FRAILE.

PATRÓN del Reino de Valencia.

Festividad: 5 de Abril.

La nobilísima ciudad de Valencia, cabeza del Reino del mismo nombre, fue cuna del glorioso San Vicente Ferrer, luz y espejo de predica­dores, gloria de las Españas y ornamento de la Patria. Sus padres, de la antigua familia de los Ferreres, eran nobles según la carne, pero mucho más ilustres por sus cristianas y loables costumbres: porque entre las otras muchas virtudes que tuvieron, eran muy benignos y misericordiosos y al cabo del año daban a los pobres todo lo que les sobraba de su honesto sustento.

Su padre se llamaba Guillermo y su madre Constancia Miguel, la cual, antes de que naciese Vicente, que fue a los 23 de enero del año de 1350, tuvo señales de que había de dar a luz un niño que sería de la Orden de Santo Domingo, y con su predicación alumbraría al mundo; porque oyó algunas veces ladridos como de algún perrillo dentro de sus entrañas y, comunicando esto con el arzobispo de Valencia, que era pariente suyo, le dijo que sin duda el niño que de ella iba a nacer sería gran predicador y pregonero de Jesucristo, que con sus ladridos espantaría los lobos de su ganado; y así el Santo solía decir: «Ya veis lo que soy: un perro que corre por el mundo la­drando contra los lobos infernales; y por cierto que es para mí muy grande honra el ser perrillo del Señor.

Desde su niñez fue muy agraciado y tan afable que todos los que le miraban se le aficionaban. Comenzó a aprender las primeras letras, y a la edad de diez años aventajaba a sus condiscípulos y sabía más que todos ellos y, como quien se ensayaba para lo que después había de ser, algunas veces juntaba a varios muchachos de su edad y les decía: «Oídme, niños y juzgad si soy buen predicador»; y, haciendo la señal de la cruz en la frente, refería algunas razones de las que había oído a predicadores en Valencia, imitando la voz y los meneos de ellos tan vivamente que dejaba admirados a los que le oían.

Estudió Gramática, Lógica y Teología y con su agudo ingenio, feliz memoria y perseverancia en los estudios alcanzó gran ciencia y fama. Cuando en los sermones oía nombrar a la sacratísima Virgen María, se regalaba y regocijaba mucho, y decía que era buen predicador el que hablaba de las excelencias de Nuestra Señora, y así él no predicó luego ningún sermón que no empezase con el Avemaria.

En llegando a la edad de dieciocho años, y considerando la vanidad, mutabilidad y peligros de las cosas del mundo y los lazos que el demonio tiene armados en todas ellas, determinó darles libelo de re­pudio y abrazarse con Jesucristo crucificado. Fuese al convento de los Pa­dres Dominicos de Valencia y el prior y demás Padres le recibieron con extraordinario contento y alegría; diéronle el hábito y él lo tomó con gran devoción y ternura como quien sabía lo que tomaba y conocía el tesoro in­estimable que está escondido debajo del pobre hábito de la Religión.

Luego se puso a leer con atención la vida de su padre Santo Domingo, para tomarle por dechado e imitarle en todo lo que él pudiese. Ocupábase en todas las obras de humildad, maceraba su carne con ayunos y penitencias y su vida era un perfecto retrato de la vida religiosa.

Acabado el noviciado, le encomendaron los superiores que leyese un curso de Lógica a algunos religiosos del convento y a los que venían de fuera a oírle, lo cual hizo con rara modestia y virtud. Después le enviaron a los conventos de Barcelona y de Lérida, donde había famosos letrados de la Orden, para que tratase con ellos y, siendo de edad de veintiocho años, le graduaron de Maestro en Teología en la universidad de Lérida.

Volvió a Valencia donde fue recibido con gran regocijo de toda la ciudad y, a ruegos del arzobispo y del pueblo, comenzó a predicar la palabra de Dios con grandísimo aprovechamiento de todos y autoridad suya y de su Religión, porque en toda Valencia a él sólo llamaban el docto, el santo y siervo fidelísimo de Jesucristo; y lo era tan de veras que en sus sermones nunca se buscaba a sí, ni el aplauso y aura popular, sino sólo la gloria del Señor y el bien de las almas, y su objeto no era deleitar, ni enternecer, ni mover a admiración a los oyentes, sino quebrantar los corazones duros, compun­girlos e inflamarlos en el amor de Dios.

Temiendo el enemigo del linaje humano la vida santa y la predicación tan fervorosa y provechosa de San Vicente, determinó derribarle si pudiese y hacerle caer en algún pecado grave e infame. Para ello, estando el Santo haciendo oración una noche se le apareció el demonio en figura de venerable ermitaño con barba negra y larguísima. Parecía en su aspecto un San Antonio Abad, o un San Pablo, primer ermitaño, o uno de aquellos santos monjes del yermo. «Oye, Vicente—le dijo—; yo soy uno de aquellos antiguos solitarios de Egipto y, a pesar de haber sido en mi mocedad muy des­enfrenado y disoluto, después hice penitencia y el Señor me dio el premio de la vida eterna. Ahora, si quieres seguir mis consejos, te diré que no te mates ni aflijas tanto con los ayunos y penitencias, sino que dejes eso para la vejez, y mientras eres mozo te huelgues y entretengas en los gustos de esta vida.» Entendió el Santo que aquel no era ermitaño venido del cielo, sino demonio con máscara de ermitaño y, haciendo la señal de la cruz, le rechazó.

Otra noche, estando orando delante de un crucifijo, se le puso ante sí el demonio en figura de un negro de Etiopía, grande y feísimo, y le dijo: «No te dejaré de perseguir hasta que caigas torpemente y quedes vencido.»

Otra vez, leyendo el libro admirable que escribió San Jerónimo acerca de la perpetua virginidad de Nuestra Señora, oyó una voz que le dijo: «No da Dios a todos esa gracia, ni tampoco tú la alcanzarás, antes la perderás muy presto.»

Mas como el demonio vio que por sí mismo en tantos combates y peleas no le había podido vencer ni derribar, pensó poderlo hacer más fácilmente por medio de algunas mujeres perdidas, y en particular de una, noble, her­mosa y atrevida, la cual, instigada del demonio, usó de toda suerte de as­tucias para provocar al Santo. Pero el Señor permitió que entrase el demonio en el cuerpo de aquella miserable, haciéndole dar grandes voces. Los criados y la gente de casa acudieron para saber la causa y hallaron que estaba en­demoniada; llamaron a sacerdotes y exorcistas, pero nada pudieron, porque todas las veces que le conjuraban, respondía el demonio: «No saldré de este cuerpo hasta que venga a echarme de él aquel que estando en el fuego no pudo ser quemado.» Rogaron al Santo que fuese a verla, y, en entrando Vi­cente en el aposento donde estaba la mujer, el demonio dio un grande ala­rido y dijo: «Éste es el hombre que no se quemó en medio de las llamas; ya no puedo estar más aquí.» Y diciendo esto se partió dejando medio muerta a la mujer.

Los milagros que el Señor obró por San Vicente fueron tantos que Pedro Ranzano, fraile de su Orden que escribió su vida en cinco libros, dice que fueron más de ochocientos sesenta los que se sacaron de solos cuatro procesos. Estando predicando en la villa de Morella, resucitó a un niño que había sido hecho pedazos por su madre, mujer lunática que a tiempos perdía el juicio y se embravecía.

En la bula de su canonización, el Papa Pío II que la despachó, dice estas palabras: «La divina virtud hizo por él muchos milagros para confirmación de su predicación y vida… Porque a muchos demonios echó de los cuerpos humanos, a muchos sordos hizo oír, y a muchos mudos, hablar; alumbró ciegos, limpió leprosos, resucitó muertos y dio salud a otros que estaban afligidos con muchas enfermedades.»

Teníanle todos por hombre alumbrado de Dios e ilustrado con revelaciones, y por profeta, que con luz divina veía las cosas ausentes o futuras como si las tuviera presentes y delante de los ojos. Una vez, predicando en Zaragoza, comenzó a llorar amargamente, y de allí a poco se enjugó los ojos y calló, y después de haberse sosegado, dijo que en aquella hora había expirado en Valencia su madre: y poco después se supo ser verdad su muerte.

Otra vez, predicando en Barcelona en tiempo de grandísima hambre, estando la gente muy afligida y sin esperanza de remedio, les dijo que se alegrasen, porque antes de la noche llegarían al puerto naves cargadas de trigo con que se remediaría su necesidad, y así fue.

Por entonces permitió Dios nuestro Señor un lastimoso cisma en la Iglesia. Había tres Papas, y cada uno tenía diversos reinos y provincias que le obedecían. Entendiendo San Vicente que don Pedro de Luna, que era uno de los tres, y se llamaba Benedicto XIII, tenía mejor derecho y era el verdadero y legítimo Papa, aconsejó al Rey don Fernando de Aragón que le prestase la obediencia, lo cual hizo, lo mismo que el Rey de Castilla.

Pero como el derecho que cada uno de los Papas alegaba en su favor fuese oscuro y muy enmarañado y dudoso, para acabar un cisma tan prolijo, peligroso y pernicioso, se tomó por medio que cada uno de los tres Papas renunciase al sumo pontificado y que se eligiese un nuevo Pontífice que fuese cabeza y pastor universal en toda la Iglesia, y ella le reconociese por tal.

Lo hicieron Gregorio XII y Juan XXIII en el concilio de Constanza; pero Benedicto XIII nunca lo quiso hacer por mucho que el emperador de Alemania y el Rey de Aragón en persona y otros príncipes y embajadores se lo rogaron. Entonces San Vicente aconsejó al Rey don Fernando que quitase la obediencia a Benedicto por su contumacia y rebeldía; y así lo hizo, porque la autoridad del Santo bastó para que le diese la obediencia y para que se la quitase. El Concilio de Constanza recibió carta de San Vicente Ferrer y Santa Coleta y eligió por sumo pontífice a Martín V, que fue excelente Papa.

En el mismo Concilio hubo grandes disputas y debates sobre ciertas cosas muy importantes y dificultosas, y no pudiéndose averiguar lo que en ellas se había de hacer por ser muchos y contrarios los pareceres, determinó el Concilio de consultarlas con San Vicente, que a la sazón predicaba en Borgoña; y para esto se envió al cardenal Pedro Aníbal, acompañado de dos teólogos y otros dos canonistas para saber del Santo lo que le parecía que se debía hacer. Él, como humilde, se corrió de tan solemne embajada, y resolvió con la luz que tenía del cielo lo que se le propuso, y con gran felicidad desmarañó las dificultades que tantos y tan doctos letrados no habían podido entender y declarar.

Predicó San Vicente no solamente en Valencia, sino también en los otros Reinos de las Españas y en Francia, Inglaterra, Escocia, Irlanda, Piamonte, Lombardía y buena parte de Italia, con extraordinario y maravilloso fruto de las almas.

En las Españas convirtió a la Fe de Cristo a más de veinticinco mil judíos y dieciocho mil moros, de los que en aquel tiempo vivían en ellas. Algunas veces, estando predicando, tenía revelación de Dios que habían de venir a oírle, y él se paraba como arrobado en el púlpito, aguardándolos, mientras el auditorio, maravillado, esperaba sin saber la causa de aquel silencio y suspensión.

La misma forma y traza de su predicar era rara y a propósito para mover al auditorio. Al principio de su predicación exhortaba a la penitencia. Después combatía algún vicio y pecado, declarando su fealdad con tan gran enca­recimiento y sentimiento, que él mismo se enternecía y lloraba y hacía llorar a los demás, especialmente a los que estaban afectados de aquel vicio. Acon­teciole alguna vez predicar del Juicio Final con tanta fuerza y vehemencia, que muchos de los pecadores allí presentes se postraron en tierra y con grandes lágrimas confesaron públicamente sus pecados y pidieron perdón de ellos.

Muchos de los que se convertían le seguían de pueblo en pueblo disciplinándose terriblemente en satisfacción de sus pecados; y eran tantos los disciplinantes que había tiendas de disciplinas, como si fuera feria de azotes, y se disciplinaban con tanto rigor, que se hallaban en sus ropas pedazos grandes de carne. Este espectáculo, que era muy ordinario, movía a los demás y los dejaba compungidos y llorosos y deseosos de imitar aquella rigurosa penitencia, o a lo menos la enmienda de la vida.

No solamente tenía San Vicente cuidado de enseñar y reformar a los hombres doctos y letrados, sino también de instruir y catequizar a los niños acerca de la señal de la cruz, del Padrenuestro, Avemaria, Credo, Salve, Yo pecador, invocación de los nombres de Jesús y María, necesidad de la oración, de oír misa, etc.

Diole el Señor entendimiento despierto, agudo ingenio, rara memoria, singular doctrina, conocimiento e inteligencia de la Sagrada Escritura, voz fuerte, blanda, sonora y penetrante, y todos los talentos y requisitos para que pudiera ejercer bien su oficio de predicador.

Pero aunque estos dones naturales eran tantos y tan grandes, no fueran tan eficaces ni tan fructuosos de no ir acompañados con una singular gracia del Señor, que resplandecía admirablemente en su vida; porque andando tantos caminos como anduvo, por espacio de tantos años, no perdió un punto de su Religión. Era amigo de la santa pobreza, no tenía sino un hábito, un escapulario y una capa de paño basto, ni llevaba consigo sino un breviario y una Biblia. Durante cuarenta años ayunó cada día, excepto los domin­gos; dormía sobre sarmientos y desde mozo se disciplinaba cada noche. Andaba siempre a pie, hasta que estando después malo de una pierna, iba a caballo en un jumentillo.

Comúnmente guardaba este orden y distribución en su vida: Daba a su fatigado cuerpo un poco de reposo y todo el resto de la noche la gastaba en estudio, oración y contemplación. A la mañana iba al lugar donde había de predicar, y allí, después de haberse confesado, él mismo cantaba la misa con gran solemnidad y aparato y órganos que llevaba consigo; porque todo esto le parecía que despertaba la devoción y disponía y ablandaba los ánimos de los oyentes para estampar en ellos más fácilmente la doctrina evangélica.

La vida de San Vicente era vida apostólica y que movía a los oyentes más que sus palabras, y Dios nuestro Señor, con algunos prodigios divinos le hacía más admirable, porque predicando en las plazas y en los campos a innumerable gente, todos oían lo que decía, así los que estaban lejos como los que estaban cerca; y, predicando en lengua valenciana a personas de diferentes naciones y lenguas, le entendían como si predicara en su propio idioma.

Mas con haber tenido el glorioso San Vicente tan próspero curso en la navegación de su predicación, no le faltaron borrascas y contrariedades; porque el demonio por sí mismo y por sus aliados y ministros procuraba turbar la mar y desasosegar al Santo para que no navegase con tan favorables vientos. Estando predicando en Murcia a poco menos de diez mil personas, se vieron venir por una calle tres caballos desbocados y muy furiosos, relinchando y echando humo por las narices, que iban a precipitarse sobre la gente que oía el sermón, la cual, asustada y llena de pavor quería huir; mas el Santo la detuvo diciéndoles que hiciesen la señal de la cruz y aquellos demonios desaparecerían, y así fue, en efecto.

Otra vez, un jumento estaba paciendo allí cerca de donde el Santo predicaba e, instigándole el demonio, comenzó a rebuznar tantas veces y tan fuertemente, que no podía la gente oír el sermón. Mandole San Vicente que callase, y el demonio quedó corrido y obedeció.

Habiendo este predicador insigne sembrado la semilla del cielo en tantas y tan diversas provincias y reinos, fue a una provincia de Francia, que llaman Bretaña, para ilustrarla con sus luces y arran­car de ella las espinas y malas hierbas de vicios, y plantar, como buen hortelano, el germen de las virtudes.

Hallábase ya muy cansado de los muchos trabajos de tantos años, y debilitado con sus continuos ayunos y penitencias, pero no por esto dejaba de ayunar y predicar; y era cosa maravillosa ver que antes que subiese al púlpito, apenas se podía mover y, en subiendo y comenzando a predicar, lo hacía con tanta fuerza como cuando mozo.

Aconsejáronle y rogáronle mucho sus compañeros que se volviese a Valencia para acabar en ella sus días, y como el Santo era benigno y suave de condición, condescendió con ellos, y se partió de noche para España. Pero a la mañana, cuando pensó haber andado algunas leguas, se halló a la puerta de la misma ciudad de Vannes. Entendió que el Señor quería que muriese allí, y así lo dijo a los que le acompañaban.

Entró en la ciudad y al cabo de pocos días le dio una calentura muy recia. Y aunque él estaba aparejado y toda su vida había sido una continua meditación de la muerte, todavía hizo confesión general con un fraile de su Orden y recibió la indulgencia plenaria que el Sumo Pontífice Martín V para aquella hora le había concedido. Después, habiendo cumplido con el obispo, magistrado y gente principal de la ciudad, que con gran sentimiento habían venido a visitarle, y encargádoles que recordasen y guardasen fielmente lo que él en aquellos dos postreros años les había enseñado -porque haciéndolo así, él desde el cielo les ayudaría con sus oraciones, y Dios los favorecería—, mandó que cerrasen las puertas para que los muchachos que venían a tomar su bendición no interrumpiesen su trato con Dios, ni tur­basen la paz y quietud de su alma; porque quería gastar aquellos últimos días de su enfermedad en entretenerse con su Amado. Así lo hacía, es­tando absorto y como arrebatado en la contemplación del sumo bien y an­helando aquella Patria, para la cual él había caminado con acelerado paso que a tan grandes jornadas.

Finalmente, habiendo recibido los santos Sacramentos, con alegría exterior más que humana dio su espíritu al Señor, a los 5 de abril del año del señor de 1419. Su cuerpo fue enterrado en la iglesia mayor, estando presentes el duque de Bretaña y otros muchos señores y príncipes, y tan grande con­curso de gente que por espacio de tres días no se le pudo sepultar.

Después de muerto hizo Dios tantos y tan grandes milagros por intercesión del Santo como los había hecho estando en vida. El agua con que lavaron su sagrado cadáver dio salud a muchos enfermos, y el colchón en que murió, sanó de calenturas y otras enfermedades a más de cuatrocientos que se echaron con devoción sobre él.

San Vicente Ferrer fue canonizado por el papa Calixto III, a los 29 de junio del año de 1455, cumpliéndose con ello la profecía del Santo, el cual, siendo todavía niño aquel sumo Pontífice, en tres ocasiones se paró delante de él diciendo: «Éste me canoniza».

La Iglesia trae y celebra su festividad a los 5 del mes de abril; pero en la archidiócesis de Valencia la fiesta de San Vicente Ferrer es de precepto y se celebra con gran solemnidad el lunes después de Cuasimodo.

Oración:

¡Amantísimo Padre y Protector mío, San Vicente Ferrer! Alcánzame una fe viva y sincera para valorar debidamente las cosas divinas, rectitud y pureza de costumbres como la que tú predicabas, y caridad ardiente para amar a Dios y al prójimo. Tú, que nunca dejaste sin consuelo a los que confían en ti, no me olvides en mis tribulaciones. Dame la salud del alma y la salud del cuerpo. Remedia todos mis males. Y dame la perseverancia en el bien para que pueda acompañarte en la gloria por toda la eternidad. Amén.