ABAD.

Festividad: 27 de Agosto.

Elogio: En el territorio de Tebaida, en Egipto, san Poemeno, abad, tenido en suma consideración entre los anacoretas y de quien se refieren múltiples máximas llenas de sabiduría.

Poimén -cuyo nombre significa «pastor»- fue un célebre «Padre del desierto». Retirado al desierto egipcio de Scete con un hermano más joven y uno más anciano; en el 408 los tres fueron obligados a abandonar, por las incursiones de los bereberes, ese primer asentamiento, y buscar refugio entre las ruinas del templo de Terenuthis. Anubis -el hermano anciano- y Poimén, se alternaban en la guía de la minúscula comunidad. Por la mañana trabajaban hasta el mediodía, leían luego hasta las tres de la tarde, después se dedicaban a la recogida de leña, comida, y otras eventuales necesidades. De las doce horas nocturnas sólo cuatro las dedicaban al reposo, mientras que las restantes las repartían entre el trabajo y el canto del Oficio.

Poimén pasaba días, e incluso semanas, sin comer nada. A sus compañeros recomendaba, sin embargo, ayunar con moderación y alimentarse suficientemente cada día. Los monjes no podían beber vino, ni realizar ningún acto que de una u otra manera satisficiera los sentidos. Poimén temía sobre todo cualquier interrupción de su vida solitaria, y una vez rechazó ver a su madre, afirmando que al renunciar al placer de verla aquí en la tierra, tendría mayor gozo al encontrarla en el cielo.. El santo es recordado principalmente por su piedad y por sus proverbios, difundidos a través de las colecciones de «Sentencias de los Padres del desierto». La liturgia bizantina define al santo como «lámpara del universo y modelo para los monjes».

Algunas sentencias atribuidas al abad:

-El abad José preguntó al abad Poimén: «Dime ¿cómo llegaré a ser monje?». Y el anciano le dijo: «Si quieres encontrar la paz en este mundo y en el otro, di en toda ocasión: “¿Quién soy yo?” y no juzgues a nadie».

-Un hermano le preguntó también: «Si veo una falta de un hermano, ¿es bueno ocultarla?». Y le dijo el anciano: «Cada vez que tapamos el pecado de nuestro hermano, Dios tapa también el nuestro. Y cada vez que denunciamos las faltas de los hermanos, Dios hace lo mismo con las nuestras».

-En cierta ocasión un hermano cometió una falta en un cenobio. En las cercanías vivía un anacoreta que no salía de su celda desde hacía mucho tiempo. Y el abad del monasterio fue a hablarle de aquel hermano culpable. Y él dijo: «Expúlsalo». Se le arrojó de la congregación y se refugió en una fosa y allí lloraba desconsolado. Pasaron unos hermanos que iban a visitar al abad Poimén y le oyeron llorar. Bajaron a donde estaba y le vieron inmerso en un gran dolor y le aconsejaron que fuese a ver a aquel anacoreta. Pero él rehusó diciendo: «Moriré aquí». Al llegar los hermanos donde estaba el abad Poimén se lo contaron, y éste les pidió que volviesen donde el hermano y le dijesen: «El abad Poimén te llama». Y el hermano se puso en camino. Al ver su dolor, el anciano se levantó, le abrazó y con gran alegría le invitó a comer. Luego envió a uno de sus hermanos para que fuese al anacoreta con este mensaje: «Me han hablado mucho de ti y hace muchos años que quiero verte, pero por nuestra mutua pereza no hemos podido vernos. Pero ahora, gracias a Dios, tenemos una oportunidad. Tómate la molestia de venir hasta aquí para que podamos vernos.» Pues, en efecto, el ermitaño nunca salía de su celda. Al recibir este mensaje el eremita pensó: «Si el anciano no tuviese alguna revelación de Dios para mí, no me hubiese llamado a buscar». Se levantó y fue a su encuentro. Después de saludarse mutuamente con gran alegría se sentaron. Y el abad Poimén comenzó a decir: «Dos hombres vivían en un mismo lugar y cada uno tenía en su casa un difunto. Pero uno de ellos dejó su muerto y se fue a llorar por el difunto del otro». A estas palabras el anciano se arrepintió acordándose de lo que había hecho, y dijo: «Poimén está arriba en el cielo. Yo abajo en la tierra».

-El abad Poimén decía también: «Es hombre aquel que se conoce a sí mismo». Y añadió: «Hay personas que parecen guardar silencio, pero su corazón condena a los demás. En realidad están hablando sin cesar. Otros hablan desde la mañana hasta la noche y sin embargo guardan silencio». Esto dijo porque él nunca hablaba más que para el provecho de los que oían.

-Dijo también: «Supongamos que tres hermanos viven juntos. Uno de ellos practica a la perfección la oración del corazón y el recogimiento. El otro está enfermo pero da gracias a Dios. El tercero, con sincero corazón sirve a los otros dos. Pues bien, los tres son semejantes en el premio de su vida, como si los tres hiciesen lo mismo».

R.V.