En mecánica de fluidos, como cualquier físico sabrá, cuando dos filetes fluidos se interpenetran se produce el régimen turbulento, de modo que la velocidad de cada punto de la masa fluida oscila de modo desordenado en magnitud y dirección. En ocasiones, cuando la religión y la política se mezclan desordenadamente, también de producen turbulencias, como las que ha desatado la reacción de la conferencia episcopal a ciertas decisiones del ayuntamiento de Jumilla, localidad del Altiplano murciano.

Cuenta la prensa, de forma sesgada, que el ayuntamiento de Jumilla ha prohibido celebrar la fiesta musulmana del cordero en sus instalaciones municipales, y que ello ha sido una cesión a la «extrema derecha» de Vox; por ello nuestros obispos han reaccionado mediante una nota en la que expresan su defensa a la libertad de culto, su rechazo a tal decisión municipal y su apoyo a la postura de la Comisión Islámica de España respecto a estos hechos.

La realidad objetiva es que el ayuntamiento de Jumilla no ha prohibido la celebración pública de la fiesta del cordero. Mediante una moción no vinculante (aprobada, dicho sea de paso, con los únicos votos favorables del PP, la abstención de Vox y la oposición del resto de partidos políticos) solicitó que se prohibiese la utilización de las instalaciones públicas deportivas para celebrar «actividades culturales, sociales o religiosas ajenas al Ayuntamiento», es decir, para cosas ajenas al deporte, como puede ser la fiesta del cordero, desde luego, pero también una misa, un mitin o una demostración de bailes regionales; es decir, que han demandado que los lugares de deporte sean sólo para deporte, aunque no han buscado en absoluto rehusar que se cedan otros espacios públicos municipales para esos fines (incluida la fiesta del cordero). Quiero recalcar que lo aprobado se trata de una moción no vinculante, lo que supone que realmente no se ha cambiado nada de momento.

Por otra parte, me gustaría ver una respuesta idéntica por parte de la conferencia episcopal cuando se producen ataques que sí van dirigidos directamente contra una religión, en concreto la católica, que es a la que debe representar la conferencia episcopal. Muy habitualmente se produce persecución con medios oficiales contra los rosarios públicos (son especialmente conocidos los ataques al rosario de Ferraz), se derriban cruces de espacios públicos, incluso se quiere acabar con la basílica que tiene la cruz más grande del mundo (ellos lo llaman «resignificarla») y se hace sin la protesta de la conferencia episcopal e incluso, a veces, con su connivencia. Es destacable que, gracias a los sucesos de Jumilla, hemos sabido que en el año 2007 el ayuntamiento de Ferrol, con el apoyo del PSOE y del BNG, prohibió que se realizasen en el Teatro Jofre actos religiosos como el pregón de Semana Santa, vetando reglamentariamente y de forma expresa el uso de tal instalación para actividades políticas (salvo durante campañas electorales), sindicales, religiosas o doctrinales, entonces cabe preguntarse si alguien recuerda que se diese tanta publicidad a aquel hecho, o las notas de queja emitidas por la Conferencia Episcopal Española y por la Comisión Islámica de España.

Por último, me gustaría saber qué ocurriría si en una celebración católica se degollase públicamente a ciertos animales (corderos en este caso) y su carne fuese entregada para ser consumida por personas, todo ello sin el cumplimiento de las debidas garantías sanitarias. En ese caso la sociedad estaría reprochando la crueldad con los animales y el flagrante incumplimiento de las leyes de Bienestar animal y de Seguridad Alimentaria, a la par que todos los grupos políticos del arco parlamentario nos criticarían y los animalistas se concentrarían a las entradas del recinto pintados de sangre y llamándonos asesinos, mientras que la conferencia episcopal buscaría una forma de hacer la fiesta de forma incruenta. Pero, como son musulmanes, nadie dice nada porque supone salirse de lo políticamente correcto.

Como españoles deberíamos recordar que el respeto a los inmigrantes no puede suponer permitirles escudarse en una victimización inexistente para imponer sus costumbre o vulnerar nuestras leyes y como católicos no deberíamos olvidar que el respeto a los equivocados de buena fe que profesan otras creencias no implica colocar en plano de igualdad todas las confesiones religiosas y que la conferencia episcopal debería de dedicarse a ser pastores de su iglesia, y no corderos de lo políticamente correcto.

 

C.R. Gómez

C. R. Gómez