Festividad: 22 de Agosto.

Elogio: Memoria de la Bienaventurada Virgen María, Reina, que engendró al Hijo de Dios, Príncipe de la paz, cuyo reino no tendrá fin, y que es saludada por el pueblo cristiano como Reina del cielo y Madre de misericordia.

María, como Madre del Hombre-Dios, Rey del universo por derecho de naturaleza y por mérito de conquista, es Reina Madre. La dignidad real de María ha recibido el tributo de homenaje más insigne y la justificación teológica más amplia y convincente por boca de los Sumos Pontífices.

León XIII veneró a María, con todo el pueblo cristiano, “elevada sobre la gloría de todos los santos, coronada de estrellas por su divino Hijo, sentada junto a Él, Reina y Señora del universo”. (Encíclica lucunda semper, 8 de septiembre 1894) . Indagando, a continuación, en su vida los títulos y méritos de tan universal soberanía, que une a Madre e Hijo en el imperio espiritual del mundo, escribió el Papa: “Mientras que es elegida para Madre, sin dudar un momento se proclama y se confiesa esclava del Señor. Y, como ha prometido santamente, y santa y prontamente establece, desde este momento, una perpetua comunidad de vida con su Hijo Jesús, ya sea en la alegría o en el llanto. De esta manera, llega a tales alturas de gloria como ningún ángel podrá jamás alcanzar, porque ninguno podrá parangonarse con Ella, ni en virtud, ni en méritos. Por esto Ie pertenece a Ella la corona del cielo y, porque se convertirá en la Reina de los mártires, la corona de la tierra. Así, en la celestial ciudad de Dios estará sentada en el trono, coronada por toda la eternidad, junto a su Hijo, porque constantemente, durante toda su vida, pero de manera especial en el Calvario, beberá con Él el cáliz rebosante de amargura”. (Encíclica Magnae Dei Matris, 8 de septiembre 1892).

Pío XII no es menos generoso en las alabanzas a la celestial Señora cuando afirma: “Todos saben que, como Jesucristo es Rey universal, Señor de los señores y tiene en sus manos la suerte de los individuos y de los pueblos, de la misma manera, su santa Madre, honrada por todos los fieles como Reina del mundo, tiene junto a Él mayor poder de intercesión”. (Carta apostólica Dum saeculum, 15 de abril 1942).

Parangonando, en otro lugar, la realeza de la Madre y del Hijo, observa sabiamente: “Jesús es Rey de los siglos, por naturaleza y por conquista; por Él, subordinadamente a Él, María es Reina, por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección. Su reino es vasto como el reino de su Hijo Dios, porque nada se halla excluido de su dominio. Por lo cual, la Iglesia saluda a María como Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes; por idéntico motivo, la aclama como Reina del cielo y de la tierra, gloriosa y dignísima Reina del universo y nos invita a invocarla, de día y de noche, entre los gemidos y lágrimas en que abunda tanto este destierro: Salve Regina, Mater misericordiae, vita, dulcedo, spes nostra, salve (Mensaje radiofónico del 13 de mayo 1946).

Bastan estas autorizadas afirmaciones de los Romanos Pontífices para asegurarnos de que la realeza de María, aunque no se halla definida como dogma de fe, es, sin embargo, una verdad ciertísima, que sería, por lo menos, temerario y escandaloso poner en duda.

Esta certeza recibió un nuevo sello, cuando el Romano Pontífice Pío XII, como digna coronación del Congreso Internacional Mariológico-Mariano y, para perpetuo y más vivo recuerdo del primer centenario de la definición de la Inmaculada Concepción, proclamó en la Encíclica Ad Coeli Reginam (11 octubre 1954), la festividad litúrgica de la realeza de María.

El sentido, el fundamento teológico y el fin de tal proclamación, además de haber sido expuestos en la susodicha Encíclica, fueron nuevamente ilustrados, en la Alocución de 1 de noviembre de 1954, con estas memorables palabras: “No ha sido intención Nuestra introducir novedad alguna, sino más bien hacer que brille a los ojos del mundo, en las actuales circunstancias, una verdad capaz de traer remedio a sus males, de liberarlo de sus angustias y de enderezarlo hacia el camino de salvación que él mismo busca ansiosamente. Menos aún que la realeza de su Hijo, la realeza de María no ha de ser concebida en analogía con las realidades de la vida política moderna. Indudablemente, no podemos representar las maravillas del cielo sino mediante las palabras y las expresiones, tan imperfectas, del lenguaje humano: pero esto no significa precisamente que, para honrar a María, debamos de adherirnos a una concreta estructura política. La realeza de María es una realidad ultraterrena, que, al mismo tiempo, penetra hasta lo más íntimo de los corazones y los toca en su esencia profunda, es decir, en lo que ellos tienen de espiritual y de inmortal. El origen de las glorias de María, el momento solemne que ilumina toda su persona y toda su misión, es aquel en el cual, llena de gracia, dirigió al arcángel Gabriel el “Fiat”, que expresaba su consentimiento a la disposición divina; de esta manera se convertía, Ella, en Madre de Dios y en Reina y recibía el oficio real de velar por la unidad y por la paz del género humano. Por Ella tenemos la firme confianza de que la humanidad se irá, poco a poco, encaminando por este camino de salvación; Ella guiará a los jefes de las naciones y los corazones de los pueblos, hacia la concordia y la caridad”.

Cuando fue instituida por Pío XII, la fiesta se celebraba el 31 de mayo, como coronamiento del mes de María, sin embargo posteriormente se trasladó al 22 de agosto, para destacar como octava de la celebración tan central de la Asunción de la Virgen, del 15 de agosto.

Oración:

Dios todopoderoso, que nos has dado como Madre y como Reina a la Madre de tu Unigénito, concédenos que, protegidos por su intercesión, alcancemos la gloria de tus hijos en el Reino de los Cielos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.