La expresión “Gran Despertar” (Great Awokening) alude a la toma de conciencia por parte de una izquierda con buen nivel económico y educativo de la injusticia de un sistema que ha oprimido a los negros y a otras minorías raciales. Como en otros períodos anteriores de renacer religioso desde los tiempos de las Trece Colonias, hoy se habla de un “Gran Despertar” de la América progresista blanca ante lo que se plantea como un problema de racismo. Con la expresión “racismo sistémico” o “institucional” denuncian la omnipresencia de un mal que permanece enquistado en la sociedad por efecto de unas estructuras injustas. Para exorcizarlo, hay que mantenerse constantemente en guardia y despiertos (stay woke). El objetivo final consiste en liberar la cultura norteamericana de sus pecados fundacionales… y de paso también del sexo biológico o natural, la familia tradicional y la economía de mercado. 

En el vocabulario de los activistas woke destacan algunos términos que van ganando peso en la opinión pública. Algunos hacen referencia a ciertos problemas que sufre la población de raza negra en los Estados Unidos, como la pobreza y el deterioro de sus barrios, las variadas desigualdades, la violencia policial o las altas tasas de encarcelamiento. Las explicaciones o las posibles causas son muy discutibles, escuchen si no lo que dice Larry Elders, que por cierto también repudia el uso de términos como afroamericano u otros igualmente ridículos – caucasian, por ejemplo, para hablar de un hombre de raza blanca – de esta peculiar jerga cheli adoptada con entusiasmo por la nueva ola del progresismo. El caso es que muchos de estos autores tienen un planteamiento cultural que va mucho más allá del problema del racismo, que arranca del racismo como casus belli, pero casi se podría decir que tomándolo como pretexto o como banderín de enganche para otros objetivos globales. Y globales son, porque la batalla se plantea ya a nivel mundial, desbordando las fronteras de los Estados Unidos casi desde su comienzo. 

El “privilegio blanco” alude a las ventajas que acompañan a todo blanco desde su nacimiento y de las que debe hacerse consciente (check your privilege) como primer paso para enmendar el sistema. Unido a lo anterior está la noción de “supremacismo blanco”, que denuncia tanto la creencia de quienes se ven superiores a los no blancos como el empeño de perpetuar un sistema que refleje esa creencia. La “culpa blanca” puede entenderse como la otra cara del privilegio: si los blancos viven mejor, es por la discriminación histórica que pesa desde hace siglos sobre las minorías raciales –sobre todo, la esclavitud– y que en la actualidad demanda un programa de “reparaciones”. La culpa es colectiva y se hereda por el simple hecho de nacer blanco. La enmienda del sistema exige que los blancos expíen su culpa.

Esto recuerda curiosamente a la afirmación de don Manuel Azaña según la cual igual que existen individuos heredosifilíticos existen países heredohistóricos, como es el caso de España, y la única manera de rectificar el rumbo consiste precisamente en romper con la historia propia y asumir otra distinta y opuesta. De hecho, él llegó a reivindicar el proyecto unificador de Leovigildo, frente al de su hijo Recaredo. En fin, dejemos a un lado la disputa en torno a los futuros contingentes posibles.  

La “interseccionalidad” (¿otro nuevo término cheli para la manida transversalidad?) hace referencia al solapamiento de dos o más formas de discriminación, fruto de la confluencia de varias “identidades oprimidas” en una misma persona o grupo. Este concepto permite comprender por qué Black Lives Matter (BLM), una organización pensada en teoría para combatir el racismo, impulsa con fervor otras causas como la lucha contra el patriarcado, la “heteronormatividad” o el capitalismo.

Deudora del marxismo, la ideología woke ha cambiado la lucha de clases por la lucha de identidades. La vida social queda así reducida a un conflicto permanente entre opresores y oprimidos. El objetivo de esa lucha es la transformación de la cultura y de la sociedad a la medida de los postulados de BLM, que incluyen la “visión del mundo de la revolución sexual”. A diferencia del movimiento por los derechos civiles de los negros de los años 60, que buscaba “la corrección de la conciencia y la cultura americanas” con espíritu constructivo, los activistas woke quieren desmantelar la civilización occidental, en la que ven la fuente de un sistema opresivo. De nuevo, la vieja matraca freudomarxista de la necesidad imperiosa de “matar al padre”, algo que ya señalaba J. J. Esparza hace años como substrato último de toda la clase política emergente de la transición en España. 

Para alcanzar estos objetivos, los activistas woke consideran que está justificado “cancelar”, boicotear o avergonzar (public shaming) a quienes discrepan con los miembros de los grupos sociales a los que se brinda una protección especial. La generalización de esas prácticas ha dado lugar al nacimiento de la “cultura de la cancelación” (cancel culture), denunciada tempranamente en una carta publicada en la revista Harper’sA veces ni siquiera es necesario hablar o realizar una determinada declaración para ser enfilado por los woke, pues el silencio de los blancos ante la injusticia racial se interpreta como una forma de violencia, como dice uno de los eslóganes del momento: “White silence is violence”. El hecho es que estas ideas se han hecho hegemónicas precisamente entre los blancos que se definen como progresistas o liberals. En el ámbito cultural anglosajón el término liberal significa como poco “progre”, si no directamente “rojo”.  Es decir, el liberal en inglés es el partidario de la intervención indiscriminada del gobierno y del Estado, de la ingeniería social, el contestatario por definición frente a cualquier noción de una naturaleza humana perenne y de un orden moral derivado de ella. Matthew Yglesias, autor de la carta publicada en Harper’s a la que antes aludíamos, sitúa la génesis del movimiento woke en el período comprendido en tre los años 2011 y 2016. Curiosamente, en 2014 moría también un joven de raza negra, Michael Brown, abatido por un policía de raza blanca en la ciudad de Ferguson (condado de San Luis, estado de Missouri). A partir de ese momento, el movimiento BLM empieza a cobrar fuerza.  

Pero no va a ser la población que podríamos catalogar como oprimida la que dirija el movimiento. Siguiendo casi al pie de la letra la doctrina revolucionaria de Lenin, dado que sólo una pequeña parte de esos oprimidos tiene conciencia de clase, de colectivo o grupo social oprimido, por lo que finalmente la dirección del movimiento político se atribuirá a las élites de raza blanca imbuidas de ideología liberal o progresista. En otras palabras, la conciencia de estas élites blancas respecto a ese pasado de opresión es aún mayor, está políticamente más a la izquierda, que entre los propios miembros de los grupos sociales que la habrían sufrido. Así, los liberals blancos son mucho más partidarios que la población de raza negra en general a promover la implantación de medidas legislativas que consagren un trato de favor, y su actitud ante la inmigración es muchísimo más favorable que, por ejemplo, la de los llamados “latinos” (en realidad, hispanos).

De hecho, ésta y no otra es la línea política seguida en estos momentos por el Partido Demócrata. Hillary Clinton habló mucho más que Barack Obama de justicia racial en sus campañas. Hoy por hoy, el grupo más numeroso del electorado del Partido Demócrata, en torno a un 40 %, está constituido por los liberals blancos. Algunos candidatos demócratas, como Elisabeth Warren, Kamala Haris o Beto O’Rourke ya han planteado abiertamente la necesidad de instrumentar alguna prestación social en concepto de reparación para los descendientes de esclavos. Joe Biden, de momento, sin descartar esta propuesta, se ha adelantado a anunciar un plan para acabar con la injusticia racial en los Estados Unidos. 

En el contexto de las protestas tras la muerte de George Floyd, incluso las grandes corporaciones norteamericanas han empezado a apostar ya seriamente por el llamado “capitalismo woke“, con una estrategia de gestos en esta línea que les permite administrar el placebo requerido a los jóvenes sin modificar realmente su modelo de negocio.

Otros países, empezando por los más próximos a los Estados Unidos, se han sumado ya a la corriente woke. El pasado mes de junio, el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, se lamentaba del “racismo sistémico” que afecta a “todas las instituciones” del país [sic]. Tras ser criticado pocos días después por su pomposa gestualidad, se decidió, él también, y anunció otro plan nacional para combatir el racismo.

Estos planes ponen en duda una de las críticas convencionales que suele formularse al movimiento woke. No todo se queda en eslóganes (“defund the police”) y gestos simbólicos, como hincar la rodilla en señal de protesta, aunque indudablemente  todo esto lo hacen muy bien, sin descender a la arena de las medidas concretas. No todo se queda en el lenguaje, las estatuas, los nombres, aunque todo eso es parte y parte principal de la actividad del movimiento. Junto a eso, o por debajo de todo eso, subyace una voluntad férrea de dominio, de imposición, que se materializa en prácticas intimidatorias: acoso en redes sociales, boicots comerciales, peticiones de despidos… Todo esto contribuye significativamente a lograr victorias políticas muy tangibles. El filósofo John Gray compara en este sentido a los activistas woke con los bolcheviques que asaltaron el Estado ruso en 1917, acusándoles de querer imponer el pensamiento único a través del miedo, de nuevo el recurso revolucionario al Grand Peur. Gray no pone en duda la realidad histórica del esclavismo en los Estados Unidos, ni la confiscación de tierras a los pueblos indígenas, simplemente considera que el antagonismo racial, el resentimiento y la anarquía no son buenos ingredientes para ningún tipo de reparación y menos aún de liberación. Más bien suelen conducir derechamente al triunfo de la oclocracia“the mob rule”

En la misma línea, Angela Nagle subraya la paradoja de que la ideología woke se acabe convirtiendo en una nueva forma de colonialismo. Señala el caso de Irlanda, cuya deriva hacia el progresismo cultural cada día es más evidente. Nagle lamenta que una juventud bien preparada (JASP) haya importado de forma acrítica la narrativa moral que predican los gigantes tecnológicos de Silicon Valley. El hecho de que esas empresas hayan recalado en Irlanda en busca de un trato fiscal favorable y hayan tirado para arriba de la economía del país, lo han dejado expuesto a su influencia cultural. Esta es la triste paradoja de una nación que no temió enfrentarse a un imperio descomunal para ganar su independencia: el trato con las tecnológicas ha sido tan ventajoso para Irlanda  –continúa Nagel– que los irlandeses no han tenido reparos en cambiar la relación de servidumbre con el Imperio británico por otra con la oligarquía progresista estadounidense. “Los irlandeses pronto aprenderán que si tu economía se gobierna desde California, tu sociedad empezará a parecerse a California”.

El chantaje al que alude Nagel no es muy diferente del que plantean los activistas woke: o asumes sus premisas ideológicas y bendices sus métodos, o eres cómplice de racismo. Pero embarcarse en una causa justa –la lucha contra el racismo y la desigualdad racial– no da derecho a impulsar unas ideas por la fuerza, ni a que los demás las suscriban en bloque. Sobre todo, cuando a aquellos a quienes se pretende ganar para la causa solo se les afean sus privilegios y sus culpas.