El argumento central de la tesis del calentamiento antropogénico consiste en acusar al dióxido de carbono (CO2) de ser el gas de efecto invernadero que lo provoca. Además, se añade que la principal causante de dicho gas es la actividad industrial del ser humano.

El CO2 representa el 0,04% de la atmósfera, dato que los portavoces calentólogos han demostrado ignorar en numerosas ocasiones al ser preguntados por ello en debates en los que suelen quedarse con el culo al aire. La aportación de la actividad humana asciende al 3%, mientras que el 97% restante lo producen, en su gran mayoría, los océanos, seguidos de lejos por los volcanes y la respiración de los animales. Los volcanes producen más CO2 que todas las industrias y coches del mundo juntos. Los animales y las bacterias producen alrededor de veinte veces más que los hombres, así como las plantas. Pero la mayor fuente de CO2 son los océanos. Por lo tanto, aun en el improbable caso de conseguir poner a todos los países del mundo de acuerdo, disminuir el CO2 emitido por el hombre es irrelevante. Además, no hay que perder de vista que el CO2 es imprescindible para el crecimiento de las plantas. Su aumento registrado en las últimas décadas ha sido paralelo al aumento de la cubierta vegetal en todo el mundo, según se ha podido constatar gracias a las imagenes de los satélites. Sin CO2 no habría vida.

Mucho más influyente que el CO2 es el vapor de agua, provocado, naturalmente, por el calor del sol. Porque el principal agente influyente en el clima terráqueo es el astro rey, como puede comprender cualquiera que se pregunte por qué pasa calor en verano y frío en invierno. El calentamiento lo produce la actividad solar, que aumenta la cantidad de vapor de agua, principal gas (95%) provocador del efecto invernadero. Pero como de la actividad solar no se les puede echar la culpa a los seres humanos, hay que cargarle con el mochuelo al CO2.

Sin embargo, los datos de todas las ramas científicas que han investigado los cambios climáticos desde hace millones de años desmienten su culpa. Por ejemplo, la temperatura de la Tierra ascendió entre 1900 y 1940, cuando la industrialización era todavía débil puesto que la economía de la gran mayoría de los países del mundo era principalmente agraria. A partir de 1940, y hasta aproximadamente 1975, las temperaturas bajaron ininterrumpidamente, precisamente en el momento en el que se produjo una enorme industrialización en casi todo el mundo. Por lo tanto, si el CO2 de origen industrial es el causante del calentamiento, no se puede explicar ni el ascenso de las temperaturas sin aumento del CO2 ni el descenso con aumento del CO2. Los hechos no encajan con la teoría del calentamiento.

Como explican incansablemente todo tipo de científicos, no hay correlación entre el incremento del CO2 y el de las temperaturas. No hay más que comparar el gráfico del aumento del CO2 en la atmósfera, que muestra una línea ascendente sostenida, con el de las temperaturas medias mundiales, que suben y bajan constantemente, en ocasiones con grandes contrastes. El CO2, suba o baje, provenga o no de la actividad humana, no va a cambiar el clima de la Tierra, del mismo modo que no lo cambió nunca. Y esto se constata no sólo en las últimas décadas, sino desde hace bastante más tiempo. Como han demostrado sobre todo los geólogos y glaciólogos, que analizan datos de muchos miles e incluso millones de años atrás, no es el CO2 el que determina el calentamiento, sino al revés. El CO2 es un producto del calentamiento.

Pero los sostenedores del dogma continúan impertérritos su suicida trayectoria. Mientras Occidente encoge su industria para cumplir los mandatos de la ONU, China, que utiliza más carbón que el resto del mundo junto, no para de construir centrales térmicas.

También se ha dicho que otra de las razones del calentamiento global es la limpieza del aire de una Europa concienciadísima en la que cada día se lanzan menos humos a la atmósfera. Porque cuanto menos contaminado está el aire, mejor llegan los rayos del sol a la superficie y más calientan, mientras que las partículas contaminantes impiden su paso. ¿Pero no habíamos quedado en que fue la revolución industrial la madre de todos nuestros problemas? ¿Habrá que deducir, además, que en el mundo preindustrial, ya fuese hace quinientos, cinco mil o cincuenta mil años, hacía más calor que ahora porque disfrutaban de cielos limpísimos? ¿Tendremos que ponernos todos a quemar neumáticos para evitar el calentamiento?

De vez en cuando se anuncian hallazgos de tramos de calzada, monedas y otros objetos bajo glaciares alpinos en retroceso, lo que demuestra que en tiempos pasados aquellas zonas no estuvieron cubiertas por el hielo. Cuando se señala que este dato no encaja con la tesis oficial del calentamiento antropogénico, la respuesta automática es que, efectivamente, los glaciares van y vienen según las temperaturas suben y bajan, pero que que este caso es distinto porque se trata de un calentamiento provocado por el hombre. Y se acabó la discusión.

Dependiendo de las consecuencias finales de esta absurda historia, nuestros nietos nos maldecirán o se reirán de nosotros, como ha señalado el reputado físico y meteorólogo Richard Linzen: «Lo que sin duda se preguntarán los historiadores futuros es cómo fue posible que una lógica profundamente errónea y oscurecida por una propaganda astuta e implacable permitiera a una coalición de poderosos intereses convencer a casi todo el mundo de que el CO2 procedente de la industria humana era una toxina peligrosa y destructora del planeta. Que el CO2, la vida de las plantas, fuera considerado un veneno mortal se recordará como el mayor engaño de masas de la historia del mundo».

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz