Foto: El Periódico de Aragón

¡MANOS A LA OBRA¡

 

“…, una manu sua faciebat opus et altera tenebat gladium” (Neh. 4, 11)

 

En esta recién estrenada andadura de nuestra web, queremos dejar claros, ante todo, nuestros propósitos, nuestras metas u objetivos. Puesto que estamos tratando de movilizar conciencias, voluntades, para lograrlo tendremos que exponer qué fines perseguimos desde esta, hoy por hoy, modestísima tribuna. Y en este sentido, importa, y mucho, apuntar bien desde el primer momento.

Es indudable que adoptar una actitud contracorriente lleva consigo la denuncia del error, de las claudicaciones y del derrumbe moral que padece la sociedad en que vivimos. Ante los sofismas hay que reaccionar, poniendo de manifiesto su falsedad, la hipocresía que implican, la falta de honradez intelectual que ponen de manifiesto. Se trata de actuaciones necesarias, pero no son suficientes. Sólo cobrarán sentido de cara a la labor arquitectónica, propiamente constructiva, restauradora de los principios de la sabiduría perenne a la altura de nuestro tiempo.

La tradición no es, para nosotros, sino la continuidad perfectiva, el progreso hereditario y, por tanto, una realidad intrínsecamente dinámica. En consecuencia, nuestro objetivo consiste en reanudar el curso de nuestra tradición histórica, no en volver a un statu quo característico de épocas pasadas. Recuperar la senda perdida, pero a la altura del camino que llevamos recorrido, sin tratar de regresar a encrucijadas del pasado, corrigiendo el rumbo a partir del lugar donde nos encontramos. Nos vemos extraviados y queremos, ante todo, volver a encontrar, siquiera sea atravesando la espesura del campo a través, el camino real.

Vamos concretando. No basta con denunciar cómo las libertades humanas fundamentales perecen a manos de la abstracta e inhumana libertad revolucionaria, es preciso además explicar detalladamente cómo se articula un sistema social de libertades concretas en el que el ser humano y las diversas comunidades en las que se desenvuelve naturalmente su existencia hallan un espacio de desarrollo amparado y tutelado por las autoridades que rigen orgánicamente a cada nivel y sector.

La democracia tiene como significado funcional el servicio al bien común. Por tanto, repudiamos la democracia estadística, que dice servir al interés general, configurado a partir del equilibrio mecánico de fuerzas de los grupos de interés. Para nosotros la democracia es un contenido, no una mera forma, a lograr en el ejercicio del poder político a los distintos niveles. La democracia es, por tanto, un objetivo, un resultado, y no estamos dispuestos a aceptar que se esgrima como origen o fundamento, como patente de corso para el ejercicio arbitrario de las potestades públicas. Tendremos pues que explicar cómo puede articularse esa política de orientación democrática, esto es, dirigida a la consecución del bien de todo el pueblo, de la nación tal y como históricamente está constituida. Y eso nos lleva a hablar de las instituciones políticas de representación popular, que precisamente han de responder a esa realidad natural de convivencia y de labor común cotidiana, y no tanto a las ideologías propugnadas por los partidos políticos y a las luchas encarnizadas por el poder que tienen lugar entre éstos. Por tanto, he ahí otra línea decisiva de trabajo a desarrollar, la configuración de auténticas instituciones representativas en la sociedad española del siglo XXI.

Inmediatamente a continuación, pensemos en las relaciones sociales que plantea la economía en general y el mundo del trabajo en particular. Repudiamos la economía especulativa, no regulada, fundamentada en el círculo ciego y vicioso constituido a partir exclusivamente de la producción y el consumo. Si queremos un orden económico diferente, condiciones de trabajo dignas para todos y, en definitiva, un estado de cosas que responda a las exigencias de la justicia distributiva, tenemos que plantear modelos y paradigmas distintos, que resulten viables, sostenibles, claro está, pero sin renunciar por eso mismo a satisfacer esas exigencias ineludibles de justicia.

A título meramente ejemplificativo, concluyo con otra referencia a una cuestión que a muchos se les antojará baladí, pero que no lo es si se capta en todo su alcance y trascendencia. El pensamiento político tradicional en España es monárquico. Sin embargo, pensamos que la sedicente monarquía parlamentaria actual no llega siquiera a ser un trasunto de la institución monárquica auténtica, legítima, sino que constituye, de hecho, su suplantación fraudulenta, su completa desnaturalización. ¿Creemos de verdad que la monarquía es la forma política que conviene a España? ¿Por qué? ¿Qué respuesta vamos a dar a los problemas que plantea actualmente su vigencia real en España? ¿Cómo vamos a restablecer esta institución, de forma que queden garantizadas sus propiedades esenciales de unidad, continuidad, imparcialidad, responsabilidad y legitimidad? En concreto, ¿cómo podemos hacer realidad, aquí y ahora, una institución de estas características, ante el fenómeno de la defección generalizada de la realeza?

 

JAVIER AMO PRIETO