Quizás algunas cosas estén cambiando. Todavía no se puede saber si para bien o para mal, ni si el cambio tendrá efectos breves o permanentes. Por ejemplo, Twitter amordazó a todo un presidente de los Estados Unidos en los agitados días de enero de 2021, con unas elecciones controvertidas y un confuso asalto al Capitolio encima de la mesa. Sólo una semana después de la toma de posesión de Joe Biden, la autorizadísima revista Time explicó el acuerdo entre el gran capital, los agitadores sociales y los amos de Internet para evitar la reelección de Trump. Lo que con ello hicieron fue darle en buena medida la razón en sus denuncias por manipulación. Pero saber la verdad cuando ya pasó el momento clave es irrelevante puesto que ya no hay vuelta atrás.
Hace unos meses el dueño de Facebook, Instagram y WhatsApp, Mark Zuckerberg, admitió ante una comisión de investigación de la Cámara de Representantes haber recibido presiones del gobierno Biden para que retirara contenidos críticos con la vacunación: «Nos presionaron muchísimo para que descartáramos cosas que eran honestamente ciertas. Básicamente nos dijeron que todo lo que sostuviera que las vacunas pueden tener efectos secundarios había que eliminarlo». Tras la victoria electoral de Trump, Zuckerberg se apresuró a anunciar cambios para eliminar la censura y garantizar la libertad de expresión siguiendo el ejemplo dado por Elon Musk desde su adquisición de Twitter. Admitió que se ha coartado demasiadas veces la libertad de expresión y mencionó concretamente los temas de la inmigración y la ideología de género.
Cambiemos ahora de tema, de continente y de década, porque el acallamiento de algunas opiniones y la promoción de otras es una constante en la era de los medios de comunicación de masas. Vayámonos, pues, hasta la Francia de los años setenta, uno de los países occidentales en la vanguardia de la legalización del aborto y que señaló el camino a los demás. Una de las acciones mediáticas inaugurales para ir preparando el terreno fue la carta colectiva firmada en 1971 por 343 mujeres encabezadas por figuras de la fama de Simone de Beauvoir, Agnès Varda, Catherine Deneuve, Marguerite Duras y Jeanne Moreau en la que declaraban haber abortado. Evidentemente, sabían que no iban a ser procesadas por ello; su valentía no llegaba a tanto.
Y así comenzó, o más bien se aceleró, la campaña de ingeniería terminológica: derecho de la madre a decidir el aborto (cuando de lo que se trata es de eliminar el derecho a nacer del interesado); derecho a disponer de su cuerpo (cuando de lo que se trata no es de amputarse un miembro sino de disponer de otro cuerpo); interrupción voluntaria del embarazo (cuando de lo que se trata es de la eliminación voluntaria de la vida de otro)… Con estas maniobras se fue modificando el pensamiento de las masas para que acabaran aceptando que lo que hasta entonces había sido un crimen pasase a ser legal.
No todas las opiniones fueron publicadas ni escuchadas. Una de las más silenciadas, insultadas y ridiculizadas fue la de Jérôme Lejeune, genetista de fama mundial que descubrió la trisomía 21, causa del síndrome de Down, que no recibió el Nobel por nadar a contracorriente y que se distinguió por su activismo contra el aborto. Su nombre llegó a adornar la fachada de la facultad de medicina: «Hay que matar a Lejeune». Por el contrario, las opiniones proabortistas inundaron la prensa de aquellos años, como el manifiesto de 331 médicos que afirmaron haber practicado los todavía prohibidos abortos. Pero la carta que firmaron poco después 18.031 médicos oponiéndose al aborto fue ignorada por la prensa. Como era de esperar, el aborto no tardó en ser legalizado. Hoy es un derecho constitucional, y cientos de millones de personas en todo el mundo se indignan con quienes, como Javier Milei, insisten en que se trata de un asesinato con agravantes.
Lo mismo sucede en nuestros días con la religión calentológica, a cuyos apóstoles se les abren todas las redacciones, cámaras y micrófonos y a cuyos herejes se les silencia sin prestar atención a lo cantamañanas o lo sensatos que puedan ser unos u otros.
En cuanto a la inmigración, mientras que su apología ha sido universal desde hace al menos siete décadas, su crítica ha sido imposible e incluso penada como si se tratase de una blasfemia merecedora de hoguera. Y se ha llegado al extremo de acallar durante muchos años la violación de miles de niñas inglesas por pakistaníes para evitar dar argumentos a quienes se oponen a la inmigración, y de prohibir la emisión de un documental sobre aquellos hechos sucedidos hace dos décadas. Después se sorprenderán de ciertas reacciones populares, más multitudinarias cada día que pasa.
Por lo que se refiere a España, el mito antifranquista y la intangibilidad de los separatismos son las dos columnas censoras —y carcomidas— sobre las que se asienta el régimen del 78. Por eso no tardará en derrumbarse.
Los casos de manipulación tienden al infinito y seguirán existiendo mientras los medios de comunicación sigan siendo los mensajeros de determinados intereses políticos. ¿Por qué, si no, los buques insignias del progresismo, como Le Monde, L’Humanité o Libération en Francia y El País y similares en España, reciben de los gobiernos ríos de dinero a fondo perdido a pesar de sus frecuentes bancarrotas mientras que los medios heterodoxos tienen que sobrevivir por su cuenta? Un ejemplo muy ilustrativo fue el del diario El Alcázar, que tuvo que cerrar en 1987 por la discriminación en materia de publicidad institucional que sufrió por parte del gobierno de Felipe González, que le privó ilegalmente de la que le correspondía por su número de lectores. Dicha discriminación fue reconocida por el Tribunal Supremo en 1994, pero la indemnización recibida tras siete años de cierre sólo sirvió ya para pagar a los acreedores. El gobierno socialista logró contra derecho su objetivo de cerrar un medio opositor.
En suma: que nuestro mundo es como es porque ha habido quienes han hecho lo posible para que las opiniones permitidas y las prohibidas sean las que son. Del mismo modo que en el terreno de la biología no existe la generación espontánea, en el de las opiniones políticas tampoco.
Jesús Laínz
