PAPA.

Festividad: 12 de Abril.

La vida del Papa San Julio I, que gobernó la Iglesia durante quince años, del 337 al 352, nos muestra que la supremacía de la Iglesia de Roma no data de ayer, sino que ya en el siglo IV, en la aurora de la paz constantiniana, todo el mundo católico la reconocía y hasta los mismos enemigos de la Santa Sede daban de ello testimonio.

Julio I, romano de nacimiento, sucedió en el solio pontificio al Papa San Marcos el 6 de febrero del año 337, algunos meses antes de la muerte del empe­rador Constantino.

La secta arriana, siempre rediviva en Oriente bajo apariencias engañosas, a pesar de los anatemas del Concilio de Nicea del año 325, y de la muerte igno­miniosa de su jefe el impío Arrio, sacrílego impugnador de la divinidad de Jesucristo, ejercía entonces la más dura persecución contra los verdaderos hijos de la Iglesia. El castigo del malvado Arrio, que expiró ignominiosamente cuando se disponía a entrar rehabilitado y triunfante en Constantinopla, no abrió los ojos de aquellos obcecados e indignos obispos herejes, que pro­clamaron jefe a Eusebio, obispo de Nicomedia.

La víctima más ilustre de esa persecución fue el gran San Atanasio, patriarca de Alejandría, cuya causa fue llevada al tribunal supremo de Julio I y cuyas circunstancias y desarrollo vamos a exponer.

Poco después de la elevación de Julio I al Supremo Pontificado, llegaron a las gradas de su trono dos diputaciones procedentes de Alejandría. Una de ellas, integrada por los enemigos de Atanasio, fue enviada por el indigno obispo de Nicomedia Eusebio, intruso patriarca de Constantinopla, después de la expulsión de Pablo, legítimo pastor de aquella grey.

La principal causa de su odio a Atanasio era la de ver en él al más irreduc­tible defensor de la fe ortodoxa en Oriente y una amenaza perpetua para el arrianismo. Había que perderle a todo trance, y pronto se percataron de que, ante la cristiandad entera, ninguna sentencia condenatoria sería tan eficaz como la que dictase el obispo de Roma.

Pensaron aprovechar la inexperiencia del nuevo Papa, burlar su buena fe, sorprenderlo y seducirlo como lo habían logrado con el emperador de Oriente Constancio II, hijo y sucesor del gran Constantino.

Iban pertrechados de un enorme legajo de documentos contra el Patriarca de Alejandría. Acusábanle de asesinato, de actos inmorales y de sacrilegio. Tales calumnias no eran nuevas. Habían sido formuladas ya una vez ante una asamblea de 109 obispos reunidos en Tiro en el año 335, bajo la presidencia de un funcionario imperial, y refutadas por el mismo Atanasio, aunque, a pesar de ello, fue injustamente condenado al destierro.

Esas calumnias y otras no menos deshonrosas para un obispo se propo­nían presentar ante el tribunal del Papa Julio I los emisarios eusebianos Macario, Martirio y Esiquio.

Pero, ¡qué cruel decepción les esperaba a su llegada a Roma! ¡Cuál no fue su sorpresa al encontrarse cara a cara con los enviados de Atanasio! No perdía de vista el Patriarca a sus adversarios y, sabedor de lo que pretendían en Roma, tomoles la delantera porque juzgó ser deber suyo el informar al Pontífice de la verdad de los hechos y desbaratar las maquinaciones de aquellos perversos. Quería en particular notificar al obispo de Roma todo lo que había pasado en Alejandría y la declaración unánime que en favor suyo había pu­blicado en el año 338 el sínodo de obispos dependientes de su patriarcado. Escogió para ello a algunos sacerdotes de los más inteligentes y abnegados, de quienes estaba tan seguro como de sí mismo, y les ordenó que sin dilación se embarcasen para Roma.

Al verlos Macario, jefe de la embajada eusebiana, sintió que todo aquel artefacto de invenciones y calumnias levantado contra Atanasio no podría resistir el peso de las refutaciones de sus defensores y, acobardado y temeroso, huyó de la Ciudad Eterna.

Sus compañeros, consternados pero no desanimados, resolvieron vencer por la audacia y se presentaron al Papa al mismo tiempo que los enviados del Patriarca de Alejandría. Así, reconocida por ambas partes la suprema jurisdicción del «obispo de Roma» e ilustrado por las opuestas informaciones, Julio I se mostró digno del homenaje que el mundo cristiano tributaba a su primacía. Oyó sucesivamente a las dos diputaciones y confrontó cuidadosa­mente sus testimonios.

Tan fácil y llano fue para los enviados de Atanasio confundir a los eusebianos en todos los extremos de sus acusaciones que, viéndose estos últimos perdidos y comprendiendo de qué lado iba a inclinarse la balanza de la jus­ticia, no vieron más salida de la desventura en que ellos mismos se habían metido, que la de apelar a la convocación de un Concilio.

Obrando Julio I con la mayor imparcialidad, aunque convencido de que la justicia se hallaba de parte de Atanasio, y precisamente por eso, en la seguridad de que el Concilio se la haría, tomoles la palabra y lo convocó para que ante él, con entera libertad, entrambas partes se acusasen y defendiesen.

A la invitación del Papa respondió Atanasio acudiendo a Roma con verdadero apresuramiento; los eusebianos, en cambio, convocados al mismo tiempo que él, dieron muestras de mala voluntad y mala fe.

Habían caído en el lazo. Porque contaban ellos con una asamblea que debía reunirse en sus dominios y compuesta en su mayoría de obispos arríanos; pero se hallaron con que se los llamaba muy lejos de sus diócesis, de sus partidarios y de un emperador a quien se habían ganado por la adulación.

Debían por lo tanto presentarse solos, ante una reunión de obispos occi­dentales inviolablemente adictos a la Fe de Nicea; ante Atanasio sobre todo, cuya argumentación tranquila, incisiva, implacable los aterraba y, por fin, ante un Pontífice a quien habían creído novato y sin experiencia, pero que habían tenido ocasión de conocer como justo e incorruptible.

Haciendo caso omiso de todo derecho, en una reunión de obispos celebrada en Antioquía condenaron a Atanasio, le depusieron de su silla y le hicieron desterrar el 18 de marzo del año 339, y entronizaron en la silla patriarcal de Ale­jandría, cuatro días después, a un intruso de su partido llamado Gregorio de Capadocia.

El Papa les envió a fines del año 339 dos legados, los sacerdotes Elpidio y Filoxeno, con el encargo de invitarlos a acudir al concilio de Roma so pena de ser declarados contumaces.

Empezaron por retenerlos varios meses. Consintieron por fin en dejarlos marchar en enero del año 340, portadores de la siguiente excusa para el Papa Ju­lio I: «¿Cómo queréis que abandonemos nuestras Iglesias durante la guerra de los persas?» Fútil pretexto, porque sus diócesis se hallaban muy lejos del teatro de la guerra.

La verdad era que no querían alejarse del emperador Constancio II, y, como decía irónicamente San Atanasio, no se atrevían a presentar ante un concilio donde no hallarían ni soldados a las puertas ni un conde con la sentencia imperial preparada.

Volvían los mensajeros portadores de una carta fechada en Antioquía. En esta carta, al mismo tiempo que declaraban profesar gran respeto a la Igle­sia Romana «a título de domicilio de los Apóstoles», rehusaban los eusebianos la subordinación del Oriente a dicha Iglesia.

Harto ya el Papa Julio I de esperar a los eusebianos durante vein­tidós largos meses, prescindió de ellos y, en el otoño del año 304, reunió el concilio que debía juzgar la causa de Atanasio. La mala fe de los eusebianos quedaba de manifiesto con su ausencia. Pero Atanasio, que se hallaba en Roma desde hacía dieciocho meses, reunía en favor suyo todos los testimonios: el de los obispos de Egipto, el de los sacerdotes y diá­conos de Alejandría y, sobre todo, el de su gran santidad, su heroica tran­quilidad en medio de las persecuciones y su celo en defender la ortodoxia. Su inocencia quedó unánimemente reconocida. El Papa, su único sostén, con su autoridad suprema le confirmó en la sede de Alejandría y escribió a los obispos eusebianos una larga carta impregnada de honda tristeza y de apostólica caridad.

Restableció al propio tiempo en sus Iglesias a algunos perseguidos y a gran número de obispos de Tracia, de Siria, de Fenicia y de Palestina, que habían reclamado la protección del obispo de Roma por haber sido arrojados injustamente de sus sillas.

La carta escrita por San Julio I a los obispos eusebianos, uno de los más preciosos documentos de la antigüedad eclesiástica, hace resaltar brillantemente las cualidades eminentes de ese gran Papa, su caridad llena de dulzura para con los adversarios de Atanasio, su firmeza inflexible en la defensa de los derechos de la Iglesia y de la inocencia oprimida y su celo por atraer a los disidentes al centro de la verdad. Dice así:

—He leído la carta que me han traído mis sacerdotes Elpidio y Filoxeno y estoy maravillado de que, habiéndoos escrito con caridad y sencillez de corazón, me hayáis contestado con espíritu agresivo y de manera inconveniente… Cuando la leí ante los nuestros, os confieso sinceramente que no querían creer la hubieseis escrito vosotros.

Y en lo tocante a la causa de Atanasio y demás obispos perseguidos, se explica del siguiente modo:

—Decís que Marcelo y Atanasio fueron depuestos. Si había algo que reprocharles, era preciso enjuiciarlos conforme a las reglas establecidas por la Iglesia… Debíais habernos comunicado a todos lo que les achacabais, para que entre todos, una vez estudiado el asunto sin apasionamientos, hubiésemos decidido lo que fuera justo. Porque se trataba de obispos, y de obispos cuyas Iglesias no son ordinarias, sino las mismas fundadas por los Apóstoles. Y particularmente más ¿por qué no nos habéis consultado en el asunto de la Iglesia de Alejandría? ¿Ignoráis que en tales casos es lo establecido que se nos escriba, y que de aquí deben salir siempre las decisiones?… Y cuando de nada se nos ha informado y después que habéis obrado a vuestro antojo, pretendéis que aprobemos cuanto ha pasado.

Tal proceder no está conforme ni con las ordenanzas de Pablo ni con la tradición de los Padres. Vuestra conducta es una innovación extraña… En cuanto a mí, os repito lo que fue enseñado por el bienaventurado Após­tol Pedro, y esas cosas son tan conocidas de todos, que sin lo ocurrido las hubiera omitido.

Esta notabilísima carta no conmovió el corazón de los eusebianos, que continuaron haciendo alarde de su poder por el apoyo que recibían del emperador.

En Oriente, los arrianos deponían a su antojo a los obispos ortodoxos, imponían a las Iglesias obispos herejes y empleaban para entronizarlos toda clase de violencias.

El mismo emperador Constancio II, su protector, se inquietó de tales audacias. Por eso acordó con verdadero placer la proposición que le hizo el Papa Julio I, de acuerdo con el emperador de Occidente, Constante, hermano de Cons­tancio II, de convocar un Concilio que pusiera término a tales desórdenes. Eligieron como lugar de reunión la ciudad de Sardica (hoy Sofía, en Bul­garia), situada en el límite de los dos imperios de Oriente y Occidente.

En el año 343, convocó el Papa a todos los obispos al Concilio, excusándose él de asistir por requerir su presencia en Roma las necesidades de la Iglesia, pero se hizo representar en el Concilio por el gran Osio de Córdoba, que ya había presidido el Concilio de Nicea en el año 325, y por otros tres legados, los sacerdotes Arquídamo y Filoscena y el diácono León.

Creyose por un momento que iban a repetirse las escenas imponentes de Nicea. Afluían los obispos de más de 35 provincias y llegaron a contar­se 170, de los cuales eran 94 occidentales y 76 orientales; en minoría, por lo tanto, pero reforzados por un conde y un oficial de la casa militar del emperador.

El grupo de prelados eusebianos intentó, según costumbre, suscitar dificultades. Ya antes de llegar a Sardica habían presentado mil quejas y recriminaciones. «¿Para qué semejante movimiento? ¿Para qué obligar a los obispos a abandonar el cuidado de su grey y su deber de predicar el Evangelio? ¿Para qué imponer a tantos ancianos tan largo y penoso viaje?» Éstas y otras preguntas demostraban la mala voluntad con que acudían a un Concilio que presumían iba a serles desfavorable. Sólo se pusieron en camino ante el mandato formal de su amo, el emperador Constancio II.

Pero en cuanto llegaron a Sradica mostraron su carácter rebelde. Encerráronse en un palacio y comunicaron su decisión de no asistir a la asam­blea si antes no eran expulsados de ella Atanasio y los demás obispos por ellos depuestos. Era natural que los obispos ortodoxos no accedieran a tan exorbitantes pretensiones. Ya era mucho acceder a que se volviese a juzgar a unos obispos declarados inocentes por el mismo Papa. Negáronse, por lo tanto, de una manera rotunda a aquellas imposiciones, pero durante varios días enviaron delegados al palacio de los eusebianos para llegar a un arreglo. Se humillaron hasta hacerles verdaderas súplicas. Todo fue inútil ante la terquedad de aquellos soberbios, que, por fin, a merced de la noche y con el pretexto de que el emperador de Oriente acababa de ob­tener una brillante victoria sobre los persas, abandonaron su palacio sin dar notificación alguna a los obispos ortodoxos.

La deserción de los eusebianos no fue obstáculo para que el Concilio celebrase sus sesiones en nombre del Papa. Fueron todas ellas muy fructuosas. Por segunda vez se proclamó la inocencia de Atanasio y de Marcelo de Ancira y recayó nueva condenación sobre los arrianos. Todos los obispos intrusos quedaron despojados de la dignidad que habían usurpado e incurrieron en anatema. Se redactaron veinticuatro cánones dis­ciplinarios. La Asamblea prestó rendido homenaje al Soberano Pontífice, presentando a su aprobación las decisiones tomadas, «como conviene a los sacerdotes con relación a la silla del Apóstol Pedro», escribió algunos años más tarde el gran San Hilario.

El Concilio declaró, además, en términos formales que «parece excelente y de un todo conforme con la justicia que los sacerdotes de cualquiera y de cada una de las provincias recurran a la cabeza, es decir, a la sede del Apóstol Pedro».

Así se afirmaba con solemnes decisiones la preeminencia de la Sede Apostólica.

Los fugitivos resolvieron detenerse a unas veinte leguas de Sárdica, en Filipópolis de Tracia, y oponer tribunal a tribunal y Concilio a Concilio. Desde allí lanzaron la excomunión contra todos los defensores de Atanasio, sin exceptuar al obispo de Roma, aunque protestando al propio tiempo de que deseaban ver realizada la unidad de la Iglesia.

Aquellas excomuniones no tuvieron efecto ninguno y Atanasio, por expreso deseo del Papa y del Concilio, retornó a su silla patriarcal de Alejandría.

Antes de regresar triunfante a Alejandría, el Patriarca, por un impulso de agradecimiento, quiso ir a Roma para demostrárselo al Jefe augusto de la Iglesia. Aquella visita fue para Julio I motivo de grande alegría, como lo manifestó en la carta que en el año 346 escribió a los alejandrinos para comunicarles sus entusiasmos y sus esperanzas.

—Vuestro obispo Atanasio es un verdadero confesor de la Fe. Acogedlo con santo orgullo y con el mayor gozo según Dios, a él y a cuantos han compartido sus padecimientos. Para mí es de gran consuelo el representarme en espíritu la vuelta de mi hermano a su sede, vuestra dicha, la piedad filial del pueblo que acude a su encuentro y la alegría de cuantos de todas partes se dan cita para recibirle. Participamos de antemano de vuestras alegrías tanto más vivamente cuanto que Dios nos ha concedido la gracia de conocer más íntimamente a tan gran hombre.

Fácilmente se concibe la conmovedora escena desarrollada en el palacio de Letrán en el momento de la despedida. El Papa y el Patriarca se abra­zaron larga y tiernamente. Sus almas tan íntimamente compenetradas, no podían separarse sin desgarramiento: ambos a dos vertieron lágrimas, pues la amistad de los Santos es sincera y, aunque resignada, la necesidad de separarse es dolorosa.

En el Liber Pontificalis se da cuenta sin pormenor ninguno de un destierro de Julio I. No quiso Dios, privar a tan preclaro Pontífice de esa otra gloria, la más preciada de los Santos, la gloria del su­frimiento. Entregó su alma a Dios el 12 de abril del año 352. Primeramente fue enterrado en la basílica que él mismo había hecho construir en el ce­menterio de San Calepodio; más tarde trasladaron su cuerpo a Santa María del Trastévere y actualmente descansa bajo el altar mayor de esta ba­sílica, que llevó mucho tiempo su nombre en recuerdo de los embellecimientos que en la misma había mandado hacer.

Según cuentan, hizo colocar en ella muchas imágenes de mártires. De este modo, el culto de las santas imágenes, tan antiguo como el cristianismo, recibió gran acrecentamiento en el pontificado de San Julio I. Gracias a sus cuidados fueron construidos y decorados varios otros monumentos. Po­demos citar la basílica de los doce Apóstoles y la de San Félix. Abrió tres nuevos cementerios o catacumbas, principalmente el de San Valentín en la vía Flaminia.

Oración:

¡Aleluya! El señor mi Dios está aquí.

¡Gracias! Señor por todas tus bendiciones.

San Julio. Ruega por mi.

San Julio. Ruega por mi.

San Julio. Ruega por mi.