Obispo.

Festividad: 6 de Marzo.

 

Martirologio Romano: En Barcelona, de Cataluña, en el Reino de Aragón, San Olegario, obispo, que asumió la cátedra de Tarragona cuando esta antiquísima sede fue liberada del yugo de los musulmanes.

En el incesante correr de los tiempos, no han faltado en el límpido cielo de la Iglesia y de las Españas, densos nubarrones de presagiadora tempestad que, cerniéndose sobre los ámbitos de nuestra Patria, amenazaron inundarla con las aguas demoníacas de la herejía para que en ellas se anegaran las almas seguidoras de la Ley de Cristo.

Pero Dios en su generosa bondad para con los españoles, almas amantes de su Cruz redentora, ha suscitado siempre intrépidos guerreros y atletas decididos de la Fe que, a modo de potentes focos de luz inextinguible, han iluminado con sus intensos rayos la ruta imperial de las Españas, deshaciendo en jirones los compactos nubarrones del mal, con los admirables destellos de su sabia doctrina y con el afilado corte de su espada, siempre limpia ante Dios, por cuya causa han luchado en innumerables batallas.

En el siglo XI, las huestes de Mahoma ensanchaban sus conquistas por los campos levantinos de la Península Ibérica. A hierro, sangre y fuego lograban su dominación. El cielo tarraconense aparecía encapotado y religiosamente triste. Mas no había de tardar en hacer su aparición un sol prodigioso, cuyos destellos se irían extendiendo, y a cuyo influjo se disiparían las nubes de la herejía. Este sol fue San Olegario, orgullo de Cataluña y honor de las Españas.

Entre las muchas glorias de que puede ufanarse la ciudad de Barce­lona, que baña sus pies en las olas azules del Mediterráneo y reclina su cabeza en el festejante Tibidabo, cabe destacar la figura excelsa de San Olegario, su preclaro hijo, que vio la luz primera entre sus histó­ricas murallas el año 1060, cuando regía el timón de la Iglesia el Papa Ni­colás II.

El padre de nuestro Santo, llamado también Olegario, pertenecía al orden ecuestre de la ciudad y era valido del conde de Barcelona, Ramón Berenguer I. Su madre, Guilia, nobilísima matrona descendiente de los godos, fue mujer muy virtuosa, que supo criar a su hijo Olegario en el santo temor de Dios y el respeto a su santa religión. Le inculcó la práctica de puras y santas costumbres.

El niño Olegario era un modelo para todo el pueblo; mayores y chicos admirábanse de su modestia y recogimiento. La piedad fue siempre virtud primordial en él. Cuando rezaba, era tan piadosito, y oía la misa con tanta devoción, que cautivaba a cuantos le veían. Conservó siempre la pureza de un ángel. A ello contribuyó grandemente la práctica del ayuno a que se entregaba para mejor mortificar su cuerpo, pues le consideraba como enemigo del espíritu.

Olegario iba creciendo en sabiduría y virtud al mismo tiempo que adelantaba en años. Cursó sus estudios en compañía de los tres hijos del conde don Ramón Berenguer, el cual deseaba que aquellos tres pedazos de su co­razón se aprovecharan de la prudencia y buenos ejemplos de Olegario. Salió muy aventajado en las disciplinas del espíritu y muy docto en Gramática, Retórica y Filosofía, que tan poderosamente habían de servirle luego en el cumplimiento de su apostólica misión.

Frisaba Olegario en los diez años cuando sus padres quisieron que sirviese a Dios perpetuamente en el templo. Con este motivo regalaron a la catedral de Barcelona una propiedad que tenían en la Manrresana, situada en el lugar conocido con el nombre de San Armengol. A pesar de sus pocos años, Olegario fue inscrito entre los canónigos de aquella catedral y obtuvo varios cargos catedralicios.

Sus estudios fueron profundos y largos; se asimiló admirablemente la doctrina de los Santos Padres y la Sagrada Teología. De aquí sacó aquel sólido fundamento que le sirvió de base doctrinal en sus elocuentes discursos y sermones, y en los sabios consejos a los hombres de Estado que le consultaban.

Olegario sintió el atractivo de la carrera eclesiástica; mostróse siempre dócil a la voz de Dios, que le llamaba a vida de santidad mediante el ejercicio del ministerio sacerdotal. ¡Qué dicha tan in­mensa tuvo el día de su ordenación! ¡Qué feliz se sentía al poder consagrar el cuerpo de Cristo y tocarlo con sus dedos puros y blancos como lirios de los valles! ¡Con qué amor celebraba el santo sacrificio de la misa! Ello le enardecía más y más en sus fervores amorosos para con Dios; cada día se unía más íntimamente con Jesús. El mundo le parecía vil y despreciable; anhelaba vivir apartado de la región escabrosa del siglo donde tanto peli­graban la pureza de su corazón y la salvación de su alma.

Impulsado por estos nobles deseos, ingresó en la Orden de Canónigos Regulares de San Agustín. No lejos de Barcelona, en la llanura de San Adrián, regada por las corrientes aguas del Besós, tenía dicha Orden un Monasterio recién fundado por D. Beltrán, obispo de la Ciudad Condal. En él fue recibido Olegario con gran satisfacción de los monjes, que ya cono­cían la valía y santidad del ilustre canónigo.

Renunció virilmente a las prebendas y dignidades de que disfrutaba en el siglo y se abrazó amorosamente a las, penitencias del claustro, en el que se sentía inmensamente más feliz que en el ambiente catedralicio, no exento de peligros y de males. Las paredes del convento le elevaban a Dios más que las bóvedas de la suntuosa catedral; el tosco sayal religioso le parecía de mayor valor que los matizados vestidos de coro que tanto realzaban su presencia entre los fieles.

Se entregó a una vida tal de penitencia, que sus rigores excedían a los practicados por los Padres del yermo. Junto a este espíritu de mortificación, poseía Olegario el de oración y una humildad profunda; virtudes por las cuales se atrajo la admiración de los demás monjes.

En él se cumplió plenamente la sentencia evangélica de que el que se humilla será ensalzado; porque, conociendo todos sus heroicas virtudes, le eligieron prior del monasterio poco después de su profesión religiosa. Pero no se avenía bien su humildad con el honor del cargo y, por esto, decidió abandonar aquella santa mansión, como, en efecto, lo hizo.

Atravesó los Pirineos y llegó a la apacible región de Provenza, saturada de los perfumes de sus flores y bañada por el sol hermoso del mediodía, inspiradores de trovas y alentadores de poetas. En medio de aquellos vergeles erguíase, majestuoso y austero, el convento de San Rufo, perteneciente a la misma Orden en que había profesado Olegario.

Aquí se le abrieron las puertas de par en par y pasó por ellas el Santo sin manifestar sus prendas. Vivió en el nuevo convento como violeta escondida que crecía junto al arroyo de las cristalinas aguas de la gracia que, con inmensa abundancia, le daban vida y crecimiento. Mas, presto se percibió el olor de sus virtudes; la violeta embriaga pronto con sus delicados perfumes y no se puede permanecer oculta mucho tiempo. Así le pasó a Olegario: su persona vivía escondida, pero el aroma de su santidad perfumó pronto el ambiente monacal y reveló a todos la valía extraordinaria que atesoraba aquella flor religiosa que la sustentaba.

Hallándose el Monasterio sin abad, fue elegido, por aclamación unánime, Olegario, quien desempeñó el cargo a plena satisfacción de todos, que encontraron en él a un verdadero padre y a un verdadero santo, modelo de todas las virtudes religiosas. Deseaban los monjes escuchar sus elocuentes pláticas, llenas de santa unción y de sabia doctrina salvadora, a las que prestaban eficacia la oración y mortificación con que las acompañaba el Santo. Vivía íntimamente unido con Dios, a quien encomendaba la perfec­ción y santificación de sus amados súbditos.

El conde de Barcelona, Ramón Berenguer III, no podía vivir privado de los sabios consejos y prudentes orientaciones que antes recibiera del monje Olegario para la mejor gobernación del Estado; y así, mandó llamarle para que volviera nuevamente a su ciudad nativa, en lo cual insistió poderosamente doña Dulce, mujer del conde, en cuyo nombre gobernaba el condado de Provenza.

Corría el año del Señor de 1115 cuando Olegario abandonó el retiro de San Rufo para regresar a su patria, ávido de conocer los triunfos recientemente conseguidos por el conde en tierras de Mallorca luchando contra los hijos de la Media Luna. Doña Dulce, en su viaje a Barcelona, seguida de gran acompañamiento, traía a su lado a Olegario, cuya sabia doctrina gus­taba de oír.

Cuando ambos personajes llegaron a la ciudad de los Condes, fueron recibidos apoteóticamente y con inmensa alegría de todos. La sede episcopal de la ciudad estaba vacante, por muerte de su obispo Ramón Guillén en la jornada gloriosa de Mallorca. Clero y pueblo eligieron por sucesor de don Ramón al santo abad Olegario, cuya humildad se rebelaba contra todo lo que era ostentación y vanagloria. No pudiendo avenirse con esta distinción, huyó secretamente de la ciudad al amparo de las sombras de la noche, emprendiendo la larga caminata que debía conducirle nuevamente a su que­rido cenobio de San Rufo.

Honda pena tuvieron por ello el pueblo, el clero y el mismo conde don Ramón; pero éste mandó legados al Papa para que confirmara la elección de Olegario y le obligara a tomar a su cargo el obispado. Así lo hizo el Pontífice, y el propio conde pasó a San Rufo para intimar a Olegario el mandato del Papa. El santo abad inclinó la cabeza y aceptó la mitra, sujetándose de buen grado a la orden pontificia. Su consagración episcopal se realizó con inusitado esplendor en la catedral de Magalona, no muy distante de Montpellier, en la misma región de Provenza.

Ya estaba la luz sobre el candelero iluminando las inteligencias de los fieles, y la violeta perfumaba ya todo el ambiente de su diócesis, y aún más allá, con el aroma de su santidad. Olegario se dio por entero a la obra de su ministerio: restauró iglesias y monasterios, levantó nuevos templos para el culto de Dios, dio cuantiosas limosnas a los pobres y entregóse de lleno a la predicación y al ejercicio de la oración. El pueblo estaba satis­fecho de su Pastor y se sentía orgulloso de la eminente dignidad de su hijo.

Pascual II que había elegido obispo a Olegario, murió poco des­pués y fue sustituido por el papa Gelasio II, a quien tuvo que visitar el nuevo obispo de Barcelona para prestarle el juramento de fideli­dad que entonces se acostumbraba. Antes de partir para Roma convocó al clero y pueblo y les hizo una exhortación tan tierna, que los ojos de la mayoría se trocaron en fuentes de lágrimas.

Ciertamente no fue un viaje de curiosidad, sino de penitencia, pues mientras duró, Olegario no dio tregua al ayuno ni al cilicio. Es de suponer con cuánta devoción y piedad visitaría las iglesias de aquella ciudad, ca­pital del orbe cristiano. De Roma se trasladó a Gaeta para besar los pies del Papa, que ya tenía noticias de su saber y virtud.

Fue recibido con grandes muestras de honor y deferencia por el Jefe de la Iglesia, lo mismo que por los Cardenales, que tuvieron inmenso júbilo y admiración en verle y oírle.

El conde Berenguer III andaba muy solícito en procurar la restauración de la ilustre y antiquísima ciudad de Tarragona, destrozada por los moros. El Papa Gelasio II entregó a Olegario una bula en que le nombraba arzobispo de Tarragona, a 21 de marzo de 1118; con ella le concedía el palio con todos los honores de poder consagrar obispos, reunir concilios y poseer todos los derechos pertenecientes a los metropolitanos.

Regresó Olegario a España, y fue recibido con gran alborozo lo mismo en Barcelona que en Tarragona. Fue reconocido metropolitano por los obis­pos sufragáneos, los cuales ya no volvieron a depender del arzobispo de Narbona, sino de Olegario y de los que le sucedieron en la sede tarraconense. Puso todo su afán en restaurar la metrópoli, y logró que los obispos provinciales le ayudaran en su empresa y que Inocencio II, en 1131, exhortara a todos los fieles a que hicieran lo mismo.

La fama de sabio que los Pontífices tenían de Olegario, fue causa de que le invitaran a asistir a varios concilios; y así se le vio, en 1119, asistiendo al de Toulouse, presidido por el Papa Calixto II; a los tres meses asistió al de Reims, «donde —como dice Flórez— tuvo el honor de predicar con suma aceptación, porque aunque lo corporal no era abultado y su vida austera le traía macilento, prevalecía el espíritu, y su elegancia en las palabras, su erudición y religión arrebataron a los oyentes».

El mismo Papa Calixto II le llamó a Roma en 1123 para que asistiera al primer Concilio de Letrán, por tenerle en opinión de hombre insigne. En este mismo año fue creado legado a látere en España, para que hiciera las veces del Pontífice en lo referente a la guerra contra los infieles. Asistió, con el conde mismo, a las expediciones de Tortosa y Lérida, y reedificó la iglesia de Tarragona.

Luego determinó visitar Tierra Santa. Antes de partir convocó al ca­bildo y al pueblo, les prodigó toda clase de consuelos, pues estaban desconsolados ante una ausencia tan larga, y les rogó que le encomendasen a Dios. A pesar de sus sesenta años emprendió el viaje a pie, después de encomen­darse a sus predecesores Santos Severo y Paciano y a Santa Eulalia, patrona de la ciudad. Su camino fue una predicación continua, verificándose, según dicen los autores, el prodigio de que todos le oían en su lengua respectiva a pesar de que él no hablaba más que una. Predicó en España, Francia, Italia, Jerusalén, Siria, Alejandría, Antioquía, Trípoli y en otras muchas partes, en provecho de las almas.

Al entrar en Tierra Santa, postróse en tierra y la besó con lágrimas. Al descubrir la ciudad de Jerusalén, volvió a postrarse, y empezó a entonar aquel piadoso himno: «Urbs Jerúsalem beata —dicta pacis visio, —quae constrúitur in coelis —vivís ex lapídibus», etc. Y de su ejemplo aprendie­ron los peregrinos a cantar este himno al descubrir la santa ciudad. Fue recibido con muestras de gran regocijo por el patriarca Guarimando y mul­titud de cristianos, a los que no cesaba de exhortar. Visitó a Nazaret, Belén, el Jordán, el Tabor, Canaán, el Cenáculo, Getsemaní, Betania, etc.

A su regreso pasó por Alejandría, Siria, Antioquía y Trípoli, siendo en todas partes festejado y hospedado por los prelados, que le reconocían como a un santo. Después de visitar su antigua abadía de San Rufo, llegó secre­tamente a Barcelona una tarde después del ocaso. Le hallaron de rodillas ante las puertas de la catedral, que ya estaba cerrada. Al hacerse pública su llegada, acudieron en tropel el clero y el pueblo transportados de jú­bilo y, dada la acción de gracias, le acompañaron a su palacio, llevándole como en triunfo.

Al día siguiente dio cuenta de su viaje a los Condes, a quienes regaló algunas reliquias de Tierra Santa, del sepulcro, del pesebre, etc. En ade­lante continuó sus funciones episcopales con mucho mayor fruto que antes, de suerte que todos le aclamaron como a un gran santo; todo ello era para mayor provecho de las almas, pues muchas eran las que se convertían a Dios. También logró cortar enemistades y pleitos, ya que fue muy amigo de la paz.

A su instancia, muchas veces se celebraron Cortes en favor de las inmu­nidades eclesiásticas; el conde y los caballeros renunciaron en manos del Santo todas las iglesias y cementerios, con sus rentas y ofrendas, y todo lo que hasta entonces habían poseído y poseían, y por cualquier título pudie­sen pretender, dando entera libertad a los ministros de las iglesias, sin re­servarse jurisdicción alguna sobre ellas.

También procuró la concordia entre el conde don Ramón Berenguer III y la república de Génova. En diciembre de 1124 murió Calixto II y le su­cedió Honorio II, a quien no pudo visitar Olegario a causa de su vejez y de hallarse muy ocupado en la legación de la santa cruzada. En 1130 murió a su vez Honorio II y le sucedió Inocencio II. Pocos meses después entregó también su alma a Dios el conde, que nombró a Olegario el primero de sus albaceas.

En este mismo año de 1130 hallábase en Francia el Papa Inocencio II, huyendo del furor del Antipapa Anacleto, que se había apoderado de la Silla de San Pedro, y, acordándose Inocencio del valor, doctrina y virtu­des de Olegario, pues siendo cardenal le había visto y oído en Gaeta, le escribió por sí mismo, para anunciarle que había convocado un Concilio ge­neral en Clermont, y que gustaría se hallase en él, como se había hallado en el Lateranense de Calixto II, en el cual tanto valor se dio a su pare­cer y a su voto, añadiéndole que el concilio que iba a celebrarse era de tanta importancia como aquél, si no más. Avisado el cabildo y el nuevo conde Ramón Berenguer IV, partió para el Concilio Claramontano, donde le recibieron el Papa y los Cardenales con el mayor entusiasmo. Pusieron en sus manos los documentos para que examinase la elección de Inocen­cio II, en competencia con la de Anacleto. Después de pesarlas en la ba­lanza del derecho, dio por nula la de Anacleto y por justa y canónica la de Inocencio. Anacleto fue excomulgado y declarado Antipapa y cismático. Fue Olegario el único obispo español que asistió a este Concilio, pues los demás estaban ocupados en la guerra contra los moros.

Después Olegario estuvo en Zaragoza para terminar las contiendas que por cuestión de límites se habían suscitado entre los reyes Ramiro II de Aragón y Alfonso VII de Castilla. Medió también el Santo para que se terminasen los funestos disturbios que había hacía tiempo entre los condes de Barce­lona y los de Toulouse.

El Señor quiso favorecer a Olegario muy particularmente revelándole el tiempo en que había de morir. Efectivamente, unos seis meses antes de que ocurriera su tránsito, reunió un sínodo, celebrado en no­viembre de 1135, que duró varios días. Dijo que era aquella la última reunión sinodal a que asistiría. Predicó a los obispos asistentes con tanta unción y ternura, y con tal abundancia de lágrimas, que derretía el corazón de sus oyentes, a los que exhortaba a que ejerciesen con amor y celo el oficio pastoral.

Quiso morir enteramente desprendido de todo, y por esto cedió al cabildo de Barcelona una granja que poseía en Mollet y otra en Grañola. En todos los templos de Barcelona se hacían rogativas por el santo Pre­lado, según él había ordenado. Recibió los últimos Sacramentos con santa devoción y, juntas las manos delante de un crucifijo, oraba y comunicaba con Dios, entre los fervores de la más elevada contemplación. Y después de haber pronunciado aquellas palabras: «En vuestras manos, Señor, encomiendo mi espíritu», cerró suavemente los ojos y entregó su alma al Criador. Era el 6 de marzo del año 1137, a la hora en que se escondía el sol. Contaba a la sazón 76 años de edad. Su muerte produjo duelo general, aunque los fieles se consolaban diciendo: «Ha muerto el Santo». Muchos cortaban como reliquias pedacitos de sus vestidos. Su cuerpo se conserva en la catedral de Barcelona entero, incorrupto y flexible. La mitra que usaba el Santo se conserva milagrosamente. Por su intercesión Dios ha obrado innumerables milagros.

 

Oración:

Señor, Tú que diste a San Olegario obispo, la abundancia del espíritu de verdad y de amor para que fuera un buen pastor de tu pueblo, concédenos adelantar en la virtud, imitando sus ejemplos, y sentirnos protegidos con su valiosa intercesión. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. Amén.

R.V.