En casi toda Europa, y en la inteligentísima España sobre todo, es más que sabido que Donald Trump es idiota. Y, lógicamente, el muy idiota se ha rodeado de idiotas como él, salidos todos ellos de ese partido de idiotas que ha ganado las elecciones a los sabios demócratas.

Los españoles de izquierdas están tan cargados de odio que no les queda sitio para el desprecio, pero ésos que se llaman de derechas son los que más se ríen de la idiotez de Trump, y aumentan sus risas cada vez que se les pone ante un micrófono para que nadie albergue la menor duda de que a progres no les gana nadie. La derecha española, analfabeta y chabacana como pocas, siempre se ha caracterizado por su nulidad ideológica. Lo único que cuenta para ellos es la contabilidad. Por eso Rajoy y los suyos fueron modelos de gobernantes derechistas, capaces de comprender un balance pero intelectualmente nulos. Y que nadie se esfuerce en intentar sacarles de ahí, porque no están dipuestos a invertir un minuto de su tiempo en informarse y reflexionar.

Además, su miopía política les lleva a creer que un presidente de los USA trabaja solo, como un faraón decidiendo por capricho lo primero que se la pasa por su mayestática cabeza. Pero un presidente estadounidense tiene detrás todo un partido con muchas décadas de trabajo y elaboración ideológica a sus espaldas. ¿O acaso USA es la primera potencia mundial por casualidad? ¿Hay alguien tan necio como para creer que la victoria americana en la Segunda Guerra Mundial, elaboración de la bomba atómica incluida, fue obra individual de Roosevelt? ¿Y la llegada a la luna, mérito personal de Nixon?

En el caso concreto del Partido Republicano, la cantidad y calidad de los pensadores que han elaborado y siguen elaborando las ideas de las que se nutren quienes después llegan a la Casa Blanca es inimaginable para nuestros ilustradísimos derechistas patrios, incapaces de comprender algo más allá de la prensa deportiva.

El vicepresidente Vance, otro idiota para nuestros políticos y opinadores, ya lo demostró en su discurso de Múnich de comienzos de este año al señalar el elefante en la habitación que en la vieja, sabia y experimentada Europa llevan más de medio siglo negándose a ver. Para resumir: que el gran problema de Europa es que, debido a la perversión de las instituciones democráticas y la inmigración extraeuropea, tardará muy pocos años en dejar de ser Europa.

El gobierno de Trump acaba de publicar el informe sobre estrategia de seguridad nacional en el que, en muy pocos párrafos, señala el temor que los americanos tienen de que los países europeos dejen de ser aliados fiables. Y su temor arranca, en primer lugar, del sencillo recuerdo de que USA no es más que una prolongación de Europa. ¿O acaso es una prolongación de Asia o de África? ¿Qué civilización, con todas sus ventajas y todos sus inconvenientes, llevaron a suelo americano los que, siguiendo la estela de las carabelas españolas, fundaron aquel nuevo país? ¿La islámica? ¿La hindú? ¿La china? ¿La etíope? O, para recordar un hecho más reciente y concreto, ¿a qué países une la alianza militar no por casualidad llamada «del Atlántico Norte»?

El análisis de los idiotas de la Casa Blanca no se limita a raspar la superficie, ya suficientemente grave, del estancamiento económico y la impotencia militar, sino que escarba hasta las causas profundas. En primer lugar, constata la paulatina disminución de las libertades políticas en unos países cada día más atenazados por la censura, por unos gobiernos que dan la espalda a sus propios votantes y por una Unión Europea que anula las soberanías nacionales.

Pero el núcleo radiactivo del problema es que la escasez de nacimientos y la inmigración masiva están provocando la «pérdida de las identidades nacionales» y el «borrado de la civilización europea». A todos los progresistas europeos, de izquierdas o derechas, estas palabras les provocarán una mezcla de estupefacción e indignación, lo que prueba el estado terminal de una Europa en la que la mera mención de lo que tiene delante de sus narices se ha convertido en un acto revolucionario.

El idiota de Trump y su tropa de idiotas avisan de que, de seguir así las cosas, no pasarán muchos años antes de que los países europeos se hayan vuelto irreconocibles por haberse convertido en países de mayoría no europea. Y, como consecuencia de ello, temen que sus lazos culturales, sentimentales, políticos y militares con USA dejen de ser fiables.

«Queremos que Europa siga siendo europea y que recupere la confianza en su civilización», resumen los idiotas americanos. Heréticas palabras para unos europeos que, por derrochar sabiduría e inteligencia, llorarán de indignación.

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz