MONJE y PRESBÍTERO.

PATRÓN del Reino de Castilla, del Reino de Navarra, y de las Españas.

Festividad: 12 de Noviembre.

Elogio: En los montes de la región de la Cogolla, no lejos de Logroño, en España, san Millán o Emiliano, presbítero, que después de llevar vida eremítica y clerical abrazó la monástica, y se hizo famoso por su generosidad para con los pobres y el don de profecía.

 Hijo de un pastor, Emiliano (Millán) de la Cogolla fue un ermitaño discípulo de Felices de Bilibio. Vivió en la vertiente oriental de la sierra de la Demanda en donde excavó su propia celda. Dídimo, obispo de Tarazona, le ordenó sacerdote en el año 560. La tradición le atribuye la realización de múltiples milagros durante su vida de los que tenemos constancia gracias a una hagiografía realizada por San Braulio de Zaragoza cincuenta años después de su fallecimiento y por Gonzalo de Berceo en el s.XIII.

Sucedió que cierto día el demonio salió al camino a San Millán, dirigiéndole estas palabras: «Si quieres saber quién de los dos puede más probemos las fuerzas, entremos en lucha». Aún no había, acabado de decirlo, cuando peleó con el Santo, tocándole visible y corporalmente, y fatigándole largo rato, de modo que casi le hacía vacilar. Mas tan pronto como el Santo pidió socorro a Jesús el favor divino aseguró sus vacilantes pasos, y al punto ahuyentó al ángel apóstata, que se evaporó en el aire.

Para que los ladrones teman también y no vuelvan a sus hurtos, otro día, dos sujetos llamados Sempronio y Toribio, tentados e instigados por el demonio, y con intención de robar, vinieron al sitio donde San Millán habitaba, y habiendo llegado a la pobre habitación del Santo hombre y hallando fuera al animal en que solía ir a la iglesia, lo robaron furtivamente. Pero no disfrutaron mucho de su robo, pues al poco tiempo volvieron, perdida la luz de los ojos, pidiendo perdón al Santo y devolviendo el animal. El santo de Dios recibió el caballejo, se reprendió a sí mismo el haberlo tenido, y enseguida lo vendió, distribuyendo el importe entre los pobres; mas no restituyó la vista a los ladrones.

El año en que San Millán cumplía los cien, en los días de Cuaresma, le fue revelada también la destrucción de Cantabria; por lo cual, enviando un mensajero, manda que las Cortes se reúnan para el día de Pascua. Se reúnen todos en el día marcado; cuenta él lo que había visto, y les reprende sus crímenes, homicidios, hurtos, incestos, violencias y demás vicios, y predícales que hagan penitencia. Todos le escuchan respetuosamente, pues todos le veneraban como a discípulo de nuestro Señor Jesucristo; pero uno, llamado Abundancio, dijo que el Santo chocheaba por su ancianidad: mas él le avisó que por sí mismo experimentaría la verdad de su anuncio, y el suceso lo confirmó después, porque murió al filo de la vengadora espada de Leovigildo. El cual, entrando allí por dolo y perjurio, se cebó también en la sangre de los demás, por no haberse arrepentido de sus perversas obras; pues sobre todos pendía igualmente la ira de Dios.

El año anterior a estos hechos, siendo la víspera de la fiesta de San Julián mártir, como faltase el aceite para aderezar las luces, no pudo ser encendida la lámpara; mas levantándose a maitines, la hallaron tan llena de aceite y tan luciente, que no sólo ardió hasta la mañana, sino que con la abundancia de lo que sobró, el milagro produjo otros milagros. Así fue, pues, llevada allí cierta mujer que se llamaba Eufrisia, del lugar de Banonico, coja y ciega; pero firme e ilustrada por la fe. Ungida en los ojos y en sus pies, al punto, con el favor divino, consiguió ver y andar. Los que ven lo que en nuestros días sucede, motivo tienen para creer los milagros que se han referido por relación de testigos. Finalmente, sábese el lugar donde vive, y es bien conocida la persona que estuvo mucho tiempo enferma, y ahora está sana.

Tras haber experimentado San Millán la vida eremítica y clerical, decidió volver a la soledad de la vida monástica en el monasterio de Suso donde murió a los 101 años. Sin embargo, aún después de muerto, el Santo continuó realizando milagros.

Un cierto día, una niña, como de cuatro años de edad, del lugar del Prado, que no está lejos del oratorio de San Millán, presa de enfermedad, púsola ésta a las puertas de la muerte. Sus padres, movidos por la devoción, y temiendo perder a su hija, convinieron en que debía ser llevada ante el sepulcro del bienaventurado varón de Dios, y marchando, la vieron espirar en el camino. No por eso desmayó su fe: llévanla muerta, la depositan junto al altar cuando ya anochecía, y retíranse de allí sin dejar a nadie. Pasadas tres horas vuelven, al mismo tiempo que oprimidos de tristeza, con ansia de ver lo que había sucedido, y qué era lo que el Creador había querido hacer de aquella niña. Hallan viva a la que habían dejado muerta; y no solamente viva, sino jugueteando con el mantel del altar. Engrandecen a Cristo, criador de todas las cosas, que miró benignamente su devoto dolor.

LA BATALLA DE SIMANCAS

En el año 939, el Rey Ramiro II de León, el conde Fernán González de Castilla y el Rey García Sánchez I de Pamplona se enfrentaron en Simancas a las tropas moras del Califa Abderramán III de Córdoba. La batalla era dura y no estaba claro quién fuera a ganarla cuando San Millán se apareció a caballo blandiendo la espada en mitad del combate en defensa de las tropas cristianas haciéndoles ganar la batalla. Los moros sufrieron unas tres mil bajas, el gobernador tuyibí de Zaragoza fue apresado y Abderramán III tuvo que huir a espuela de caballo para salvarse del descalabro abandonando tras de sí su campamento.

Oración:

Glorioso San Millán, tú que rezas por mí en el cielo, te pido que me ayudes a combatir en la batalla contra el mal, contra el demonio a quien tú venciste que quiere ganar mi alma, haciéndome caer en la tentación y buscando mi perdición. Fortalece mi fe para que siempre que caiga vaya a los brazos de Cristo, que con su sangre ya pagó por mis pecados y me recuerda que Él ya ha vencido a la muerte. Te pido que intercedas por mí para que obres un milagro en mi vida, escucha mis necesidades, atiende a este corazón angustiado, ayúdame a ver a través de los problemas la voluntad de Dios. Tú que ya has atravesado esta vida, ilumíname. Llévame hacia Jesús, reza por esta pobre alma para que no me separe jamás de Él. Amén.