». Escribió después al Rey Guillermo mandándole que devolviese la paz a las iglesias y restituyese al arzobispado de Canterbury los bienes que le había usurpado.

Pasado poco tiempo dejó a Roma y por orden del Papa se detuvo algunos días en el monasterio benedictino de San Salvador, en Sclavia, cuyo abad era un antiguo monje de Beco. También se halló en octubre del año 1098 en el Concilio de Bari, en el que fue muy controvertida la proposi­ción teológica referente a la procesión del Espíritu Santo. Los griegos, obstinados, pedían razón de las mismas razones alegadas. «Padre y Maestro Anselmo, ¿dónde estás? —dijo el Papa—. Están acometiendo a la Fe de la Santa Iglesia, nuestra Madre, y ¿guardas silencio? Habla ya, pues el Señor te ha enviado aquí para que triunfe la verdad». Habló entonces Anselmo con tanta sabiduría y elocuencia, que hizo clara luz sobre todas las dificul­tades, y movió los corazones de tal manera, que los griegos quedaron con­vencidos y sumamente arrepentidos de haberse obstinado tanto en sus errores.

A todos los allí presentes les habló luego del lastimoso estado de las iglesias de Inglaterra. «He visto pisotear la ley divina y la autoridad de los sagrados cánones y decretos apostólicos; y, cuando levanté mi voz para protestar contra estos atropellos, se me contestó que así se hacía en Inglaterra y que tales cosas eran muy del agrado del Rey». AI oír esas palabras, los obispos a una voz pidieron al Pontífice que fulminase sentencia de excomunión contra el monarca sacrílego; pero Anselmo se echó a los pies del Papa y logró que demorase la sentencia.

Había logrado por fin el Santo lo que más deseaba, que era la re­presión y condenación de los abusos causados por el entrometimiento del poder civil en los asuntos eclesiásticos. Se partió para Lyon, dejando a los romanos admirados de su valor y caridad. Recibiole el arzobispo de aquella ciudad más como a superior y Padre que como a huésped. Estando en Lyon recibió la noticia de que el Rey Guillermo, yen­do de caza, había sido traspasado por una saeta y había expirado y aca­bado su triste vida. «¡Ay! -exclamó Anselmo—; ¡cuán de buena gana hu­biera yo dado mi propia vida para librarle de un fin tan lastimoso y des­dichado!».

A Guillermo sucedió en el reino su hermano Enrique, el cual, con gran júbilo de sus vasallos, tomó a pechos el reparar tantas ruinas amontona­das por su predecesor. Pero el alborozo de las gentes creció sobremanera al saber que volvía el santo arzobispo de Canterbury. El embajador real en­tregó a Anselmo una carta en la cual Enrique protestaba de su filial sumi­sión; el Santo, al leerla, bendijo al Señor y se dispuso a regresar a su amada iglesia.

Como recuerdo de su paso por las Galias, Anselmo dejó obrados multitud de milagros. En la ciudad de Viena dos nobles señores sanaron con solo comer algunas migajas de la mesa del Santo; otro curó oyendo su misa; estando camino de Cluny echó al demonio del cuerpo de una doncella; en Macón hizo que cesase una pertinaz y asoladora sequía; en Casa Dei apagó un gran fuego haciendo la señal de la cruz.

Anunciábase largo período de paz en Inglaterra y más cuando, merced a la intervención de San Anselmo, el Señor dio a Enrique una ilustre vic­toria contra su hermano Roberto, duque de Normandía; pero no fue así, porque al entender el Rey el decreto que el Papa había hecho en Roma acerca de la investidura de los obispados, turbose en gran manera y, menos­preciando los anatemas pontificios, quiso obligar a Anselmo a jurar el feu­do ligio, con promesa de consagrar a los clérigos investidos por el poder real. Anselmo se negó a ello rotundamente, pues aquello equivalía a trai­cionar su propia conciencia. «Quien se atreve a desobedecer mis mandatos no tiene derecho a residir en mi Reino» —dijo despóticamente el Rey Enri­que—. Eso significaba nuevo destierro. Así lo entendió el Santo y no se equivocó; pero aguardó sereno la borrasca. Por otra parte, bien sabía el Rey que nada lograría con la violencia y acudió al artificio.

Algunos prelados vendidos al monarca se atrevieron a afirmar con juramento que el Sumo Pontífice había deshecho delante de ellos lo decretado en el Concilio de Roma. Anselmo permaneció inflexible y lo único que hizo fue diferir la sentencia de excomunión contra los clé­rigos que habían recibido la investidura. Los principales señores del Reino rogaron a San Anselmo que tornase a Roma a tratar este negocio con el Sumo Pontífice, porque con su crédito y gran ciencia podía otra vez traer la paz a la Iglesia de Inglaterra. «Soy ya anciano, estoy achacoso —les respondió el Santo— y puedo desfallecer en el camino; pero el Señor es el dueño de mi vida. Iré a Roma; mas tened entendido que nada lograréis que pueda mancillar mi honra o coartar la libertad de la Santa Iglesia».

Partió para Roma en abril del año 1103. El Papa y toda la ciudad le recibieron con grande honra y triunfo como a verdadero mártir. Era a la sazón Sumo Pontífice Pascual II. Maravillado del valor y fe del Primado de Ingla­terra, confirmó todos los decretos de los Concilios.

Estando el santo arzobispo en Lyon, de vuelta para su arzobispado, recibió orden terminante de no entrar en Inglaterra. «¡Alabado sea Dios!»  -exclamó—. Y sin más se fue al monasterio de Beco, para vivir en él humilde y desconocido. Era cosa de maravillar el ejemplo de aquel venera­ble anciano, quebrantado ya por los años y las fatigas del apostolado, fiel a la observancia regular como un novicio. «Por fin —decía— he hallado el lugar de mi descanso». Aquí esperaba morir; pero la Providencia le tenía preparados nuevos trabajos y triunfos.

Cansado ya de esperar, el Sumo Pontífice fulminó sentencia de excomunión en el año 1105 contra los pérfidos consejeros que excitaban al joven monarca a la Rebelión. A punto estuvo el Pontífice de excomulgar al mismo Enrique, y lo hubiera hecho, a no haberse éste arrepentido sinceramente; porque al fin, tocándole Dios el corazón, dejó a la Iglesia lo que era suyo y renunció a sus injustas pretensiones de investidura. Anselmo por su par­te prometió obediencia al monarca, volvió a Canterbury y fue recibido en todas partes con grandes muestras de alborozo.

De allí adelante, todo fue paz y felicidad en el Reino. Nada turbó ya la concordia entre los poderes eclesiástico y civil. Anselmo cor­tó de raíz los abusos; florecieron otra vez las virtudes monásticas y la santidad del matrimonio; la Iglesia, en suma, cobró todos sus dere­chos. Enrique convirtió en amor el odio que tenía al prelado y aun solía confiarle la administración del Reino cuando él se ausentaba, siendo todo esto de gran provecho para la prosperidad de Inglaterra.

Aun en medio de tantas ocupaciones prosiguió Anselmo sus investigaciones teológicas; escribió admirables obras, por las que merece llamarse iniciador de aquella magna escuela escolástica, honra y esplendor de los siglos posteriores.

Acercábase entretanto la hora de la recompensa; tanta multitud de trabajos y peleas agotaron sus fuerzas. Sobrevínole gran debilidad, de suerte que por espacio de seis meses fue menester llevarle a la iglesia para que oyese misa, pues ya no podía celebrar. Cuando conoció que se acercaba su fin, en medio de las lágrimas y sollozos de los presentes bendijo por últi­ma vez a la familia real y a todo el Reino. Tendiéronle luego sobre ceniza y de esta forma entregó al Señor su bendita alma a los 21 de abril del año 1109. Enterráronle en la catedral de Canterbury con gran solemnidad y senti­miento de todo el Reino. El Papa Clemente XI le declaró Doctor de la Iglesia en el año 1720.

Oración:

San Anselmo, ayúdame, pide a Dios que me dé un alma pura y recta que pueda serle siempre fiel. Que pueda conocer la verdad y practicarla, con el amor de sus mandamientos y poderlos cumplir con facilidad, de tal manera que pueda progresar con humildad en este camino de la vida. Que ilumines mi mente y mi corazón para que al recibir la gracia de conocer la verdad, sea humilde y sepa perdonar, borrar todo tipo de mal de mi corazón, poner mis sufrimientos a los pies del Señor. Intercede por mi, y enséñame a orar, a volcarme completamente a escuchar a Jesús y a hacer su voluntad, y poner mi pobre corazón en sus manos. No me abandones a mi sola voluntad, ni a la ignorancia o a la debilidad humana, ni a mis méritos, ni a nada que no sea la cuidadosa Providencia de Dios. Por Cristo nuestro Señor. Amén.