A ésos contra los que se lanza el anatema de negacionistas climáticos se les acusa de ignorantes, de legos en ciencia, de terraplanistas, de irracionales, de fanáticos, cuando de lo que no se cansan es precisamente de esgrimir datos y argumentos científicos. Son muchos los científicos de todas las ramas —climatólogos, meteorólogos, oceanógrafos, geólogos, astrofísicos, hidrólogos, glaciólogos, dendrólogos, limnólogos, botánicos, físicos, biólogos— que no comparten los dogmas del cambio climático, esos dogmas que conforman el denominado consenso científico.
Hace unos años se fundó el Grupo de Inteligencia Climática Global (CLINTEL), respaldado por más de mil setecientos científicos de todo el mundo que proclaman que «no hay ninguna emergencia climática. Por lo tanto, no hay motivo de pánico ni alarma. Nos oponemos firmemente a la dañina y poco realista política neta de CO2 cero propuesta para 2050». Y subrayan la dañina intromisión de la política en los terrenos de la ciencia: «La ciencia del clima debería ser menos política, mientras que las políticas climáticas deberían ser más científicas». Uno de sus firmantes es el premio Nobel de física en 2022 John Clauser, a quien se le ha negado la palabra en el Fondo Monetario Internacional por haber expresado puntos de vista heterodoxos sobre el cambio climático, campo en el que denuncia que «estamos totalmente inundados de pseudociencia». «Tened cuidado —alertó a sus colegas científicos—. Si estáis haciendo buena ciencia, podéis acabar en terrenos políticamente incorrectos”.
Sobre estos y otros científicos, al igual que sobre cualquier otro —profesor, escritor, periodista, político…— que exprese públicamente su pecadora opinión, caerá implacable el linchamiento del rebaño. El prestigio e incluso el puesto de trabajo de quienes de más cerca o de más lejos se ganan la vida con estos asuntos pueden verse seriamente amenazados si no acatan públicamente los dogmas. Cuando algún científico se sale de la fila, instantáneamente le lloverán acusaciones de estar a sueldo de petroleras. Se les atribuirá la idiotez de ir contra eso que se llama consenso científico y contra las conclusiones del sacrosanto Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático de la ONU, por lo que quedarán automáticamente excomulgados. Esto fue lo que le sucedió, por ejemplo, al Colegio de Geólogos de España por publicar en 2022 un estudio que ponía en duda la teoría del cambio climático antropogénico. Otro caso muy representativo fue el de Philippe Verdier, director del servicio de información meteorológica de France 2, despedido en 2015 por haber escrito un libro, Climat Investigation, en el que denunció los vínculos «entre científicos, políticos, lobbies económicos y oenegés ecologistas» y por el que fue acusado de climatoescéptico. «Somos rehenes de un escándalo planetario sobre el cambio climático, una maquinaria bélica cuyo objetivo es tenernos asustados», denunció Verdier.
El pasado mes de septiembre los españoles pudimos contemplar el bochornoso espectáculo dado por nuestras ignorantérrimas señorías en una de sus comisiones parlamentarias. En este caso el técnico protagonista de la sesión fue el geólogo José Antonio Sáenz de Santamaría, director científico del Grupo Español de Materias Primas Estratégicas y Críticas. Ante sus explicaciones, los representantes de la soberanía nacional no supieron reaccionar más que con sonrisitas de superioridad, abandonos indignados de la sala y acusaciones de negacionista de la versión que no se puede dudar y que, por supuesto, ellos secundan con el entusiasmo de quienes saben que les va su inmerecido sueldo en ello. El contraste entre conocimiento e ignorancia, entre razonamiento y fanatismo, fue tal que no cabe otro remedio que preguntarse, una vez más, para qué sirven los cargos electos.
También el papa Francisco se sumó a la legión excomulgadora: en su exhortación apostólica Laudate Deum, de 2023, lamentó que «en los últimos años no han faltado personas que pretendieron burlarse de esta constatación». A esos burlones los acusó de mencionar “supuestos» datos científicamente sólidos, de ser un «ínfimo porcentaje» frente a «una abrumadora mayoría de científicos especializados» y de sostener «opciones despectivas y poco racionales». Y su sucesor en el trono de san Pedro acaba de bendecir un bloque de hielo y ha apelado a una «verdadera conversión ecológica». Muertos los viejos dioses, llegan los nuevos.
Las revistas científicas, incluidas las más prestigiosas, como Nature, rechazan estudios sobre el cambio climático si no coinciden con la verdad oficial. En las universidades se favorecen las investigaciones que contribuyan a aumentar el miedo al calentamiento global, incluso haciendo la vista gorda a que muchos de los datos presentados sean cuestionables o hasta falsos.
Y especialmente significativo es el hecho de que científicos que hace años colaboraron con el panel onusino y que después lo abandonaron por discrepar de sus conclusiones y publicaciones, muchos de ellos entre los más eminentes del mundo, siguen incluidos en la lista de los miembros de ese panel. Así se consigue ese consenso aplastante tras el que se parapetan los calentólogos y que sirve para ridiculizar y amordazar a los escépticos.
Eppur si muove.
Jesús Laínz
