El asunto parece atractivo: campamentos veraniegos para niños entre trece y quince años cuyos principales valores son el euskera, la cultura vasca, la naturaleza y el feminismo. Y para que no falte de nada, agitación antiespañola y algún toque propalestino. Diversión progre garantizada.

Pero había algo más en el simpático albergue juvenil de Bernedo: duchas y dormitorios compartidos para que «si hay algún niño trans, no se sienta categorizade» (sic), cocineros y monitores paseando en pelota… y detalles parecidos. ¿Las justificaciones ideológicas de los organizadores, cuyo proyecto educativo, según explican, se basa en valores transfeministas?: que no creen en la división de géneros, que así se normalizan los cuerpos, se rompen estigmas y los niños se liberan de la vergüenza y la sexualización. Como incentivo, las niñas debían chupar los dedos de los pies a los monitores si querían merendar.

La cosa se filtró a la prensa hace unas semanas porque algunos padres protestaron. Parece razonable, aunque quienes eligen este tipo de compañías para sus vástagos quizá no debieran sorprenderse demasiado.

La asociación organizadora de estos campamentos, en funcionamiento desde el glorioso advenimiento del gobierno regional peneuvista hace cuarenta años, se llama Sarrea Euskal Udaleku Elkartea. Uno de sus directivos, el versolari guipuzcoano Aner Peritz Manterola, escribió el pasado mes de febrero un artículo explicando el trasfondo ideológico de estas actividades pedagógicas. Para resumir: «pensar en identidades desde el nacimiento es patologizante, estigmatizante y queerfóbico»; «debemos estar preparados para que la máquina capitalista heterosexual nos asimile»; «!los sistemas cisheterosexuales naturalizados producen personas, deseos y prácticas cisheterosexuales naturales»; «hemos sufrido una educación y, por qué no decirlo, un adoctrinamiento heterosexual. Ahora queremos usar con vosotros las herramientas aprendidas»; «a la educación heterosexual se le responde con educación transmaribollera»; «no era una broma: queremos mariconizar a vuestros hijos (normalmente no tenemos hijos) para que no los heterosexualicéis como hicisteis con nosotros. No lo conseguisteis del todo. Y nosotros también tenemos títulos de profesor».

Entonces, ¿todo esto de la reivindicación transmaribollera, o como prefieran llamarla, que tan bonita se nos presentaba como un avance de la libertad, no era otra cosa que venganza? Así parecen confirmarlo, por ejemplo, los cánticos que suelen oírse en las concentraciones lgtbetcétera en los Estados Unidos: «We’re here, we’re queer, we’re coming for your children!«. Venimos a por vuestros hijos.

Pero no se trata de nada excepcional ni marginal. La Comisión Europea acaba de presentar hace unos días su Estrategia de Igualdad LGBTIQ+ 2026-2030, consistente en la obligación de los Estados miembros de implantar procedimientos de reconocimiento legal de género basados en la voluntad de cada persona, sin restricciones de edad ni requisitos médicos. O sea, que lo que cada uno desee sustituirá a la realidad como criterio jurídico. Y por supuesto, el plan europeo no se olvida de la financiación de campañas publicitarias y programas escolares para «sensibilizar» a la gente, desde tiernas edades, sobre estos asuntos. La ideología impera sobre los hechos, los dogmas sobre la razón.

El chupamiento de pies podrá ser un detalle desquiciado, pero el sistema está muy bien organizado desde sus más altas esferas. La única escapatoria es poner el sistema patas arriba.

 

Jesús Laínz

Jesús Laínz