VÍRGEN.

Festividad: 9 de Abril.

Hacia mediados del siglo XI, mientras los príncipes cristianos del norte de la Península Ibérica proseguían constantes la magna em­presa que debía culminar con la reconquista de España, vivía en Toledo un rey agareno, llamado Almamún, en quien parecía ha­berse concentrado todo el odio musulmán contra los siervos de Cristo. Prac­ticaba a la letra el mandato de su Profeta: «Combatid a los infieles —esto es, a los cristianos— con guerras de religión y matadlos dondequiera que los halléis. El paraíso se encuentra a la sombra de las espadas».

Como guerrero intrépido y sagaz, complacíase este príncipe en agredir y perseguir de muerte, hasta el punto de que sólo su nombre infundía a todos muy fundado terror y espanto. De ordinario aplicaba prolijos tormentos en sombrías mazmorras a sus prisioneros, los cuales sufrían como fin y remate muerte segura.

Toledo, la antigua capital de los Reyes visigodos, ofrecía por aquel enton­ces extraño y doloroso contraste: Casas y palacios de increíble lujo y esplen­dor, asiento de placeres sin cuento, y mazmorras en las que, privados de luz y de aire, yacían hacinados centenares de infelices que se morían de miseria y consunción.

Pero la Providencia no se olvidaba de los suyos, y así, en el decurso de su angustioso martirio, les deparaba de cuando en cuando delicados consuelos.

Tenía Almamún una hija llamada Casilda, verdadero ángel de pureza y de caridad que, desde la más tierna edad, por gracia singular del cielo, se vio libre de los errores y de la corrupción del paganismo, entregándose a las prácticas de una vida edificante y virtuosa, conforme a las luces que había recibido.

Empero, ¿cómo se explica que sin estar bautizada y viviendo en un ambiente pagano, rodeada de funestísimos ejemplos, pudiera albergar en su corazón tales deseos de perfección? Secreto es del Altísimo que, para edificación de los cristianos y conversión de los infieles, hace crecer, sobre tallo degenerado o sobre árbol silvestre, esta flor de admirable hermosura y pu­reza.

Insensible  a los placeres camales, que eran insaciable delicia de los moros, Casilda expiaba con piedad y virtud las crueldades que su padre cometía con los cristianos.

El Espíritu Santo obraba de modo admirable en ella; ante todo cobró repulsión a la lectura del Corán, en el que para su sentir no hallaba del verdadero Dios sino una noción vaga e incompleta. Poco a poco vino en cono­cimiento de Jesucristo, y con él creció en su alma el amor a su persona divina. De natural tierno y compasivo, sentía conmovérsele el corazón ante cual­quier miseria, hasta el punto de que no podía ver padecer a nadie sin derra­mar lágrimas de ternura.

La divina gracia, infusa en su alma, acrecentaba y perfeccionaba esa na­tural compasión e inducía a la noble joven a visitar con frecuencia a los cautivos indigentes y a aliviarlos en cuanto de ella dependía. Interesábanla sobre todo las penalidades que sufrían los cautivos cristianos, condenados unos en el palacio de su padre a los más penosos trabajos, y recluidos otros en las mazmorras que la ferocidad agarena tenía siempre preparadas para los defensores de la Fe. Eran éstas muchas y sólo momentáneamente se des­ocupaban cuando sus habitantes alcanzaban la corona del martirio en las horribles matanzas con que los mahometanos desahogaban su saña contra la Religión verdadera, o cuando vengaban en seres indefensos las derrotas que hacían sufrir a la morisma las armas cristianas. Casilda veía con horror aque­llas matanzas y de este sentimiento nacía en ella una profunda aversión a las doctrinas de una religión que tan bárbaras crueldades ordenaba. ¿Quién hubiera dicho que Casilda era la hija del rey moro? ¿No era más bien una sombra celeste que, a espaldas de su padre, recorría los oscuros calabozos para hacer brillar en ellos un rayo de esperanza y para derramar caridades?

Pero la discreción con que practicaba estos actos de sublime misericordia no pudo impedir, dados los muchos ojos que están siempre fijos en las per­sonas de elevada alcurnia, que algún oficial de palacio sorprendiera sus cari­tativas excursiones y de ellas diera noticia al rey agareno, que quiso por sí mismo comprobar la veracidad de la delación.

Un día en que, según costumbre, salía del palacio para llegarse hasta los subterráneos donde gemían las víctimas del rey y llevarles algún alimento, Casilda encontrose con aquel hombre despiadado, que se había ocultado en un sitio por donde forzosamente había de pasar su hija. La preciada carga se esconde apenas entre los pliegues de su manto. ¿Qué dirá? ¿Cómo se librará de las importunas pesquisas de su padre? Éste, con voz imperiosa y con la cólera retratada en el semblante, le pregunta:

—¿Qué ocultas de ese modo bajo tu manto?

—Rosas, señor —responde humildemente, pero con toda naturalidad, la tierna doncella.

Y en rosas efectivamente se convirtieron los alimentos —por milagro grandísimo que Dios obró para librar a su sierva de las iras del cruel padre, para dar al mismo tiempo un elocuente testimonio de la santidad de Casilda- cuando ésta, ante el mandato imperioso del rey agareno, descubrió lo que bajo el manto llevaba.

Sobrecogido de pasmo, el padre se da cuenta al momento de que le han llevado mensajes falsos y cuentos malévolos de su hija. Cálmase su enojo, confiesa que se ha equivocado y deja a Casilda que siga su camino.

La joven llega a los calabozos de los cristianos, y allí, por nuevo prodigio, lo que hace poco tenía aspecto de rosas, es distribuido a los hambrientos cau­tivos bajo la forma de reconfortantes manjares. Mientras la joven doncella va y viene prodigando sus atenciones a los valientes confesores, les refiere con toda sencillez el milagro que acaba de obrarse y todos juntos dan fer­vientes acciones de gracias al cielo, que tan visiblemente les ha protegido.

Casilda quedaba admirada al contemplar el valor sereno, sufrido y resig­nado de los cristianos, y en su alma bondadosa no podía menos de hallar un eco simpático la sublime abnegación con que aquéllos sufrían toda clase de tormentos por amor a un Dios muerto por redimirnos. Con frecuencia se decía que una religión que tan virtuosos seres engendraba, debía ser la única verdadera; y falsa, por consiguiente, la que le obligaba a profesar su padre. En sus ocultas visitas a los cautivos, procuraba informarse de todo lo que concernía al culto cristiano, mas como los momentos que podía pasar al lado de aquellos desgraciados eran contados, las enseñanzas que en este punto recibía eran muy incompletas.

De aquí su deseo de poder hablar con algún sacerdote cristiano para que la instruyera en los misterios de nuestra religión y la admitiese en su seno administrándole el sacramento del Bautismo, del que había oído hablar a los cautivos como remedio soberanamente eficaz para sanar todas las dolencias del alma. Pero esto era casi imposible mientras viviera en el palacio de su padre, rodeada de fanáticos musulmanes que la hubieran degollado si sospe­charan, no más, que sentía alguna inclinación a los cristianos en vez de odio y desdeñoso desprecio, como todo buen moro.

Ante semejante imposibilidad, Casilda se entregó con más celo todavía a las obras de caridad; oraba mucho e invocaba con palabras de sentido afec­to a la Virgen María —de quien le habían hablado los cristianos— pidiéndole que iluminara las tinieblas de su espíritu para conocer y amar al Dios de los cristianos o le procurase los medios de instruirse en la Religión verdadera, que deseaba abrazar y practicar.

La Virgen Santísima escuchó las plegarias de aquella alma sencilla procurándole por modo extraordinario los medios de realizar sus santos deseos. Aconteció que Casilda comenzó a sentirse enferma, sin que los médicos que la asistían hallasen remedio a su mal, a pesar de los cuidados que le prodigaban con el derroche de medios que permitía la regia estirpe de la paciente.

Consumíase ésta lentamente, cuando cierto día llegó a sus oídos —hay quien dice que por divina revelación— la nueva de que a pocas leguas de Burgos y cerca de Briviesca, existían unas aguas, conocidas con el nombre de «baños de San Vicente», de grande eficacia para el mal que padecía.

Casilda comunicó a su padre aquella noticia para ella tan consoladora, espiritual y materialmente; pues el territorio donde se hallaban tan salutí­feras aguas estaba dominado por los cristianos y, por lo tanto, al mismo tiempo que su cuerpo, podría sanar su alma con las aguas mil veces más saludables del Bautismo que con tantas ansias deseaba recibir.

Pero precisamente la circunstancia de hallarse las aguas de San Vicente en tierra de cristianos, que era para nuestra Santa causa de gran alegría, lo era de contratiempo no menor para su padre, que, a fuer de musulmán fanático, por nada del mundo quería que su hija se pusiera en contacto con los que él tenía por infieles.

En esta oposición de deseos del padre y de la hija se iba pasando el tiempo y, mientras tanto, Casilda iba empeorando de tal modo, que al fin el rey moro —que, a pesar de su natural duro y violento, amaba apasionadamente a su hija— se decidió a reunir su consejo para plantear en él la cuestión de si, en vista del estado casi desesperado de la princesa, permi­tirían las leyes de Mahoma que Casilda fuese a vivir entre cristianos.

La respuesta del consejo fue afirmativa y declaró «que se debían apurar todos los medios para salvar la vida de la enferma».

Ante un parecer tan unánime el padre ya no titubeó y desde aquel instante ordenó providencias para llevar a cabo el viaje. Al efecto, solicitó la alianza del Rey don Fernando I de Castilla para que diera buena acogida a sus emisarios y a su querida hija. Y aun se dice que, para conciliarse sus simpatías y su benevolencia, amansó su trato cruel y consintió en dar libertad a los cristianos cautivos. Dispuestas así las cosas, Casilda partió llena de confianza. Refiere uno de sus hagiógrafos que, al atravesar un puente, el cortejo topó con un demonio en forma de horrible dragón que quiso espan­tar el caballo de la princesa para precipitarla en el río; pero de repente —aña­de— el ángel custodio de Casilda se plantó con ademán terrible delante del demonio, que huyó y no se le vio más.

Al llegar a Burgos, la joven fue muy bien recibida y con mucho honor tratada por el Rey don Fernando y conducida con buena escolta a los «baños de San Vicente», donde se bañó y recobró en seguida la salud perdida.

El Reino de Castilla, del cual Burgos era capital, fue uno de los primeros que sacudieron la dominación sarracena. Casilda respiraba a gusto en este país de Fe Católica, pues al par que la salud halló el ambiente cristiano por el que tanto suspiraba. Finalmente llegó el día de ser admitida en el seno de la Iglesia por la recepción del santo Bautismo, pudiendo en adelante vivir su verdadera vida. Dicho sacramento le fue confe­rido en un santuario próximo a los lagos y situado en la cima de escarpada roca, dedicado a San Vicente, célebre mártir del siglo IV. Con ella recibió también el Bautismo el numeroso séquito de servidores convertidos al cris­tianismo por la virtud de su ejemplo y de sus exhortaciones.

Desde aquel instante tenía necesariamente que renunciar al hogar paterno y a vivir en país de infieles. Enamorada, por otra parte, de los atractivos del divino Esposo, resolvió consagrarse a él por completo y, habiéndose retirado a la cumbre de la roca que domina los lagos, allí vivió santamente obrando numerosos milagros. La Iglesia de Burgos fija la fecha de su muerte en 9 de abril del año 1074.

A este relato sucinto de los últimos años de Casilda, agrega un biógrafo otras circunstancias maravillosas, algunas de las cuales confinan tal vez con la leyenda, pero son pruebas y demostraciones de la poderosa intercesión atribuida a la Santa y de la eficacia de su poder.

Quedose únicamente con dos doncellas y algunos servidores, a los que encargó la construcción de una casita y un oratorio que deseaba levantar a orillas del lago donde recobró la salud milagrosamente.

Varias veces intentó llevar a cabo su propósito y no lo consiguió, pues la obra que los esclavos levantaban de día al pie de la montaña, era trasla­dada de noche, tal y como estaba, a la cima del monte por manos invisibles, que no podían ser otras que las de los ángeles. La virgen entendió entonces que debía edificar su oratorio en la cúspide de la roca, no lejos del lugar de su bautismo, y no resistió a los deseos del cielo.

Su ángel de la guarda le advirtió que pronto había de morir. Casilda recibió tan grata nueva con manifiesta alegría, y, estando a punto de dejar este valle de lágrimas, pidió a Dios como suprema gracia que otorgara, a cuantos lo solicitaran por los méritos de su indigna sierva, la curación de sus do­lencias y en especial el flujo de sangre, enfermedad que ella había padecido.

Al exhalar el último suspiro, las campanas de la iglesia de San Vicente se echaron a vuelo solas para celebrar el glorioso natalicio de esta Santa en el cielo.

Alonso Diez de Lerma, protonotario apostólico, canónigo de Burgos, arcipreste de Rojas y rector de la iglesia de Briviesca dedicada por la piedad de los fieles a Santa Casilda, publicó en el año 1553 el relato de la vida de la Santa, con el atestado de veintitrés milagros, escogidos —según declara— entre la profusión de los que andaban en boga por aquel entonces. Y, al hacerlo, cumplía un acto de devoción y pagaba una deuda de gra­titud, pues él mismo era deudor a la Santa, desde el 14 de julio de 1547, de la curación de un achaque muy doloroso, cuyo relato incluye en su obra.

Nada mejor podemos hacer, pues, que respigar en campo tan abundante.

La mayoría de los casos que reseña se refieren a personas acometidas de hemorragias de índole muy diversa y que, desahuciadas por los médicos, consiguieron la curación yendo en romería al sepulcro de la Santa. Entre ellas cita el autor la de la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, gravemente enferma y repentinamente curada. Como prenda de veneración y gratitud a su bienhechora, le envió su manto real tejido todo él de oro, y 500 ducados, además, para la confección de ornamentos sagrados, dejando encargado a su Condestable que se cuidase en persona de la ejecución de sus órdenes.

Contaremos otro milagro que debió tener gran resonancia, puesto que con remontarse al año 1121, corría de boca en boca cual si fuera reciente:

No lejos de la ermita de Santa Casilda moraba un señor avaro y cruel que abrumaba a sus vasallos con pesadas cargas. Los que no podían pagar el censo exagerado eran condenados a andar descalzos por entre espinas. Indig­nadas por el bárbaro tratamiento que habían de sufrir sus maridos, las mu­jeres de Briviesca se congregaron una noche en el oratorio de la Santa su­plicándole que pusiese remedio a su triste situación, y, en aquella misma noche, el usurero fue arrebatado de muerte súbita, con gran alivio de cuantos sufrían sus malos tratos.

A veces los favorecidos son cristianos cautivos de los moros, cuyas cadenas se rompen, recobrando la libertad tras fervorosa invocación a la santa hija de los reyes moros. En otras circunstancias Santa Casilda despacha favora­blemente las plegarias de poblaciones vecinas a su sepulcro, que acuden allí pidiendo lluvia, el cese de una epidemia u otro cualquier favor temporal.

Preserva de muerte casi segura a hombres, niños y aun animales, que la mala fortuna tira desde lo alto de la peña sumamente abrupta en que su oratorio se alza, o que se hallan a punto de anegarse en los lagos de San Vicente. El hecho aludido ocurrió sobre todo el 6 de enero de 1146, en favor de María de Novilla que cortaba ramas de encina en la cresta del cerro.

Pero el milagro con más minuciosidad relatado es la curación alcanzada en mayo de 1550 por un sastre de Burgos, llamado Sebastián de Salinas. Viose acometido de terribles vómitos de sangre que duraron del 4 al 16 de mayo; los médicos juzgaron el caso gravísimo. Un amigo suyo, Juan de Rota, pintor, exhortó al paciente a invocar con confianza a Santa Casilda. A ruegos de Sebastián, partió su amigo a visitar al rector de la iglesia —don Alonso, el propio autor del relato— para que le dejase traer una reliquia de la Santa. El rector le entregó lo que halló a mano; la llave de la urna de las reliquias de la Santa. El enfermo recibió este objeto con devoción, lo besó y se lo colgó al cuello: la curación fue instantánea. En agradecimiento, Sebastián hizo a pie el viaje al santuario de Santa Casilda con una cadena en los pies y prometió llevar por espacio de un año un brazalete de hierro, para dar testimonio de la esclavitud que de allí en adelante profesaba a su bien­ hechora.

Refiriose este milagro al Condestable de Castilla, el cual, tras detenido informe del suceso, que quedó plenamente confirmado, rogó al deán del Cabildo de Burgos que organizara en la capital de Castilla una gran procesión, en la cual fuera llevada en triunfo la imagen de la Santa. Celebrose, en efecto, el 29 de junio, festividad de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, asistiendo el propio Condestable y su consorte doña Juliana Ángela de Aragón y Uco. Ambos esposos hicieron a la Santa ricos regalos, particularmente en telas de oro y seda, aparte de un cáliz dorado.

El peregrino que hasta hace pocos años acudía a visitar el popular santuario de Santa Casilda, emprendía la peregrinación en Briviesca y subía por las agrias cuestas que conducen a las alturas de Betayo.

Desde Salinas ya se descubre la cruz del campanario y poco después el mo­desto edificio.

Picos agudos, hondas concavidades, despeñaderos, rudas laderas, hori­zonte estrecho, páramos estériles, mármoles bastos, grietas calizas, vetas de hierro; grupos de informes rocas, estrechando los valles; montañas canosas apíñanse sobre estas alturas de Castilla, cada una de las cuales parece pre­sidir las pequeñas mesetas de los prados. Levantan sus marmóreas cabezas, enseñan sus estériles vientres, sus pechos secos, sus brazos monstruosos, diciendo: ¡Silencio, soledad, contemplación!

¿Y cómo tú, modesto santuario, no has caído al ariete de las anarquías? ¿Quién te ampara? El pueblo devoto.

En el pequeño santuario no se ostentan precisamente las ricas obras de las artes sino las de la piedad. Consérvanse en él la urna cineraria y los restos del vestido plateado con que se engalanó en su última hora la princesa de To­ledo, el lienzo de su ropa interior y sus preciosos cabellos castaños.

El culto a Santa Casilda se conserva ferviente a través de los siglos en los pueblos de Castilla y regiones limítrofes. El 9 de abril día de su fiesta, el martes de Pascua y de Pentecostés y en otras solemnidades más, acuden numerosos peregrinos al santuario en donde el Señor se ha complacido manifestar el poder de su sierva.

La iglesia metropolitana de Burgos, en donde se veneran parte de sus reliquias, hace anualmente solemne fiesta en su honor. También Toledo y algunas otras ciudades le tributan culto particular.

Oración:

Gloriosa Santa Casilda, que siendo bellísima princesa mora fuiste escogida por Dios, nuestro Padre, porque en amor a los más necesitados alimentabas, socorrías y consolabas a los cristianos cautivos.

Eres ejemplo de mujer piadosa, que sacada de las delicias de Palacio, fuiste conducida a las austeridades del Yermo, para ejemplo de Señoras y dechado de eremitas, siendo favorecida especialmente de María Santísima, ya consolándote en tus aflicciones, ya aliviando tus penalidades.

Alcánzame hoy de la Santísima Trinidad el remedio de mis espirituales y temporales necesidades y miserias.

Gloriosa Santa Casilda, postrado hoy a tus pies, te pido, que así como dirigías tus súplicas a la mayor gloria de la Majestad Divina, así me alcances de la Santísima Trinidad el socorro que remedie mis penas, y la solución a mis necesidades que son muchas las que en este momento me afligen y me atormentan.

Sabiendo de tu gran piedad y conociendo tu gran generosidad cuando con gran peligro socorrías a los hambrientos cautivos llevándoles comida escondida en tus faldas te pido yo hoy tu auxilio y socorro.

Concédenos también santa mía, el perdón de nuestras culpas y el auxilio que necesitamos, para hacer una verdadera penitencia y un eficaz deseo de querer antes morir, que ofender a tu amantísimo Esposo Jesucristo, Señor Nuestro, para que así logremos acompañarte en la gloria, por los siglos de los siglos. Amén.