La cosa es casi faunística. No hay nada mejor que pensar en el camaleón, con su prodigiosa capacidad de cambiar de color para adaptarse al entorno, para comprender la naturaleza de los separatismos vasco y catalán. Ya en los tiempos fundacionales de Cambó y Prat de la Riba, la Lliga Regionalista demostró su habilidad para adoptar una postura o la contraria según conviniese en cada momento. Mientras uno colaboraba con el pérfido Estado estatal hasta el punto de ejercer de ministro, el otro se dedicaba a sembrar el separatismo camuflado en su aparentemente inocua moderación derechista y católica.
Treinta años más tarde, la izquierda separatista de Maciá y compañía les adelantaría e implantaría su hegemonía; y cuando empezó a correr la sangre, Cambó y los suyos se arrojaron en brazos de Franco para que les salvara el pellejo. Los peneuvistas siguieron un camino similar, y ambos movimientos desembocaron en la transición en una posición hegemónica gracias a la alianza con sus aliados socialistas y la rendición de una derecha ignorante y acomplejada.
Desde su privilegiada posición de gobernantes en sus regiones y chantajeadores en Madrid, los separatistas vascos y catalanes han ido navegando por los siempre cambiantes mares de la política sin perder nunca el timón. Los muy católicos y reaccionarios separatistas fueron adoptando las modas del día hasta convertirse en los más progres de todos: aborto, ideología de género, religión calentológica, inmigración masiva y lo que fuere menester.
Quienes hace un siglo clamaran por la preservación de las esencias raciales, étnicas y lingüísticas de sus respectivas naciones oprimidas, acusando a España de ser el factor desnacionalizador, pasaron a presentarse como los campeones de la integración de los llegados del otro extremo del mundo. El peligro era el burgalés y el murciano, pero al africano y al asiático se les recibió con los brazos abiertos. Ésos no ponían en peligro la vasquidad y la catalanidad. Recordemos tan solo los Nous catalans, tan generosamente mimados y subvencionados tanto por la Cataluña pujoliana como por la posterior. Y por tierras vascas proliferaron los carteles institucionales con gente de todos los colores, a menudo con chapela, presentados como los vascos del futuro; así como desfiles de negros tocando el chistu y relinchando ante el árbol de Guernica.
Pero la inmigración es el elemento, insospechado hasta que hace un cuarto de siglo Aznar abriera las compuertas afroasiáticas, que ha venido a cambiar para siempre el tablero político español en consonancia con lo que sucede en el resto de Europa. Porque la mezcla ha llegado al punto de saturación y comienza a dar problemas.
Por toda Europa crecen sin cesar los partidos que se oponen a la invasión pacífica del continente por unos recién llegados que dejaran de ser pacíficos en cuanto su número se lo permita. Y de repente los camaleones separatistas han vuelto a cambiar. Porque quienes con tanta alegría se sumaron al globalismo y a la sustitución de población se han dado cuenta de que están perdiendo clientela a chorro. Y eso es una grave amenaza a sus sueldazos.
En Cataluña ya van bastante avanzados con esa Aliança Catalana que está haciéndose con los votos de los partidos separatistas clásicos, por lo que sus aliados vascos, tomando buena nota, los quieren imitar. Tantas décadas acusando a los maquetos/charnegos de ser el elemento desnacionalizador, tantos cientos de muertos luchando bravamente por la espalda contra España, para acabar dándose cuenta de que se equivocaron de enemigo.
Así que ahora, a los lampedusianos separatistas les toca, una vez más, cambiar todo para que nada cambie. Pero llegan tarde. Y lo más divertido es que habrá millones de vascos y catalanes que volverán a morder el anzuelo.
Jesús Laínz
